jueves 19 de noviembre de 2009
Xicús (Los haikús de Xico)
Cae la cascada
a espaldas de la flor,
detrás de la cámara.
II
Recorre el puente
el caudal del riachuelo,
entre las piedras.
III
Acércate, nube:
con estas manos verdes
te recogemos.
IV
Desde la cumbre
con fría carcajada
ríe el paisaje.
V
¿Vendrá la noche
aquí, entre tanta ausencia
de oscuridad?
VI
Bajo las rocas
otro día se asoma
mientras tú duermes.
VII
También el perro
se maravilla en roca
también el perro.
VIII
Con este viento
que vuela entre las ramas,
te recupero.
IX
Ésta desprende
gotas; aquél, frondoso,
verde y vivo, hojas
X
Camino de piedras,
un beso dulce y frío
tú también pruebas.
Nota: El xicú es algo inventado por Tania Balderas Ch., posiblemente influida por algunas lecturas de Tablada. Cuando lo hizo, ella no sabía que lo estaba haciendo. Pero lo hizo. Y yo me puse a imitarla. Mal, como puede verse. Para que quede más claro, el primero de los xicús, escrito por ella, es el siguiente:
XICO
Sábado memorable
escrito sobre
árboles y cascadas.
—Tania Balderas Ch.
Xico, Veracruz, noviembre de 2009
jueves 12 de noviembre de 2009
Jean-Marie Thomasseau: Sobre las acotaciones en el texto dramático
En el teatro. En el texto dramático escrito aparece lo que se dirá, y muchas veces cómo, dónde, entre qué elementos. Pero no siempre. Y en ese “pero no siempre”, en esos pequeños huecos pueden erigirse numerosas formas de leer un texto dramático.
Los objetivos de una obra dramática no se alcanzan, según Jean-Marie Thomasseau, solamente a través de lo que a los personajes les está dado enunciar. Si bien el trabajo del actor es fundamental para lograr los propósitos teatrales de un drama, éste no se limita únicamente a decir, a dar sonido, a lo que el dramaturgo le haga decir al personaje. Y los recursos del drama no se limitan a lo que el actor haga o diga.
Lo que aparece en un texto dramático y no está destinado a ser dicho por el actor, Thomasseau lo define como para-texto. Éste es complemento del texto, y ayuda a su comprensión absoluta.
Thomasseau distingue seis tipos de para-texto que nos permitimos, por su función, dividir en dos grupos mayores. El primero se integra por los títulos, la lista de personajes y las primeras indicaciones temporales y espaciales, que están destinadas a dar una idea global, general, panorámica de lo que se ha de ver en el escenario durante la representación. Estos tres elementos integran, a grandes rasgos, las características generales de la obra.
Un segundo grupo estaría integrado por las descripciones del decorado (el vestuario incluido), las didascalias y los entreactos o interludios. Estos elementos intervienen en momentos específicos del drama y ayudan a la construcción de las escenas, cuadros o actos que lo constituyen.
Sobre el para-texto, Thomasseu opina que “desde un punto de vista idealmente escénico, se trataría de un texto de naturaleza técnica, para uso del director de escena, de los tramoyistas y de los actores. En la representación, el texto escrito se transforma en elementos visuales”. Así visto, el para-texto no habría de tener ninguna finalidad estética desde el punto de vista del uso del lenguaje ni influir en el desarrollo del drama.
viernes 6 de noviembre de 2009
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jueves 29 de octubre de 2009
"El último verano" de Amparo Dávila
Hasta el momento de leer esa línea, aparece ante el lector una mujer de cuarenta y cinco años que desde el primer momento del cuento aparece como inconforme con su vida, añorando su juventud y todas las posibilidades de realización de una vida que esta etapa de su vida suponía. Posibilidades que se vieron, al parecer, truncadas por su matrimonio con Pepe, al que la madre de la protagonista se oponía.
Aunque ya antes en la narración se había indicado en qué estación del año se desarrollaba la historia, es entre la primera y la segunda mención del estío que se descubre al espectador, primero mediante indicios y luego abiertamente, el suceso en torno al cual ha de desarrollarse la historia: el embarazo inesperado de la protagonista, una mujer que se ve a sí misma más próxima a la menopausia, descrita ésta como una etapa en la vida de la mujer en que la esterilidad se presenta, que a la juventud que retiene sólo a través de un retrato.
El embarazo es el evento, pues, que da sentido al cuento. Pero es un embarazo que aparece como no deseado y como no esperado. Si bien los síntomas que sufre la mujer (mareos y náuseas principalmente) podrían sugerir al lector la posibilidad, no lo hacen una vez que se ha insistido en la edad de la mujer y en lo que conlleva “esa edad”, que es la esterilidad, condición que se remarca un par de veces antes de la enunciación de los malestares.
Así, el lector se ve sorprendido tanto como la propia protagonista cuando el médico le da a ésta la noticia, que recibe “sin alegría”. Así, pues, aparecen dos elementos que sugieren ya el conflicto central del relato: primero, como ya se dijo, la fría recepción de la noticia por parte de la protagonista; segundo, la contravención de las indicaciones médicas, que ayudarán a la protagonista a llevar un embarazo sin problema alguno.
Dicha contravención está impulsada por el no deseo del hijo que espera la protagonista, y está ilustrado en un comportamiento de la mujer: si antes iba de la casa al médico y del médico a la casa en autobús, para evitar fatigarse, ahora lo hace caminando, para evitar reposar, una de las indicaciones del médico. Con esto puede suponerse que la mujer ejecutó, entre el día de la noticia y el día en que éste termina, una serie de acciones que derivaron en el aborto, una noche en que se sintió particularmente mal.
Entre esa primera visita al médico y el día del aborto hubo dos visitas más al médico, espaciadas cada una por un mes. Es decir, la mujer tenía un mínimo de dos meses de embarazo, aunque posiblemente hasta tres, ya que su primera visita al médico es motivada por la constancia de los síntomas propios del embarazo, un embarazo que ella considera imposible y al que nunca habría atribuido la causa de sus malestares. De modo que el embarazo pudo desarrollarse lo suficiente antes de la primera visita al médico como para desarrollar los primeros síntomas.
En seguida se presenta el episodio del aborto, acontecido en el balcón de la habitación principal de la casa, que da al huerto, y que es atendido por el médico; la autora no ve necesario dramatizar de más y se limita a describir lo sucedido y lo padecido por su heroína. El episodio se cierra con el entierro del feto en el huerto de la casa, en el que, como se verá más adelante en el cuento, se cultivan algunas hortalizas para cultivo doméstico. Quizá quede como debilidad en el cuento el hecho de que el médico no su hubiera hecho cargo de los restos del feto, los “coágulos”; pero para efectos del cuento, era necesario que no lo hiciera, que se desentendiera del asunto, y acaso haría falta, para hacer la escena más creíble, una negativa por parte del médico a hacerse responsable de los coágulos, por el riesgo que esto implicaría para su profesión y su carrera.
Por otra parte, en el cuento, enterrar el feto no se presenta como la más viable de las opciones, sino como la única: es un deseo expreso de la protagonista que el feto sea enterrado en el huerto, así ella no sea capaz de presenciar el entierro. Si bien no deseó al hijo y desobedeció las instrucciones del médico para llevar un embarazo sin problemas, lo que puede sugerir que ella deseaba el aborto e incluso lo indujo, inconscientemente, al desatender los consejos médicos, cuando ocurre el aborto parece, la mujer, estar arrepentida. No sólo no desea que las cosas hubieran sucedido de la manera en que sucedieron, como se expresa en el cuento: “Desde luego que ya no quería otro hijo [...], pero no así, que no hubiera sucedido así, así, cómo le afectaba y la conmovía”, sino que, al parecer arrepentida, desea que su hijo sea enterrado: que tenga una sepultura. No digna, pero sepultura. Pepe, el hombre de la casa, despreocupado y optimista (“Cada hijo trae su comida y su vestido, no te preocupes, saldremos adelante como hemos salido siempre”), se encargará de la tarea. A partir de ese momento, la protagonista ve cómo desaparecen sus malestares y entra en un periodo de franca recuperación, más física que anímica. El aborto fue, en todo sentido, un alivio. Momentáneo, como se verá, pero alivio.
En el cuento nunca se dice que la noticia se le hubiera comunicado a los hijos del matrimonio (que viven aún en la casa materna: “Los tres niños más pequeños a la doctrina, y los mayores a jugar basket”), de modo que no hay necesidad de decirles nada acerca del episodio del embarazo y el aborto. Esto es relevante porque uno de los hijos, presumiblemente de los menores, descubre que hay gusanos en el huerto, y es imposible que sospeche que los gusanos no son producto de la excesiva maduración de los jitomates, sino de su hermano, que está enterrado por ahí cerca. Cuando el niño, pepito, notifica a su madre acerca de la presencia de los gusanos, lector y protagonista de la historia piensan en el feto, que ha empezado a descomponerse y a atraer a los anélidos. En este momento, el verano ha terminado, y falta menos tiempo para la muerte de la protagonista: podría darse en cualquier momento entre el día de los gusanos y el final de la primavera siguiente.
Pero el día de los gusanos, cambia nuevamente, y de manera radical, la vida de la protagonista. Primero todo había cambiado con la noticia del embarazo. Luego, con el aborto, que fue un episodio breve, pero significativo. Después, una cierta normalidad se había alcanzado, aunque no del todo, pues la protagonista aún cargaba con algún remordimiento: “...procuraba estar ocupada todo el día, para así no tener que ponerse a pensar y que la invadieran los remordimientos”. Luego, todo cambia nuevamente.
Este cambio marcadamente trazado en el relato no sólo está presente por el “regreso” del feto, en forma de gusanos que corroen a la protagonista (“...pero, qué horror, qué horror, los gusanos, saliendo, saliendo..”, porque Pepe no había enterrado al feto profundamente): también está presente una escritura más vertiginosa. Hasta este punto, el cuento se venía desarrollando con sosiego, sin prisa, con oraciones simples. Ahora se presenta una aceleración en el ritmo del cuento, paralela al inicio del desquiciamiento de la protagonista, lograda a través de oraciones subordinadas largas, cada vez más complejas estructuralmente, y que sugieren una serie de acciones bien repetitivas (“...se le olvidaba lo que estaba haciendo, al trapear dejaba los pisos encharcados, se le caían las cosas de las manos, rompía la loza...”), bien simultáneas (“...necesitaba estar atenta, escuchando, observando, escuchando, observando...”); esto ocurre especialmente en los últimos tres párrafos, el último de los cuales es el segundo más largo del cuento (el más largo es el tercero, en el que se narra la primera visita al médico).
La protagonista percibe una presencia, algo que la acosa, la hostiga, la asedia. Descuida sus actividades domésticas y sus relaciones con su familia a causa de esa presencia que ella siente. La demencia hace presa de ella totalmente una tarde en que, por fortuitas circunstancias, está sola en la casa. Es entonces cuando siente más vivamente aquella presencia. La protagonista no tiene tantos distractores externos como de costumbre y puede entregarse a su delirio. Y así lo hace: se sacrifica. Se inmola. Toma un quinqué (extrañamente, una “reliquia antigua” que tenía todavía petróleo suficiente para el ritual que sigue), se baña con el petróleo y todavía traza un círculo alrededor de ella, al que prende fuego. Y que se inmola. Así llega el momento que el lector había estado esperando.
Ella fue más astuta. Evadió el acoso de esa presencia. Les ganó. ¿A quiénes? ¿Acaso la presencia existía; acaso eran los gusanos que entraban a la casa por una rendija de la puerta, y que en la imaginación de la madre, han venido a vengar contra ella el crimen de haber asesinado a un hijo nonato? El caso es que no la van a poder consumir a ella como hubieron consumido a su hijo enterrado al lado de los jitomates.
Este episodio puede traer a la mente la inmolación de Brunhilde de la ópera La valquiria de Richard Wagner, pero la significación del ritual no entra dentro de los fines de este ensayo. Dejémoslo como apunte.
Todas las acciones del cuento están explicadas por un acontecimiento previo que las motiva y les da sentido. La estructura del cuento se sostiene, salvo quizá por los dos detalles observados: ¿por qué el médico no se hizo cargo de los restos del feto?; ¿cómo es que un quinqué que se conservaba como reliquia familiar tenía todavía petróleo? Eso no le quita, sin embargo, la redondez al cuento de Amparo Dávila, su lógica interna, su sorpresivo final... que quizá no lo hubiera sido tanto si en algún momento del cuento se hubiera mencionado al quinqué, con todo y su explicación del petróleo. Un sacrificio de coherencia a favor de un final inesperado hasta cierto punto inesperado (más por el “cómo” que por el “qué”) quizá vale la pena.
jueves 15 de octubre de 2009
Ixtlilxóchitl
El caso es que de su pueblo, el chichimeca, Fernando de Alva Ixtlilxóchitl se las sabía todas, al parecer, y se sentía plenamente orgulloso. Su Historia de la nación chichimeca consta de noventa y cinco capítulos. Y está inconclusa. Por si fuese poco, de entre los suyos Nezahualcóyotl no era el único que además de gobernar se daba su tiempo para la poesía. León-Portilla cuenta entre los que compartían su labor de estadistas con su vocación lírica a Tlaltecatzin de Cuauhchinanco, primer tlatoani de México-Tenochtitlan; a Cuacuauhtzin de Tepechpan, consejero de la corte de Texcoco; y a Nezahualpilli, hijo de Nezahualcóyotl. Entre otros, claro. Pero éstos nos interesan porque de ellos habla Fernando de Alva Ixtlilxóchitl. Además de una mujer conocida como “La señora de Tula”, que también le daba rienda suelta al verso (y a otras cosas, según la relación de Ixtlilxóchitl), y que era descendiente de Axayácatl. Ella se llamaba Chalchiuhnenetzin y tuvo sus queveres con Cuacuauhtzin; pero como a Nezahualpilli le gustó también... pobre Cuacuauhtzin. Se fue a la guerra. Al parecer, Nezahualpilli lo mandó a un combate del que era imposible que saliera, ya no ileso, sino vivo. Y el otro, sabedor de ello, y fiel a su señor, que allá va. Y no volvió. Antes, sin embargo, nos dejó su Canto triste, que recoge León-Portilla:
Deja abrir la corola a tu corazón,
deja que ande por las alturas.
Tú me aborreces,
tú me destinas a la muerte.
Ya me voy a su casa,
pereceré.
Acaso por mí tú tengas que llorar,
por mí tengas que afligirte,
tú, amigo mío,
pero ya me voy,
yo ya me voy a su casa.
Sólo esto dice mi corazón,
no volveré una vez más,
jamás volveré a salir sobre la tierra,
yo ya me voy, ya me voy a su casa.
Este fragmento nos hace ver la suerte y los sentimientos del desdichado. Pero el primero verso del poema: “Flores con ansia mi corazón desea”. En la segunda estrofa nos dice: “Aunque fuera yo piedra preciosa, / aunque fuera oro, / seré yo fundido, / allá en el crisol seré perforado”. Y los dos últimos versos: “Llevaré conmigo las bellas flores, / los bellos cantos”. En este poema están presentes los tres elementos que León-Portilla califica como los más frecuentes en la poesía indígena: las flores (también plantas, de las que se habla por la flor que dan), las piedras preciosas y las aves (éstas aparecen, si no explícitamente, en forma de canto o de plumajes). Y así tenemos que: “Embriagado con licor de aguas floridas, / allá en la orilla del agua de los pájaros, / cabeza rapada. // Los jades y plumas de quetzal / con piedras han sido destruidos” (Canto, de Nezahualpilli).
Como ya no hay espacio para seguirle, digamos en concreto: estos tres temas recurrentes aparecen en los dos poemas de tema indígena de Fernando de Alva Ixtlilxóchitil que han llegado hasta nosotros. O sea que el Ixtli había hecho su tarea. Tanto que en algún momento se creyó que sus liras de Nezahualcóyotl, como en el siglo XIX se creyó que los Cantos de Ossián eran de Ossián. Se creyó, pues, a pesar de que Ixtli presenta a su taratarara... alabando al “verdadero Dios”. Vaya a saberse por qué lo decidió así Ixtlilxóchitl, pero así fue. Chéquelos si no me cree.
Para terminar, intencionalmente no reproduje nada de Nezahualcóyotl aquí. No hace falta. Usted seguramente se sabe ese poema en el que el rey poeta dice amar más que nada a su hermano el hombre. Recuérdelo. Y verá que ahí también aparecen: flores, aves, joyas o piedras preciosas. ¿Ve?
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jueves 8 de octubre de 2009
Todo cambia
Para sus admiradores, pues, y para la gente cercana a ella. Porque como todo personaje público, Mercedes Sosa también tuvo sus detractores. Como los tuvo Pavarotti, sobre todo por sus conciertos llamados Pavarotti & friends en los que se reunía con cantantes y músicos de la escena comercial (entre ellos, rápidamente, Sting, U2, Celia Cruz, Spice Girls, Ricky Martin, Mónica Naranjo, Aqua, Stevie Wonder, Meat Loaf, Zucchero y B. B. King) y por protagonizar, con fines meramente comerciales, una pésima película en la que un tenor repentinamente perdía la voz. De Mercedes Sosa se dijo, pues, que no era congruente que cantara sobre la opresión y los desposeídos mientras ella vivía en la opulencia.
El origen de Mercedes Sosa es, sin embargo, humilde, y si llegó a cosechar la fama que cosechó, no fue de un día para otro, ni porque hubiera sido fabricada por una compañía discográfica. Fue simplemente porque cantó, y a la gente le gustaba. Y cada vez más gente la fue escuchando, ya más gente le gustaba. Como es de esperarse, no a todo el mundo, y eso no tiene nada de extraño. Y así, quizá ya de antes, Mercedes Sosa empezó a cantar sobre y para esa gente que la escuchaba, y canto sus canciones antiguas, que eran las que esa gente cantaba y escribía, sobre sí misma, sobra la Argentina de las pampas, que lejos está de ser la Argentina del tango; la Argentina tucumana que lejos está de ser la rioplatense; la olvidada, que lejos está de ser la capital.
Los compositores contemporáneos, entre ellos Ariel Ramírez, folklorista cuyo trabajo musical quizá equivalga al hecho en Rumania y Hungría por Béla Bartók, al de Rimsky-Korsakov en Rusia, al de Silvestre Revueltas en México o al de Violeta Parra en Chile; Ramírez compuso, con letra del historiador Félix Luna, la canción Alfonsina y el mar, una de las más célebres interpretaciones de Mercedes Sosa. Ramírez y Luna también son responsables de otras obras, como la cantata Navidad nuestra, en la que el folklor argentino se nutre con la tradición clásica, europea, como ocurre todos los días en las calles, en las ciudades, en las redes de información. Otro ejemplo, la Misa criolla de Ramírez también, o la cantata Santa María de Iquique de Luis Advis, grabada por Quilapayún, uno de cuyos miembros, Julio Numhauser, es el autor de otra célebre canción entonada por “La negra”: Todo cambia. Algo, así, como todo cambia, paulatina o abruptamente, habrá cambiado con la muerte de Mercedes Sosa. Y ella algo, quizá, haya hecho cambiar con su vida.

Cambia lo superficial, cambia también lo profundo; cambia el modo de pensar, cambia todo en este mundo. Cambia el clima con los años, cambia el pastor su rebaño, y así como todo cambia, que yo cambie no es extraño. Cambia el más fino brillante de mano en mano su brillo, cambia el nido el pajarillo, cambia el sentir un amante. Cambia el rumbo el caminante aunque esto le cause daño, y así como todo cambia, que yo cambie no es extraño.
Cambia, todo cambia. Cambia, todo cambia
Cambia el sol en su carrera cuando la noche subsiste, cambia la planta y se viste de verde en la primavera. Cambia el pelaje la fiera, cambia el cabello el anciano, y así como todo cambia, que yo cambie no es extraño. Pero no cambia mi amor por más lejos que me encuentre, ni el recuerdo ni el dolor de mi tierra y de mi gente. Y lo que cambió ayer tendrá que cambiar mañana, así como cambio yo en esta tierra lejana.
Cambia, todo cambia. Cambia, todo cambia.
jueves 1 de octubre de 2009
Pilar/Mariana
Del mismo modo el lápiz, el grafito encerrado en madera y pintura amarilla, contenía las posibilidades de todo, y conforme se convertía en esas posibilidades, guiado por la mano de Pilar Fernández, dejaba de ser lápiz y empezaba a convertirse en lo que cruzaba por la mente o por la ventana de Pilar, un escarabajo sobre una partitura de Schumann o de Beethoven, un búho en la mitad de una mesa, un rostro envuelto en carbón, una mariposa en cada esquina. Entre el blanco y el negro, entre la diáspora de grises que huyen del tubo hexagonal de madera para refugiarse en la superficie del blanco virgen, algunas aves, algunas formas de vida, algunas miradas, algunos disfraces destellan ese color que a veces, sólo a veces, parece que hace falta. Entre la huida se dibujan formas concretas, los puntos de grafito se distribuyen y encuentran un lugar sobre la superficie, justamente aquél que, para cada uno de ellos, Pilar Fernández había pensado sin saber que lo pensaba, había decidido sin saber que decidía, desde antes, mucho antes de que su material comenzara a ser fabricado, antes de que el árbol fuera talado, marcado, visto, sembrado.
Algo en el mundo de lo inasible se había configurado ya y llegó a la mano de Pilar Hernández, y eso pasó muchas veces y sigue pasando, y ahora en la pinacoteca Diego Rivera de Xalapa se reunía un puñado de fenómenos, de concreciones de lo inexistente, inexistente hasta que, claro, la muñeca hace lo suyo.
Y otra muñeca más tarde y de otra manera, con otras líneas y otros movimientos, esa misma noche se olvidaba de todo y se sumergía, entre otros vinos y otros flujos, una noche distinta debajo del mismo cielo. La muñeca de Mariana se desplazaba de izquierda a derecha a izquierda, el recorrido ignoto a fuerza de ser una y otra vez transitado, las mismas notas pero no las mismas notas, ese bajo retumba y se magnifica aun entre el saxo, la batería y la guitarra, los dedos de la mano izquierda se abren, se reacomodan, se cierran, se extienden sobre el brazo de metal, sobre las cuerdas de metal. Mariana con el cabello recogido y los anteojos de pasta gruesa, Mariana bajo, Mariana noche, Mariana The man I love, Mariana Garota de Ipanema, Mariana Insensatez, Mariana Manhã de carnaval, Mariana noche de jazz, Mariana lo que sea, Mariana rodeada de mesas y cervezas, pensando sin saber que lo hace, intuyendo cada nota, saboreando cada grito del saxo, cada paso de la batería, cada trino de la guitarra, cada lazo que la ceñía a su noche, cada universo sincopado en armonía con sus estrellas, esa otra diáspora que también huía hacia el amanecer, lentamente, bajamente, lápizmente, ¿hasta dónde o hacia dónde será posible seguir esa nota que ya se ha diluido, dónde se seguirá escuchando, quién se estará deleitando con ella ahora, este ahora que es el después de la nota, de la línea, de la silueta, de la melodía, esta ahora que también es ese después puro, inmaculado, que se contorsiona y adquiere formas sin contorno, sin volumen, que regresan a ese origen, a ese caos desatado y circunscrito a los dos lados de ese pedazo blanco de universo con que juega una niña antes de que todo suceda y después de que todo ha sucedido.
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jueves 24 de septiembre de 2009
De Luis Humberto Crosthwaite y la frontera
Escribir sobre la frontera implica tomar esos límites y expandirlos, transformarlos, hacer convivir esas realidades y llevarlas a un extremo, a otro, traerlas de regreso al centro, mangonearlas y darles alas, a ellas, a quienes conocen los dos lados de un todo, hacer convivir lo que hay en uno y otro lado y acorralar en uno de los dos lados lo que hay de común entre ambos.
Escribir en y sobre la frontera son, apunta el escritor tijuanense Luis Humberto Crosthwaite, las dos características principales que la crítica ha atribuido a los escritores que ella misma ha catalogado como de la frontera. Una palabra que, por lo demás, nomás nos hace pensar en la frontera norte del país y se nos olvida luego que, así como el Bravo, el Suchiate también marca un límite, una separación, un acá y un allá.
Allá en el Norte, explica Crosthwaite, hay diferentes inquietudes, realidades, intereses para los escritores, según sean de Baja California y Baja California Sur, de Sonora y Sinaloa, de Coahuila y Chihuahua, de Nuevo León o de Tamaulipas, pero con todo, también hay vínculos, hay pactos, hay elementos compartidos tanto en la realidad tangible como en ese campo misterioso y plástico que es el lenguaje. La cultura vecina, la gringa, está siempre presente y se filtra con mayor facilidad y mayores alcances en los puntos fronterizos de México que en el resto del país. Al menos así era cuando Crosthwaite empezó a hacerse persona y a hacerse escritor, cuando aprendió a hablar y a leer, en la década de 1960, y a escribir y a comunicarse, apenas después. Y eso ha marcado quizá un estilo, una tendencia, una cultura que se refleja ahora en las letras de Crosthwaite y Élmer Mendoza, por ejemplo.
A Crosthwaite le preocupa, le interesa la frontera y lo que allí sucede, lo que allí pueda suceder, y quizá sobre todo lo que allí no pueda suceder. Con todo, afirma que “la geografía no es condición para la literatura”, y lo que sucede en una obra literaria ubicada en un área específica, bien puede suceder en otra. “En literatura cada quien inventa lo que se le dé la gana”, sentencia luego de reconocer que, sin embargo, él nunca ha sentido como creíble una historia escrita sobre la frontera por alguien que no haya vivido en ella. Tras esto, en una especie de paréntesis, el autor de No quiero escribir no quiero hizo una crítica al periodismo que él denomina “paracaidista”, quienes llegan, están una semana o dos y escriben todo un volumen que da impresión de profundidad sobre un territorio en el que apenas han estado, ni siquiera vivido, algunos días o semanas. Es ésa, afirma Crosthwaite, una preocupación superficial por lo que ocurre en el norte del país, un diagnóstico poco profundo. Pero “el que llega a un lugar sufre una cierta miopía que se cura con el tiempo”, y sólo con el tiempo y la cotidianidad, la convivencia diaria con un territorio, es posible llegar a comprenderlo, si no del todo, al menos en un nivel considerable.
A los dos elementos que caracterizan lo fronterizo enunciado por Crosthwaite quizá haya que añadir el lenguaje, la apropiación de regionalismos que forman uno de los elementos que Crosthwaite señala como lo compartido, lo común en todo el norte del país, y que si bien no es el primero en hacer del habla un elemento distintivo de la literatura (ya Jorge Ibargüengoitia, Eraclio Zepeda, Ricardo Garibay y más recientemente Daniel Sada se han valido de estos recursos), se erige como uno de los escritores del norte que afirman, más allá de sus temas, que son del norte, que escriben ahí, sobre ahí y como ahí. “El rollo no se me ha acabado todavía. Tengo mucho que hablar al respecto.” Y ahí está, por ejemplo, Aparta de mí ese cáliz.
Dos días después, como parte del ciclo de mesas redondas sobre literatura de las fronteras (la norte y la sur) organizadas por la Universidad Veracruzana, la escritora chiapaneca Nadia Villafuerte, pisando aunque desde otros caminos los terrenos de Crosthwaite, afirmó que “la realidad es un borrador para la literatura”, y quizá sea que depende de un buen escritor hacerla precisamente literatura.
jueves 17 de septiembre de 2009
Regionales
Pero antes de los estados, se habla de México, un país; y el puro nombre trae consigo la historia, y ésta casi inevitablemente a España, un país del que no nos hemos podido liberar del todo, pese a que entre 1810 y 1821, poco más y poco menos, unos insurgentes andaban proclamando independencia y todo. Y mientras en Guanajuato un cura criollo padre de cinco hijos daba el grito de Dolores Hidalgo, y en Querétaro se hacían los planes para acabar con eso del virreinato y la sumisión a la corona española, ¿qué pasaba en Hidalgo? ¿Por qué ese estado habría de llevar el nombre del que es considerado el máximo representante de la Independencia Nacional?
Sin que haya una respuesta plenamente satisfactoria para esto, como no la hay para tantas y tantas vicisitudes que aparecen en los mapas y libros de historia, Víctor Manuel Ballesteros García ofrece un panorama de lo que, en aquella época independentista, ocurría en el actual territorio hidalguense. El libro Síntesis de la guerra de independencia en el estado de Hidalgo, publicado poco después de la muerte de Ballesteros García, hará unos cinco años, recupera, a lo largo de cuatro capítulos, personajes hidalguenses (yendo mucho más allá de Felipe Ángeles, Julián Vilagrán y Mariano Abasolo) que parecen olvidados pero que tuvieron participaciones trascendentes, si no a lo largo de todo el proceso de independencia, en determinados episodios de la lucha.
Con los cuatro capítulos mencionados, Ballesteros divide al actual estado de Hidalgo en cuatro zonas: los Llanos de Apan (conexión con Tlaxcala y Puebla), la región de Huichapan (el paso al bajío), la región Huasteca y la región minera (que incluye, como es de suponerse, a Pachuca y Real del Monte), asaltada ésta en una ocasión por nada menos que José María Morelos y Pavón, quien salió de ahí con un buen botín en plata que le permitió continuar con la lucha.
Pero mucho más que un anecdotario, esta Síntesis... recupera episodios y personajes históricos que sirvieron, como en todo el país, de escalones para llegar hasta la independencia, y fabrica un contexto histórico para Hidalgo durante, como el título indica, la guerra de independencia. La toma de Pachuca y Tulancingo por parte de Guadalupe Victoria, los papeles de fray Servando Teresa de Mier y Francisco Javier Mina durante el período insurgente, la detención y fusilamiento de Pascasio Ortiz de Letona, el primer grito de independencia de 1812, los nombres de José Osorno, Vicente Beristáin, Mariano Aldama y Antonio Centeno que anduvieron por el territorio, Felipe Ángeles pater et filis, los padres José Antonio Magos y José Manuel Correa y otros episodios y personajes aparecen en este libro que ayuda a comprender tanto lo que ocurría en territorio hidalguense en la década de 1810, como el papel que tuvo el ahora estado durante el conflicto eje de la investigación. Y uno se da cuenta de cómo les gustaba fusilar gente en Apan.
Y bueno, así cada pequeño rincón de México tendrá sus propias curiosidades que en los grandes planos nacionales pasan desapercibidas, pero que siempre, para los habitantes que se asumen antes de una región que de un país, revestirán una importancia más que notable, porque no todo pasó allá, en las tres o cuatro ciudades emblemáticas, sino que acá también hubo cosas, hubo gente, hubo pasadizos sin los cuales, quizá, la historia hubiera sido otra y hoy no estaríamos, inconscientes de tantas cosas, menos históricas y más contextuales a nosotros, que también nos definen porque también pasan dentro de las fronteras que definimos como nuestras, pegando de gritos a lo pendejo.
viernes 11 de septiembre de 2009
Waiting for the miracle... for the miracle Godot
Riñón de cerdo para el desconsuelo de Alejandro Ricaño fue finalista del Premio nacional de dramaturgia joven Gerardo Mancebo del Castillo y se estrenó en el teatro del Ágora de la ciudad de Xalapa, Veracrú, bajo la dirección de Rodrigo Hernández y el autor, y protagonizada por el autor y Guiedana López Estudillo; la música original estuvo a cargo de Ulises Godínez, quien improvisó al contrabajo, además de ejecutar el tema de Lettres à Paris. Samuel Beckett, James Joyce y Susan Joyce son también personajes, que no aparecen, pero de quienes se habla. El manuscrito de Esperando a Godot también juega un papel importante en la obra; gira en torno a él... y a un platillo digamos inusual. Marie hace el papel de coro griego o presentador shakespeareano cuando es necesario que el público sepa qué pasa allá afuera; afuera de las cuatro paredes en las que el auditorio también está encerrado (cualesquiera que sean esas cuatro paredes).
“Esto hay que escribirlo”, dijo Ricaño cuando se enteró, en una exposición fotográfica montada en conmemoración por el centenario del nacimiento de Beckett, de que la hija de James Joyce mantenía una relación sentimental con él. Y cuando se trata de Beckett, imposible no tratar a Godot. “La obra que más me ha cimbrado ha sido Esperando a Godot”, expone Ricaño. “Me parece la obra capital del siglo XX, dentro del teatro del absurdo me parece lo más interesante que se ha hecho”, y de ahí, la concepción de Riñón de cerdo para el desconsuelo: “Al momento de concebirla yo estaba trabajando, como actor, con Fin de partida de Beckett... así que ya llevaba un rato dando vueltas por el universo de Beckett”.
Gustave, asimismo, da vueltas en el universo beckettiano, al tiempo que este universo gira en torno suyo. “Es un obsesivo que se advierte malogrado, poco dotado, y que está todo el tiempo contemplando y obsesionado con dos autores que sí triunfan. Primero se obsesiona con Joyce y todo el tiempo está homenajeando al Ulises, y de ahí viene lo del riñón de cerdo. Después encuentra a un autor que le fascina más que Joyce, que es Samuel Beckett, y un texto que le fascina más que Ulises, que es Esperando a Godot. Pero él sabe que sólo puede conocer el éxito a través de estos personajes, que no puede escribir Esperando a Godot, pero sabe que puede vivir a través de corregirla.”
Y la corrige obsesivamente, en su apartamento, que comparte con Marie, leal e ingenua. “Con Riñón... sí tenía claro, sobre todo, la construcción de los personajes”, continúa Ricaño. “Además, está específicamente escrita para Guiedana [López Estudillo]. La puesta en escena también la tenía clara, como todo ocurría desde el interior de un departamento y lo que ocurría afuera se narraba desde ahí, sabía que el público tenía que experimentar la intimidad del departamento, pisando el mismo piso de madera de Marie y Gustave.”
Alejandro Ricaño dirigió la escena, y Rodrigo Hernández a los actores, “y lo hizo bastante bien. Él sabía que no tenía entera libertad ni decisiones sobre el montaje, y vino a echarnos la mano. Fue fácil la codirección, muy amable”. Riñón de cerdo para el desconsuelo fue escrita por Ricaño en 2007 y desde entonces “se estaba planeando el montaje y nunca se daba, hasta que fue posible hacer una temporada. Fue un proceso rapidísimo. En un mes estaba lista para presentarse.”
El dramaturgo, que fue merecedor del Premio nacional de dramaturgia Emilio Carballido UANL 2008 por la obra Más pequeños que el Guggenheim, concluye acerca de su actividad creadora: “Todo lo que escribo, cuando lo escribo, casi lo estoy dirigiendo. Últimamente ya no, porque al escribir ya no me limito a posibilidades escénicas: escribo con toda la libertad del mundo y no tengo ningún reparo sobre si algo puede ser representado o no”. Sobre lo que quizá no parezca ser posible de representar, quizá habrá que esperar, como los personajes de Beckett, y quizá con la canción de Leonard Cohen, a Godot, o al milagro. Uno nunca sabe cuándo llegará Godot, aquello por lo que se espera, o aquello por lo que no se espera. Quizá suceda simplemente que el tiempo escénico es insuficiente.
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viernes 4 de septiembre de 2009
La insoportable
En alguna entrega anterior de esta columna se habló acerca de las peripecias por las que ha de pasar un cineasta cuando intenta “llevar al cine” una novela, máxime si se trata de una (novela o leyenda o mito o cuento) célebre, y por las críticas que harán a la obra cinematográfica los lectores de la obra original, quienes afirmarán, casi sin excepción, que la película no le llega a la novela.
Philip Kaufman se permite en su película algunas libertades con respecto al texto de Kundera, como cualquier cineasta se las toma cuando se vale de un guión adaptado (no original) para hacer una película.

1. El personaje de Teresa en la película es tímido por razones distintas a las que lo es en la novela. Al final de cuentas, es tímido. Teresa aparece en la pantalla (interpretada por Juliette Binoche) como una pueblerina que escucha a Beethoven y lee a Tolstói. La relación que hay entre el personaje de Sabina (encarnado por Lena Olin) y su sombrero tampoco queda bien explicada.
2. Por razones más que comprensibles, muchos momentos explicativos y reflexivos de la novela (como las referencias a Nietzsche y a La Biblia), en la que el narrador se permite indagar en la vida de los personajes, e incluso penetra la mente del perro, quedan fuera de la película.
3. El hijo de Tomas, Simón, es eliminado en la versión cinematográfica; no hacía falta en la narración de Kaufman. La carta que él recibe, en la que se anuncia la muerte de Tomas (interpretado por Daniel Day-Lewis con un ligero aire de Mauricio Garcés) y Teresa, la recibe Sabina, que dejó Europa. También se suprimió a la esposa de Franz y a “La Gran Marcha” hacia Camboya, durante la que un fotógrafo vuela en pedazos.

4. El Cuarteto de cuerda no. 16 de Ludwig van Beethoven y el número seis (es decir, no el Cuarteto no. 6, sino el símbolo abstracto que representa que hay más de cinco y menos de siete unidades de algo en algún lado), el lector de la novela lo sabe, son dos elementos de los que nacen las coincidencias (¿pero eran realmente coincidencias?) que desembocarán en el encuentro y la truculenta relación entre Tomas y Teresa. El Cuarteto aparece en la película con menos insistencia que en la novela, y no aparece cuando, según la novela, ocupa un papel fundamental, si no en la trama, sí en la atmósfera que para el lector (o espectador, en el caso de la película) se crea palabra a palabra (o escena a escena).
5. Gran acierto, por otra parte, de Kaufman, parece haber sido la inclusión de música del compositor checo Léos Janácek, admirado por Kundera. Un fragmento de su inquietante y perturbadora sonata 1.X.1905 aparece en varios momentos de la película, enriqueciendo así a las escenas con una sensación de incertidumbre y desconcierto ante un evento que va a cambiar algo para siempre que sin duda repercute en el espectador. La sonata consta de dos movimientos, Janácek tituló al primero Presentimiento y al segundo Muerte; el tercero y último lo quemó.
6. La escena final. La historia, en rigor, termina en el penúltimo capítulo. Es decir, es ahí cuando tiene lugar el último de los acontecimientos. El último capítulo de la novela es un regreso, una revisión de algunos hechos, un complemento, una especie de epílogo. Teresa y Tomas mueren, pero eso ya se sabe. Pasan su última noche juntos embriagados de felicidad, y de alcohol, en la habitación de un hostal. En la película, era la emblemática habitación número seis. Quién sabe qué pasó por la cabeza de Kaufman que en vez de terminar ahí la película (Sabina ya había recibido la carta y nosotros ya sabíamos que iban a quedarse a media carretera), con la puerta cerrada y el grandísimo número seis en primer plano, decidió añadir una última escena: Tomas y Teresa conduciendo por la carretera, hacia su ya conocido destino. Treinta segundos que están de sobra en una película de más de dos horas y media. Treinta que segundos son mucho. La garigola que está de sobra en el edificio barroco.
7. El personaje de Franz, el amante de Sabina, es quizá demasiado lerdo. Teto. Ñoño. De corbata. Un hombre al que, como a todos, siempre perseguirá el mismo triste y desconsolador destino, hasta el cansancio. Su historia no le pareció tan importante a Kaufman, y ahí deja al pobre hombre abandonado, con un final tragicómico.
8. ¡Magnífica recreación, con aire de documental, del episodio que narra la Primavera de Praga y la invasión soviética a la entonces Checoslovaquia! A pesar de lo que podría pensarse, no desencaja dentro de la película, puesto que afecta decisivamente a la vida de los tres personajes principales que hasta ese momento han aparecido. Y el realismo que imprimen esos momentos es irreprochable. Como en la novela. Igualmente muy bien lograda la sucesión de hechos que llevan a Tomas a pasar de médico más que respetado y reconocido a limpiador de ventanas. Lo que no checa es el proceso mental a través del cual un médico ajeno a la política logró elaborar un complejo y controvertido ensayo cuyos componentes principales son el gobierno socialista y el castigo que se impone Edipo a sí mismo en Edipo rey de Sófocles cuando descubre lo que todos sabemos que descubre.

Finalmente diremos que el cineasta tiene tanta libertad para crear su obra (la película) a partir del material literario existente, como la tuvo el escritor de elaborar su obra (la novela) a partir del material disperso existente. La película es finalmente una interpretación de la novela, como la hace cualquier lector, y a la vez una traducción a otro lenguaje. Traducción que, bien sabemos, nunca será exacta, por más que trate de serlo. Si es que, para empezar, trata de serlo.
P.D.: Hablando de Edipo rey, Quien esto escribe también vio hace muy poco la coproducción méxico-colombiana Œdipo alcalde, la célebre tragedia de Sófocles ambientada en la Colombia de fines del siglo XX, aderezada por si fuera poco con el problema de las guerrillas, que en los barranquilleros tiempos en que se hizo la película debió haber estado bastante grueso, al menos para alguien. El guión adaptado es de Gabriel García Márquez, nada menos. Y la película es desastrosamente mala, floja y con por lo menos tres escenas especialmente ridículas. Una escena, sin embargo, resulta genial: Edipo, sin saber que Yocasta es su madre, procrea con ella; en un momento de intimidad, cuando Yocasta se sabe (o intuye) embarazada, insta a Edipo a escuchar los movimientos del óvalo fecundado. Edipo pega la oreja al vientre de su madre, Yocasta. Edipo está en posición fetal sobre el vientre de su amante, Yocasta.
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jueves 27 de agosto de 2009
Yo sólo quería un kilo de manzanas
“Cuando yo vivía”, una frase que parecen estar obligados a decir todos los fantasmas que sean personajes de un cuento, una novela o una obra de teatro y que, sin embargo, no pierde efectividad. Claro está que hay muchas maneras de decirla, y he ahí que aparece (nunca mejor utilizada la palabra) el ingenio del fantasma, que alguna vez fue una persona o algún otro ser vivo, pero generalmente se presenta ante nosotros, los espectadores de su tragedia, con rasgos reconociblemente humanos, de donde se deduce que cuando vivía pasó por una serie de penurias tan homéricas que por algo nos las tiene ahora que contar. Pero si bien nos puede impresionar de alguna manera el hecho de que un fantasma nos relate sus andanzas por el mundo que conocemos, tanto más nos puede estremecer lo que tenga que decirnos acerca del o los mundos en los que, como atisba William Shakespeare, hay más de lo que nuestra fantasía será nunca capaz de soñar. “There are more things...”
Es el caso de Rosa Cuchillo, fantasma peruano que encima se toma la molestia de relatarnos sus desventuras en verso, y por si fuera poco se aparece en los mercados y las plazas públicas y los atrios, en el momento en que uno menos se lo espera, como hace todo fantasma, pero, eso sí, en los lugares en los que uno no se lo espera. Ésa es la novedad del fantasma.
Ana Correa encarna al fantasma de la protagonista de la novela Rosa Cuchillo de Oscar Colchado Lucio en un espectáculo escénico más que teatral, y desde las primeras hazañas de la heroína algo le parece escalofriantemente cercano al espectador latinoamericano: Los abusos de que son objeto las mujeres, los indígenas y los campesinos por parte de los hombres y las autoridades civilespolíticasymilitares, el abandono, la condena al silencio, al rechazo, a la marginación, a la masacre. También en Perú, como también en Chile, Argentina, México o Nicaragua, hay historias de desaparecidos y de injusticias, y es mediante una manifestación artística, que se vale del teatro pero que no es en sí teatro (el recinto, las butacas, los boletos, la taquilla, todo eso se nos viene a la mente enquistado a la palabra teatro), que esta denuncia nos llega, más, mucho más efectivamente quizá de lo que pudo haber llegado a través de periódicos, de boletines de prensa, de volantes cuyo destino es el basurero o de condenas morales y recomendaciones de Derechos Humanos.
En qué momento murió Rosa Cuchillo es cosa que no se sabe, y cosa que también inquieta a la mujer que va en busca de su hijo, quien fue llevado en una redada llevada a cabo en una comunidad peruana, con un motivo ignominioso. El cadáver, la búsqueda del hijo, las amenazas de muerte, la pila de cadáveres de hombres, mujeres y niños, las huellas de tortura y un perro que hace las funciones del Virgilio dantesco para guiar a Rosa Cuchillo por los mundos que están por encima y por debajo del nuestro, en unos planos que escapan a las explicaciones científicas y astronómicas.
El espectáculo se presenta así, como un manto blanco, como ese fantasma que todos hemos visto o escuchado o leído en algún lado, en medio del mercado, de los espacios públicos, y es ahí cuando la escena trasciende el encierro al que suele condenársele y favor de apagar sus teléfonos celulares, tercera llamada, tercera. La gente entra en un estado de estupor catatónico y de repente no importa que las quesadillas se doren de más o que se enfríe el plato, no importa que la pera o que el mango estén caros o magullados, que haya que vender todos los chocolates, que se nos haga tarde para darle razón a alguien de algo que bien visto no es así tan importante.
Ana Correa presenta su espectáculo para este público que bien se puede tomar media hora de su vida para ponerle atención y dejarse fascinar, para ver con ella un ritual ahí donde muchos verían una coreografía, para ver quizá sangre o quizá ceniza ahí donde otros ven pétalos de rosas, para ver una luz intensa ahí donde otros ven un barandal y canastas de mimbre o piñatas, para ver un fantasma ahí donde otros ven a una actriz peruana pintada y vestida de blanco. Esa posibilidad de ver lo que no existe, lo que se asoma tímidamente por las ranuras de la vida, es la que nos ofrecen los fantasmas, se manifiesten como se manifiesten.
Si la montaña no va a Mahoma, lleva el teatro a las plazas, a las escuelas, a los mercados. Ahí es posible descubrir a un nuevo público y permitir que ese público se descubra como tal, que se convierta en algo más de lo que es todos los días así como Ana Correa se convierte en el fantasma de Rosa Cuchillo, y de paso descubrimos con ese escalofrío que siempre aparece cuando encontramos coincidencias, que la historia del mundo es la historia de las repeticiones y que Nietzsche tenía razón, que no es quizá una influencia absoluta de la mitología griega, sino que quizá todas las mitologías son la misma pero con diferentes nombres, y que por ser cuna de la cultura occidental, la griega tiene el derecho de adquirir fama y aparecer en todas partes, y que así como lo occidental es cuna de todo lo moderno y todo lo que nos rodea cotidianamente (con sus siempre notables y sanas excepciones), lo no occidental también existe, y en África y América Latina también hay mitos y repeticiones, y que siempre tendremos las historias de Jasón y de Prometeo y de Electra y de Odiseo y de Helena de Troya, y que también esos fantasmas se aparecen todos los días en todas partes, pero hay que estar alertas, siempre alertas, ante ésos y otros fantasmas, ante éstos y otros regresos, porque pueden sorprendernos tanto en el teatro, aunque ahí no es tanta la sorpresa, como en cualquier lugar cualquier día en el que usted se levanta y vaya a donde tenga que ir porque simplemente iba a comprar digamos un kilo de manzanas.
jueves 20 de agosto de 2009
¿...pero a Estados Unidos?
Si hay un deporte para el que tradicionalmente ha sido malo Estados Unidos, ha sido el futbol soccer; y si hay un deporte para el que tradicionalmente ha sido malo México, han sido absolutamente todos. El futbol, sin embargo, se había convertido en el único territorio deportivo en el que México, como país, más o menos podría destacar, y eso se debía en parte a la pobre competencia a la que se tenía que enfrentar a la zona a la que, de acuerdo con las divisiones geofutbolísticas de la FIFA, pertenecía. Individualmente la cosa es distinta: Ha habido atletas destacados, aunque a cuentagotas, en alguna especialidad del atletismo o de la natación, o dentro del boxeo, e incluso allá en 1948 en los anales de la historia de los Juegos Olímpicos aparece registrado que México obtuvo una medalla de bronce en (asómbrese usted) basquetbol. Olímpicamente, lo más cerca que México ha estado de una medalla en futbol ha sido el cuarto lugar de 1968. Sí: Acá, en tierra propia.
En la zona geofutbolística en la que México se encuentra ubicado, su selección suele enfrentarse a rivales como Honduras, Nicaragua, El Salvador, Costa Rica, Panamá, Jamaica, Trinidad y Tobago, Haití, Santa Lucía, San Vicente y las Granadinas... auténticas potencias deportivas (Cuba, claro, es la excepción, aunque el futbol no se les dé mucho; y Canadá, que tiene altibajos). Y claro, Estados Unidos. Así, pues, ante estos rivales, México era “El Gigante de la Concacaf”. Era.
Si México podía presumir que era mejor que los gringos en algo, era en futbol. Era. Ya no. Algo ha pasado en los últimos quince años. Y ahora los estadounidenses juegan mejor al futbol que los mexicanos. Quizá no mucho, pero sí mejor. Digamos que tantito mejor. Hace quince años, sin tener una liga profesional de este deporte, organizaron una Copa del Mundo pambolera. Y desde entonces han mejorado. Han invertido. Han entrenado. Han triunfado. El único deporte en el que los gringos no eran buenos lo han empezado a dominar. Y han hecho un buen trabajo. Mucho mejor que el que ha hecho México en esos mismos quince años.
Antes perder contra Estados Unidos era una cosa casi imposible, una excepción entre las excepciones, un mal día. Ahora ganarle provoca festejos en las calles, exaltados estados de ánimo, entusiasmo desmedido, besos y abrazos, cornetas y bocinazos. Antes ganarle a Estados Unidos era cosa de todos los días. Ahora perder contra Estados Unidos está por convertirse en cosa de todos los días.
A todo esto, ¿qué hay detrás de esos quince años? A como son los gringos, cuando se proponen algo, suelen lograrlo. Dígame usted qué no. Petróleo, agua, guerras mundiales, industria cinematográfica y del entretenimiento, industria automovilística, industria editorial, crecimiento y desarrollo económicos, duplicar la extensión de su territorio, líderes mundiales, premios Nobel, la conquista del espacio, la conquista del microcosmos, universidades, opinión pública, récords olímpicos y deportivos en general, avances científicos y tecnológicos, el Dream Team... Ponga usted que un día se propusieron llegar a ser campeones del mundo en futbol soccer. El único deporte que les falta dominar (digamos único deporte de gran convocatoria, o incluso de mediana convocatoria, pues en deportes de baja convocatoria hay que recordar que Francia es una potencia mundial en esgrima e India lo es en hockey sobre pasto). Ese día empezaron a trabajar, mientras los mexicanos seguían jugando cascaritas. Los gringos formaron escuelas de futbol, integraron el deporte a los programas universitarios e infantiles, y los mexicanos siguieron contratando desmedidamente extranjeros y jugando cascaritas. Los gringos empezaron a mejorar mientras los mexicanos seguían jugando cascaritas. Ésa parece ser la política deportiva de México: Jugar cascaritas. No sólo en futbol, pues en otros deportes tampoco hay una cantera (para usar la jerga apropiada): Hay casos sobresalientes de los que luego se cuelgan las autoridades deportivas.
Claro que hay que ver muchas otras cosas, factores económicos y sociales, y quizá hasta políticos, son subyacentes a esto. La alimentación de los niños, la educación (que debe incluir lo deportivo y lo artístico y musical), los programas, las estructuras y las superestructuras encargadas de todas y cada una de las áreas en las que un ser humano podría desarrollarse. Y ahí sí, parafraseando a Leonard Cohen, Comparemos mitologías.
Mientras tanto, mientras los gringos crecen y juegan cada día mejor al futbol, México puede contentarse con seguirle ganando a los países centroamericanos y del Caribe, e incluso a Canadá. Contentarse, nomás. Los festejos, la algarabía, el desenfreno... eso lo dejaremos para las contadas ocasiones en que los mejores once futbolistas del país le ganen a las verdaderas potencias futbolísticas: Alemania, Francia, Brasil, Italia, Argentina, Inglaterra, Holanda. Y también para cuando le ganen al “Gigante de la Concacaf”: A Estados Unidos de América. Porque no será, como no es ahora, cosa de todos los días.
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jueves 6 de agosto de 2009
Cómo llevarse un libro de una feria del libro sin pagar por él, sin que nadie se dé cuenta y sin cargar con aquel incómodo sentimiento de culpa
De estos mecanismos, sin embargo, no nos preocuparemos aquí. Hay uno más inquietante, la consumación de cuyo propósito es usualmente conocido como robo o hurto. Aquí a dicho fin le llamaremos indistintamente robo o hurto. Esta acción implica riesgos, los dos menos deseados de los cuales son a) ser descubierto y 2) lidiar con un molesto sentimiento de culpabilidad. Hay formas de evitarlos, claro, pero no siempre son infalibles.
Antes de desarrollar la manera correcta de llevar a cabo esta empresa, hay un par consideraciones previas sobre las que es necesario discurrir. En primer lugar, la naturaleza de las ferias del libro. Una leyenda cuenta que un editor al que no se le vendían sus libros decidió rematarlos y los colocó en una mesa afuera de su casa, y tuvo un buen éxito de ventas; sus vecinos, también editores, siguieron su ejemplo y toda la calle estaba llena de mesas con libros baratos. Hubo éxito y repitieron la empresa cada domingo; el municipio vio que empezaron a hacer dinero y les cobró una cantidad bárbara de permisos, y ello coincidió con que los compradores de libros perdieran el interés de lo novedoso. Entonces los editores hicieron su venta una vez al año, y los compradores de libros esperaron ansiosos esa venta anual de libros baratos, e iba incluso gente de otros vecindarios y ciudades vecinas. Entonces otros vecindarios y otras ciudades desarrollaron sus propias ventas de libros, por razones económicas; dichos acontecimientos anuales pronto atrajeron la atención de los escritores, quienes empezaron a presentar ahí sus nuevas obras. La costumbre se extendió por varios países y ha sobrevivido hasta nuestros días, enriquecida.
En segundo lugar, dichos acontecimientos, que fueron llamados ferias del libro, suelen ser bastante concurridos. De otro modo, no convendría llevarlos a cabo. Y así, todo el mundo espera ir a distintas ferias del libro, como la de Frankfurt, quizá la más célebre en el mundo, o las de Guadalajara y Minería, las más célebres de México.
Ahora bien, para hurtar con éxito un libro de una feria del libro, es necesario que se cumpla la condición de amplia concurrencia a la gran venta, cosa que casi siempre se cumple. Como los editores sospechan siempre, habrá gente vigilando a todo personaje, sospechoso o no, que se acerque a los puestos de libros. Usted se escabullirá entre esa gente y será objeto de sospecha. Vaya todos los días que pueda a la feria: si usted ha vuelto a la escena, es que no ha hecho nada malo. Lleve ropa holgada para que pueda tomar un libro y esconderlo apropiadamente, pero no lo haga la primera vez que asista; sin duda, sospecharán de usted y lo seguirán; si comprueban que usted no hizo nada, lo dejarán en paz y al día siguiente usted podrá volver tan tranquilo. Ah, pero no siempre vaya con la ropa holgada.
Identifique el o los ejemplares que desee usted hurtar, y vea qué tan codiciados son y a qué tanta vigilancia están sujetos. Vea quien lo ve. A usted y al libro. Pero no se muestre interesado. En cambio, muéstrese interesado en libros que no le interesan a nadie; los de economía, por ejemplo, o los de Eduardo Lizalde. Dése cuenta de una cosa: No es posible vigilar simultáneamente a todos los asistentes, así que deberá usted identificar un momento adecuado para proceder de la siguiente manera:
Al tercer o cuarto día, con la vestimenta apropiada, acérquese al volumen elegido. Si es usted primerizo, elija un libro pequeño. No se desespere: llegará el día en que pueda llevarse una enciclopedia con todos sus veintiún tomos. Así pues, tome el libro elegido del estante y hojéelo, como menospreciándolo; luego devuélvalo, pero acomódelo de manera tal que el más sutil contacto pueda tirarlo. Muévase hacia otros estantes y pregunte por precios de los libros que no le interesan, y quizá alguno que sí. Luego devuélvalos y acomódelos con cuidado; quien le atendió le tendrá por cliente honesto. Siga viendo mientras otros clientes, honestos, preguntan por precios y títulos. No llame la atención. Vuelva por donde anduvo, elija el momento adecuado, y con sus ropas holgadas envuelva al libro que dejó al borde del vacío; dé unos pasos hacia otro estante, y hacia otro y hacia otro, antes de sacar el libro y guardarlo en algún bolsillo o portafolios o bolso o morral.
Repita la operación en puestos distantes entre sí, y procure no hacerlo dos veces en el mismo puesto el mismo día. Otros días lo hará en otros puestos. Y en otras ferias. Si pudo salir bien librado de la feria el día del hurto, nadie lo habrá notado y podrá volver. Vuelva dos días después, con o sin la ropa holgada; si usted no regresa, sospecharán, porque el delincuente no vuelve a la escena del crimen. Y si usted regresa, ni es delincuente ni estará en la escena del crimen. Sea descarado: muy difícilmente lo reconocerán, si llegan a hacerlo. Otro mecanismo menos complejo: tome el libro, hojéelo y salga caminando con él como si nada. En ambos casos, piérdase entre la multitud. Siéntase satisfecho. Si puede contar con cómplices que lo ayuden distrayendo a los encargados de seguridad y de ventas, la vida será mucho más fácil para usted.
Por la culpa que pudiera sentir, no hay de qué preocuparse. Revise, al final del libro, el tiraje. Verá que es de por lo menos mil ejemplares más sobrantes para reposición. Un ejemplar entre mil no es gran daño para la industria editorial; además, hay más títulos editados por la casa que le dio vida al libro que ahora usted posee. Y sepa que si el título no se vende, los ejemplares son destruidos al cabo de un tiempo. O bien vea el precio del libro, y delibere sobre si lo habría pagado o no. La respuesta será no; de otro modo, hubiera usted pagado por el ejemplar y se evita la molestia.
P.D.: Si el lector de esta columna cree que el autor de esta columna hizo lo antes descrito en la Feria del libro infantil y juvenil que tuvo lugar recientemente en el Centro cultural del ferrocarril de la ciudad de Pachuca, permítame asentar que no fue así. Hubo una condición que no se cumplió para que pudiera llevarse a cabo el plan: la de la alta concurrencia.
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jueves 23 de julio de 2009
jueves 16 de julio de 2009
El curioso caso del indómito cotonete de dos descomunaeles metros
Existe una rara costumbre entre los bípedos a los que se les atribuye erróneamente las capacidades del raciocinio, de la socialización y (para desquiciar a Jürgen Habermas) hasta del entendimiento, que consiste en referir a otros bípedos similares aquello que les ha causado gran impresión, placentera, mórbida o de cualquier otro tipo. Ciertos hechos, naturales o humanos, son tan insólitos o vistosos que son capaces de dejar boquiabiertos, cuando no escandalizados, a esos curiosos seres que han decidido clasificar todo lo que los rodea y establecer a partir de ello uno o varios órdenes. Fuera de la mayoría, existe una minoría que celebra con entusiasmo los hechos y acontecimientos que escapan de los órdenes establecidos. Algunos de ellos hasta intentan producirlos; algunos lo logran. Los bípedos-orden llaman a esas extravagancias arte, cuando las producen los bípedos-caos, o maravillas, cuando los mecanismos de la naturaleza ponen un poquito más de la pimienta necesaria, si logran insertarlas dentro de su orden; cuando no, son porquerías las primeras y fenómenos o desastres naturales las segundas.
Pero ocurre de repente que algunos bípedos-orden quieren pasar por bípedos-caos, y se insertan con dificultad en el caos, en lo que escapa a lo común y la cotidianidad. Y no hay un llamado del arte, sino un llamado al arte, y éste se resiste a incubar sus huevecillos en un cuerpo frío en el que las pequeñas criaturas no tendrán de qué alimentase ni cómo desarrollarse ni nada. Sin embargo, los dotados de raciocinio son necios, y algunos logran confundirse entre los bípedos-caos, y hasta ser celebrados; con todo, siempre hay algo en el fondo que los delata.
Causa un placer inexplicable escandalizar a los bípedos-orden, y sobre todo a los bípedos orden que se han mezclado entre los bípedos-caos y que viven entre ellos como críticos, directores de instituciones culturales o jurados de premios literarios y artísticos, quienes de repente creen que un cuento es malo porque en una oración está dos veces una misma palabra, como si fuera algo que no puede corregirse, o como si tuviera más mérito consultar un diccionario de sinónimos que evitar un desenlace bofo. Los infiltrados se escandalizan con facilidad ante ciertos atrevimientos, pero celebran inexplicablemente algunas ridiculeces logradas con calzador, con total falta de naturalidad, como una exposición de vestidos y papel de colores recortado con leyendas manuscritas con caligrafía de niña de cumplida primaria (caligrafía, por ejemplo, que delata inequívocamente a un infiltrado) o de audiocintas destripadas, o un título demasiado largo (como el que encabeza esta entrega), y restan importancia a cuestiones más significativas.
Marcel Duchamp (ex)puso un mingitorio en un museo, y él decidió que eso era arte. Resultado: Escándalo de los infiltrados que no veían en ello manifestación alguna de creatividad o ingenio, cuando sí la veían en las reproducciones en serie de Andy Warhol, y entonces sí quiero una explicación. Duchamp estableció un caos con su mingitorio: un objeto privado de su función utilitaria se convierte en un objeto dotado de función estética, y es no es posible en un mundo en el que los muebles sanitarios fueron hechos para enviar a un inframundo de tubos a las inmundicias humanas; al menos, a algunas. Escandalizó verlo en una sala de un museo, pero nunca escandalizó verlo en un cuarto recubierto de azulejos.
Teodor W. Adorno, Max Korkheimer y más tarde Umberto Eco hablaron de la reproducción en serie de los productos culturales. Pero no sólo es que
A quien firma esta columna le fueron mostradas unas fotografías de cosas que causaron alguna impresión a quien las tomó con su teléfono celular. La mayoría estaban dentro del Museo Universitario de Arte Contemporáneo (MUAC) de
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jueves 9 de julio de 2009
Decálogo del imperfecto columnista
2. Finalmente. Algo, una idea o una libélula, lo ha estado molestando durante días. Durante semanas. Durante meses quizá. Ha revoloteado alrededor de su cabeza, yendo de un lado para otro. Piensa en ello cuando come, cuando se levanta, cuando conduce, cuando paga algo, cuando no cuenta el vuelto después de pagar algo, cuando apaga las luces, cuando va al concierto, cuando escucha a su jefe, cuando contempla un cuadro. Después del tiempo precisamente necesario, la idea deja de dar vueltas y se posa exactamente sobre la palabra que ha de servir como balazo que indique el inicio de la carrera.
3. Lectura. Ese libro que leyó le ha dicho algo. No son los personajes, no es la trama, no es el lenguaje. Detrás de todo ello, detrás de todo ese velo de construcciones y contextos y estructuras, algo le ha llamado la atención. Algo dicho al oído. Un gusano que entra al cuerpo de la fruta por un orificio diminuto y la devora por dentro, hasta que una dentadura lo parte en dos. Ese sabor detrás de cada página, hay algo ahí. Poseer la red para atraparlo, buscarla, confeccionarla. No es necesario terminar de leer el libro, como no es necesario comerse toda la fruta.
4. Perturbaciones. Hay una maldita mosca volando por todos lados y no me deja concentrarme. Allá va. Con un demonio...
5. Reto. Un recuerdo, un vómito de sensaciones, de experiencias, de percepciones, de presentimientos. Algo lo golpea, lo embiste como un rinoceronte furioso, desencadena la desesperación, imposible ahora dejar de escribir, el espacio se está agotando y aún hay tanto, ya habrá otro momento, pero, ahora, ahora lo siente, una especie de efervescencia, como si una aspirina se disolviera en su sangre. Esa misma agitación. Pero, ¿cómo convertirla en palabras?
6. Insólito. No parece posible, no parece creíble. Pero después de todo, yo lo vi, o lo pensé, o lo deduje, o lo predije. Hace una semana habría sido el ridículo, el conejo presuroso en medio de la selva, del paraje inhóspito, del desierto despoblado. Y ahora, sorprendente, pero helo ahí. Es ya del demonio público, pero no como yo lo vi, no como yo lo pensé. ¿Dónde dice que todo lo que escribo debe ser verídico, verosímil, racional? Eso no puede exigírseme en un mundo en el que muy poco de lo que pasa sí lo es.
7. Obviedad. Parece que todo el mundo habla de ello, que todo el mundo lo sabe. La verdad es que sólo él lo sabe y ha lidiado con ello por mucho tiempo. Esa sensación se llama hartazgo. Pero yo no conozco la miel que ha probado el otro oso. ¿Cómo él puede estar harto de la que yo pruebo? Una revelación: para mí es cotidiano; para el mundo es nuevo.
8. Perturbaciones II. Mosquito del infierno...
9. Experimentación. ¿Dónde lo he visto, dónde lo he escuchado? ¿En ningún lado? Un albatros lo depositó en mi oído, ante mis ojos. Sin más.
10. Alternativa. Cuando nada de esto le salve del compromiso, diga cómo debería o cómo no debería ser una columna, áspid cínica.
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jueves 2 de julio de 2009
Tres temas en una semana
¿No se supone que Michael Jackson era un pederasta, un pedófilo, un adefesio, un monstruo que había caído de nuestra gracia desde hace mucho tiempo y para siempre? Pero resulta que muere el hombre (o vaya usted a saber qué) y todo es homenaje y tributos, y que una cosa no opaca a la otra, y que qué gran artista, y que el ídolo de las multitudes, y que todo el mundo llora la muerte del rey del pop, y las calles se llenan de sus seguidores, como cuando murieron Rodolfo Valentino o Elvis Presley, y sus discos se agotan en cuestión de horas en todo el mundo.
La muerte parece haber tenido un efecto reivindicativo. Jackson siempre tuvo sus seguidores, claro, pero ¿por qué no se agotaron sus discos, digamos, la semana pasada, o el mes pasado, o el año pasado, si de veras mucho fervor? ¿Se habrían agotado igual si en los medios, en vez de (re)tratarlo como un figurón de la música, lo hubieran (re)tratado como un hombre negro con aspecto de mujer blanca, con complejo de Peter Pan y que dormía con niños en su casa? Fue un ídolo, sí. Tuvo sus muchos seguidores, sí. Tuvo sus muchos detractores, también. Como todo artista.
A Baudelaire resulta fácil perdonarle que le entrara al opio; a Pushkin, que bebiera en exceso. El arte de que eran capaces reivindicaba esos apéndices de su carácter... y no dañaban a nadie más. El caso de Jackson es distinto: las ventas millonarias reivindican hasta la pedofilia. Incluso en vida: abrió la chequera un par de veces y retiraron los cargos en su contra. “It’s good to be the king”, even more the king of pop.
Si usted es un artista las ventas de cuyas obras (libros, discos, pinturas, películas...) andan medio bajas, finja su propia muerte. En una chanza venderá como ha vendido Michael Jackson post mortem. Luego diga que todo era broma e inicie un nuevo proyecto artístico. Friedrich Gulda lo hizo.
II. Golpe de estado en Honduras
Micheletti, el presidente golpista de Honduras, a cuyas órdenes se sujeta ahora, más importante que el Congreso o la Corte o el gabinete, el ejército de aquel país centroamericano, ha dicho: “Esta sucesión presidencial es constitucional”. Y tiene razón el hombre. Esa sucesión presidencial es constitucional; no democrática, pero sí constitucional. Como cuando Victoriano Huerta asumió la presidencia de México, allá cuando las cosas se arreglaban a balazos (es decir, en los tiempos de la Revolución Mexicana, para evitar posibles ambigüedades). Huerta, general del ejército, conservó la fidelidad de algunas facciones del ejército, le dio cuello al entonces presidente, y a su primer sucesor, tras lo cual, según la Constitución, debía asumir la presidencia de la república Pedro Lascuráin, por el puesto que ocupaba en el gobierno. Éste, durante los cuarenta y cinco minutos maomeno que estuvo sentado en la silla presidencial (si es que se sentó) hizo dos cosas: nombró a Huerta vicepresidente, y renunció a la presidencia de la república. Acto seguido, Huerta tomó las riendas del país. Siempre constitucionalmente. Lo cual no le quita a la usurpación que haya sido una usurpación. El procedimiento es constitucional; la manera en que se llevó a cabo cada uno de los pasos de tal procedimiento es lo que ya no checa. Lo mismo en Honduras: el presidente Zelaya renuncia y se nombra a un presidente interino que toma posesión. Que la firma de la renuncia y el exilio de Zelaya se hayan hecho a punta de pistola es lo que ya no checa.
En tanto, todos los países americanos (y algunos de otros continentes) que ven en la democracia la forma idónea de gobierno (que no lo es sólo porque muchos lo digan) condenan el golpe de estado hondureño. Claro que todos los presidentes llegados al poder como consecuencia de un proceso democrático condenarán a quien haya llegado a la presidencia de un país por otras vías, como la armada. Incluso Cuba, cuyo gobierno es producto de una revolución de hace cincuenta años, que es algo así como un golpe de estado con el favor del pueblo. Un golpe de estado democrático. Pero entonces ya no es golpe de estado; y si es golpe de estado, no puede ser democrático. Entonces es una revolución: el poder del pueblo (siempre y cuando el pueblo intervenga). A ver: derrocar al presidente por vía armada con apoyo del ejército, a punta de pistola, es golpe de estado; con apoyo del pueblo, a punta de pistola, es revolución. Oh. La democracia no siempre transita por las urnas.
III. Futbol
Pronóstico: México 1, Estados Unidos 3.
jueves 25 de junio de 2009
¿Enseñar a escribir? Is that possible?
uno de ser un poeta a fuerza
Efraín Huerta
Anatomía poética es resultado de las experiencias del taller de poesía del mismo nombre que impartió Jair Cortés, poeta himself, en la Biblioteca Ricardo Garibay, a lo largo de seis sesiones de cuatro horas de duración cada una, distribuidas por pares en tres fines de semana, y separado cada par por un espacio de, originalmente, tres semanas; la influenza famosa hizo que la separación entre el segundo y el tercer pares fura de más o menos un mes. Tal publicación, informal y patrocinada por quienes en ella escribieron, una plaquette con un reducido tiraje de alrededor de cien ejemplares, recoge creaciones en verso de la mayoría de los asistentes al taller; mejor dicho, de quienes asistieron con cierta regularidad. Los textos lejos están de ser homogéneos. No hay una regularidad ni temática ni estructural ni de ningún tipo. Cada quien aportó algo de lo que ya traía.
En realidad, eran pocos los asistentes al taller que llegaron en ceros. Y entre lo que se enseñó en el taller se encontraban cosas como los tipos de rima, la manera de contar sílabas poéticas, qué es un epitafio, qué quiso decir el poeta con tal cosa, el arte menor y el arte mayor, qué onda con los haikús... Cosas que, por otro lado, yo recuerdo haber estudiado en la secundaria.
Antes de éste, yo sólo había asistido a un taller de creación literaria; y fui solamente a una sesión. La instructora, que se jactaba de haber recibido en alguna ocasión una de las tan-ansiadas-por-los-artistas-locales becas que otorga anualmente el Fondo estatal para la cultura y las artes de Hidalgo (Foecah), nos dijo casi al final de la sesión: “No lean a Tolstoi... Lo que él dice es muy ajeno a nuestra realidad, los zares y todo eso”. Y lo dijo luego de asumirse francamente proclive al realismo cuando de corrientes literarias se trataba, y de decir que el mero mero era nadamásynadamenosque Agustín Cadena. (¡Imagínese usted!) Tal pronunciamiento por parte de la mujer (el referente a Tolstoi), cuyo nombre no me preocupé en tratar de recordar, me bastó para decidir a) no volver a ese taller literario, y 2) muy posiblemente no volver a asistir nevermore a ningún otro. El chistecito de ir a esa sesión de semejante taller de creación literaria me costó unos veinte pesos, y el traslado a Real del Monte. Y bueno... al menos sí salí de ahí con la boca abierta.
Cuatro o cinco años después (es decir, hace cosa de tres meses) tres amigos-mosqueteros me convencieron de entrar a este otro taller literario que sería de a okis, los viernes en la tarde y los sábados más bien temprano, que Jair Cortés quiénsabequé. Órale. Le entré. Con desconfianza, pero le entré. Al cabo de las seis sesiones, salí más o menos igual que como había entrado. Y supongo que así pasó con casi todos los que no llegaron en blanco.
Hace una semana la poeta Malva Flores dijo lapidariamente a un grupo de estudiantes de la Universidad Veracruzana: “El que es poeta, es poeta; eso no se puede enseñar”. Ella también imparte talleres, y lo que “califica”, dijo, es el compromiso, el hacer las cosas, no el vuelo poético. La estructura y la responsabilidad (entusiasmo), no los contenidos. Malva Flores confesó que no tenía corazón para decirle a alguien que es de plano malo pero malísimo. A los narradores en todo caso, complementó, se les puede enseñar a narrar; pero no puede enseñársele a nadie a ser poeta.
Las interrogantes que de esto, de todo esto, puedan derivarse, las hará usted mismo. Asuma su postura: Concuerde o discrepe con tal o cual argumento. Es más, si ve que un taller literario se anuncia, haga la prueba. Inscríbase y asista. Y después de tomarlo, vea si termina usted siendo un Dostoievsky o un Pessoa, un Arreola o un Cortázar, una Elena Garro o una Szymborska, un García Lorca o una Juana de Ibarbourou, una Meireles o un Kundera. Si siente que para allá va, y eso que sólo tomó un taller, entre a la Sogem. A ver a cuántos deja usted pasmados. Y luego ufánese de haber ido, sin importar que luego deje incomprensibles los textos que le den a corregir. Entre tanto, pregúntese: ¿A cuántos talleres habrá asistido Charles Baudelaire para llegar a ser Charles Baudelaire? ¿O William Shakespeare? ¿O sor Juana? ¿O Solzhenitsin? ¿O Lessing? ¿O Lope de Vega? ¿O Carpentier? ¿O...?
Anatomía poética puede descargarse en versión digital en http://www.ajaltokov.blogspot.com/ y en http://www.granadademanopoesia.blogspot.com/, o consultarse en versión impresa en el Fondo Hidalgo de la Biblioteca Ricardo Garibay, segundo piso, en Pachuca, Hidalgo, en la Zona Plateada, a un lado de ese horrible e inmenso azulejo de un baño gigante que nunca llegó a construirse.
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viernes 19 de junio de 2009
El lepidóptero
El sistema de detección de vaya a saber qué debe estar activado porque de otro modo sería un simulacro una farsa bien montada para que todo el mundo lo crea posible y no vayan a robarse los libros autografiados por Efraín Huerta Allá afuera está la serpiente pero no te preocupes no vuela y tú sí pero en algún lado leíste que era posible sí pero en el Amazonas y no era volar era lanzarse de un árbol a otro igual de peligroso porque en una de esas los audífonos dejan de funcionar y dime cómo le vas a hacer encantador de serpientes si ya no sirve tu reproductor me preguntas por las calles no las conozco hay una iglesia y más adelante otra iglesia y más adelante un parque y más adelante otra biblioteca y abajo calle abajo llegas a una terraza pero eso ya no es el amazonas ya llegó la civilización y pavimentaron las avenidas y hasta hay una exposición de la obra parcial de Fernando Botero no sé por qué te digo esto y sé que no me estás escuchando sí te estoy escuchando pues entonces no es a mí porque yo no estoy diciendo absolutamente nada por ahí hubiéramos empezado.
Mira nada más el cielo cómo se convierte paulatinamente en un árbol rojo del que es posible desprender otros cielos que se convierten en otros tantos árboles cada cual de un color más pintoresco que el otro pintoresco dijiste sí pintoresco vaya palabra no que no estabas escuchando ahora sí porque no sirven los audífonos y no me queda más que ponerte atención a ti que no dices nada o al tucán que con su graznido entrecortado lo dice todo como si realmente hiciera falta decir algo o decirlo todo yo ya me voy de aquí son cincuenta centavos de vuelo debajo del techo cobrizo que se fundirá en negros estás seguro completamente qué no es esto después de todo una película o un sueño de cualquier forma son lo mismo sólo que una se plasma en celuloide y la otra y la otra y la otra es una hoja de maple sobre la que se sirve un cordero liberado de su encierro de papel y madera el papel es rojo como el cielo y las estrellas verdes como las hojas y azules como las peras.
Los pares de alas se contorsionan y dirigen velozmente al cuerpo a lo largo de la nada mientras el pintor toma su pincel y esconde al lepidóptero, lo fragmenta y lo lleva a todas las partes del lienzo el insecto como el centro está en todas partes como la biblioteca como las papayas y las serpientes que conviven en un calidoscopio ocre ocre ocre ocre como no puede creerse y sobrevive abajo a la derecha el auto el pobre autógrafo del pobre paupérrimo Efraín Huerta.
jueves 11 de junio de 2009
De cómo explotar el arte, II/II: Entrevista con César Martínez Silva
He aquí la segunda parte de la entrevista que Martínez Silva nos concedió:
Autores como Octavio Paz, Alí Chumacero, José Emilio Pacheco, Gerardo Deniz... inclusive conozco a autores jóvenes: tengo relaciones con Josué Ramírez o Gonzalo Vélez su visión poética... Han sido claves. Me gusta Roger Bartra como antropólogo. Me encanta Jaime Sabines, como poeta. Sabines es muy conmovedor, últimamente lo he releído muchísimo. También a Milan Kundera. Otro que ha influido muchísimo en mí es Carlos Monsiváis, que de alguna forma es cronista de lo insólito, alguien que legitima el surrealismo mexicano con la palabra.
Oigo música muy extraña: oigo sonidos. Me gusta el arte sonoro. Soy amigo de Manuel Rocha, este artista mexicano sonoro. Me gustan Iannis Xenakis, Frank Zappa... un grupo que se llama Vegetable Orchestra, que hace instrumentos con verduras... lo buscas en Youtube y verás que es muy bueno. Y toda esta música abstracta, concreta, que inicia John Cage... es lo que a mí me inquieta. Philip Glass es otro: me encanta su música minimalista, estas frases cortas que va repitiendo inconstantemente y en las que aparentemente no hay variantes. Son autores que escucho para inspirarme. Aunque a mucha gente la pone nerviosa la música... los sonidos que yo escucho.
César Martínez Silva: http://www.martinezsilva.com/
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jueves 4 de junio de 2009
De cómo explotar el arte, I/II: Entrevista con César Martínez Silva
Antes de que una ola de gripe descompusiera lo ya de por sí descompuesto entre el Bravo y el Suchiate, el artista plástico César Martínez Silva ofreció una plática y una demostración de su arte en el Instituto de Artes de la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo, en Real del Monte. En las aduanas cuando sale y entra de México ha tenido problemas por transportar dinamita, elemento fundamental para una de sus facetas como artista plástico; pero parece ser otro el efecto que los detonantes tienen en quienes presencias sus performances, que dan pie a obras plásticas más perennes. Aunque no siempre. Derretir, explotar, mutilar, moldear, devorar... también son verbos de cuya acción implícita puede valerse el arte plástico.
Al término de su presentación, Martínez Silva nos concedió esta entrevista:
La decisión
Fue una decisión desde chavo. Desde muy pequeño tenía esa inquietud. Había que vencer nada más los prejuicios sociales, los morales y los familiares, que eran miedos ajenos a mí, miedos que te exporta la gente. Entonces, cuando cumplí los dieciocho años y había que tomar la decisión de hacer una carrera, elegí una intermedia, que era el Diseño gráfico para no desvincularme tanto del aspecto creativo de mi vida. Me di cuenta al año y medio de carrera que el diseño no iba de acuerdo con mis intenciones, así que al mismo tiempo empecé a estudiar en la escuela de grabado y escultura La Esmeralda, y también me di cuenta de que la formación académica no me llenaba, no me satisfacía; era muy conservador entonces el plan de estudios. Entonces decidí dejar la carrera de diseño. Ejercí como diseñador, me pagaban muy bien, pero siempre había que mentir; en las artes visuales he sido más honesto, más yo, más honesto con mi vida. Y bueno, es difícil vivir de esto.
Influencias
Estando estudiando Diseño gráfico tuve como maestra a Maris Bustamante y a Rubén Valencia. Ellos son artistas de performance. El trato con ellos no fue anda más dentro de clase: me invitaron a colaborar. Estuve trabajando en el Pornochou: El multievento deseado. Estos dos artistas pertenecían al movimiento de Los Grupos en los setentas, que fueron los primeros en hacer acciones plásticas en México. Conocí a Melquíades Herrera, a Alberto Gutiérrez Chong... Entendí que dentro del arte había algo más que dibujo, pintura y escultura, y viví cerca del trabajo de performance. Estas personas, de alguna forma, desorientaron mi formación como diseñador y me orientaron a trabajar dentro del arte del performance. Digamos que fueron las primeras influencias directas, de personas vivas, porque me gustan mucho Miguel Ángel, Leonardo... todos los clásicos. Eran como parámetros. Pero después uno afortunadamente madura. Así como uno se interesa por el surrealismo, pasa a otras corrientes, como el arte conceptual. Viendo la amplitud y la gama que el performance permite, empecé a trabajar con pólvora. Había un artista, Marcos Kurtycz, de origen polaco, que trabajaba con químicos, con fuegos artificiales... y yo empecé a hacer mi propio trabajo con pólvora, al que llamé “Explotarte” o “Explosiciones”. Tuve la oportunidad de exponer mi trabajo en varios foros alternativos hasta llegar al Museo de Arte Moderno, en el Salón de Espacios Alternativos donde, por mi trabajo con pólvora, obtuve una mención honorífica. Esa credibilidad que obtuve me benefició, puesto que con el desarrollo de este trabajo, donde el público se involucra, la gente ejecuta, explota... se dinamiza la exhibición. Conocí a Silvana Cenci, artista italiana que trabajaba con explosivos de verdad: con dinamita. Ella me invitó a Estados Unidos a hacer trabajaos sobre metal, sobre aceros inoxidables, con explosivos plásticos. Yo creaba unos bajorrelieves muy intensos. Ésos son los artistas que me dieron el aventón, el empujón para convencerme de que ésta es una forma de vida, una forma de pensar.
La idea
A mí me gusta considerar que las ideas son de quien las trabaja. Siempre una idea aparece como un pequeño brote que va creciendo y luego se sale de control. Cuando tienes esa brain storming, esa gran cantidad de ideas multiplicadas, ya vas refinando, encajando el concepto, puliéndolo. Ya después comparas y vas desechando algunas ideas, según aquélla que sea más potente o esté mejor desarrollada. La vuelta al mundo en trajinera nació a partir de una lectura de Noam Chomsky, que es De la colonización a la globalización. Chomsky hace una lectura muy interesante sobre cómo el “descubrimiento”, teóricamente ha sido una imposición conceptual, cuando aquello fue una invasión europea, y que quien ha generado beneficios ha sido América, y quienes los han explotado han sido los europeos. A raíz de esta relectura del “descubrimiento de América” empecé a trabajar el concepto de “Venechilco”, porque Alexander von Humboldt, cuando vino a México, le llamó a Xochimilco “La Venecia americana”, pero se le olvidó decir que Venecia era “La Xochimilco europea”. Bajo ese parámetro puse a navegar unas trajineras en Venecia. Parecía una broma, el boceto de un performance. Pero cuando vi el potencial de esto, decidí hacer una muestra individual en el Instituto de México en España, donde expuse más de veinte ríos europeos y mexicanicé Europa: al Sena le llamé Senahuacan; a París, Paritzingo; a Madrid, Madrihuantepec... Cholulondres, Tulámsterdam... ¿Qué hubiese pasado si nosotros hubiésemos llegado, vamos a decirlo así, primero? Porque la historia, a final de cuentas, la construye quien tiene la pasta, el dinero. Entonces, bajo esa imposición, hemos creído que fuimos descubiertos... pero ya existíamos desde antes. Incluso se ha demostrado que los mayas eran mucho mejores astrónomos que Galileo; que habían inventado el cero antes que los romanos. Y los europeos borraron eso y quisieron acuñar el término “civilización” para justificar su salvajismo. Esa primera idea de Venechilco me llevó a desarrollar toda esta Vuelta al mundo en trajinera. Hay que buscarle, hay que agotar todas las posibilidades. Por necesidad de cambio. Hay que explotar las cosas... por eso también empecé a trabajar con explosivos... y porque vivimos en un régimen capitalista explotador.
César Martínez Silva: www.martinezsilva.com
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sábado 30 de mayo de 2009
El frío Sol...zhenitsin
Heredero de una tradición rusa de realismo que quizá raye en lo insoportable, en tanto que es posiblemente más cruento que la crudeza de la realidad sea relatada casi con indiferencia que con agobio, Aleksandr Solzhenitsin nos ofrece, respetuoso de los cánones impuestos por sus coterráneos Dostoievsky, Toltstoi y Pushkin, una visión del sufrimiento y las penas cotidianos que el ser humano es capaz de aceptar como naturales. Mientras volúmenes como Humillados y ofendidos, Ana Karenina o Evgeny Onegin relatan tragedias que no giran en torno a un hecho sino a una vida, y nos parecen inconcebibles de tan reales, Un día de Iván Denísovich, novela de Solzhenitsin, tal vez pueda llegar a parecer fría por la manera en que el narrador, cercano al narrador de Balzac, cuenta la historia.
Más allá de la denuncia de la Unión Soviética bajo el régimen stalinista (un tema central en toda la literatura de Solzhenitsin, que le valió el Nobel de Literatura en 1970, y en torno al cual gira la que quizá sea su novela más famosa: El archipiélago Gulag) se encuentra la descripción de una vida cotidiana y monótona, la del prisionero Iván Denísovich Shújov. Una condena de diez años a punto de terminar, impuesta por ser hijo de un opositor al régimen, una jornada de trabajo ferozmente estricta, un número que lo identificaba en vez de un nombre, la búsqueda recóndita de pequeños placeres entre quienes creen que lo han perdido todo, el riesgo de que en cualquier momento se aumenten diez años más a la condena por no levantarse a tiempo o retrasarse en las formaciones, o simplemente porque un guardia sospechó un intento de fuga.
Shújov y sus compañeros presidiarios debieron, por la fuerza, aprender a trabajar en equipo, porque las reglas a ello los obligaban: si un miembro de un grupo no cumplía con la carga de trabajo, todo el grupo era castigado. “Hoy no voy a comer menos porque tú no trabajas”, le dice en algún momento un preso a otro. Y tenían que aprender a disfrutar cada uno de los días que pasaran recluidos, porque de lo contrario la vida sería insoportable; y tenían que aprender a gozar algo allá adentro: la comida caliente, el momento de reposo (que eran los instantes del día para los que vivían los presos), arreglárselas para hacerse de una doble ración de pan, esconderlo y encontrar placer en no ser descubierto, esmerarse para que los trabajos de albañilería fueran exactos y las jornadas parezcan más cortas, enfermarse para que los dieran de baja un día. Un día. Tal vez sólo allí dentro podría valorarse realmente lo que es un día de descanso, allí, cuando seis días a la semana eran forzados a trabajar en construcciones y un buen día en Siberia era cuando la temperatura estaba a 18 grados bajo cero, a mediodía, cuando el sol calentaba. La cotidianidad hace que lo bello deje de apreciarse como bello, pero también que lo terrible deje de apreciarse como terrible.
Aún así, la novela, por una parte kafkiana, no deja de lado figuras de hermoso lirismo, propias de la tradición rusa: cada cuatro semanas —cuenta Iván Denísovich— Dios crea una luna nueva, y a la vieja la desmenuza para hacer estrellas.
Y está la frase terrible con la que termina el libro, refiriéndose a Shújov: “A lo largo de su condena vivió, desde el toque de diana hasta el de retreta, 3,653 jornadas como aquélla. Por los años bisiestos, se le juntaron tres jornadas más”. Tal vez descubriría que lo más terrible era que afuera las cosas no eran muy diferentes, y tal vez Aleksandr Issáievich Solzhenitsin comparta, respecto al totalitarismo de Iósiv Stalin, la postura de Nikita Khruschov, quien afirmó alguna vez: “Decir la verdad al pueblo es necesario para que fenómenos semejantes no se repitan jamás”.
viernes 22 de mayo de 2009
Un piano para María Teresa Rodríguez
“Estos premios no los merezco... Eso es lo que se debe decir, ¿no?”, fueron las palabras que pronunció la pianista María Teresa Rodríguez (Pachuca, 1923) al recibir el Premio a la trayectoria y mérito artístico, que le concedió el gobierno de su estado natal. Desde hace dos años, más o menos, la mujer que fuera calificada como Tesoro Nacional Viviente por Yuriko Kuronuma ha sido, de alguna manera, redescubierta en su tierra. La alumna más destacada de Carlos Chávez, la que recibió elogios de Kyril Kondrashin, la que nunca ganó concursos de piano en México pero sí en el extranjero, recordó que en 1951 le pidió al entonces gobernador de su estado algún apoyo para estudiar música; no era tan sencillo, le respondieron, con problemas como la pobreza, la marginación, la situación del campo y de los indígenas, problemas “que lamentablemente siguen”... aún así, la persona en quien se depositaba el Poder ejecutivo del estado sacó su cartera, la abrió y sacó mil pesos que María Teresa recibió. “Me enseñaron a ser humilde”, dijo a todos. Entonces ya era pianista, y lo era desde los ocho años. Y desde entonces se ha dedicado, con lo que sabe hacer, “a servir a Dios y a la sociedad. No sé si a Dios le habrá gustado mucho cómo toqué el piano...”, bromea.
Al término de la ceremonia, rodeada de la prensa, las autoridades, y algunos individuos que le presentaban a otros destacados hidalguenses, muy reconocidos y todo, María Teresa Rodríguez posó con la medalla recién recibida para cuanto fotógrafo se lo pidiese (¡faltaba más!) y respondió también a cuanta pregunta se le hizo:
El concierto y el público
Está uno tan emocionado que no se quiere ir del escenario. Antes de entrar, quisiera uno no entrar. Les digo: ¡Por favor, que ya no toquen la tercera llamada, yo ya quiero salir! Y luego, cuando está uno con el público, ya no se quiere ir... Le gusta mucho a uno dar un encore, dos encores... Cuando uno está solo puede tocar muchos bises, pero cuando se es solista con una orquesta tiene uno que tener compasión de los ochenta músicos, mínimo, que le rodean y que van a tener un descanso de diez minutos y que ya se quieren parar, mientras uno está ahí feliz, toque y toque... Entonces, por eso nada más... uno chiquito, aunque el público es tan amable que oír más. Es un sentimiento de mucha emoción. Como vivir en otro planeta, siquiera por un rato.
El Concierto para piano de Carlos Chávez
Yo lo había estado estudiando con él. Hasta Nueva York fui para que me lo revisara y lo estudiara. Él no quiso ir a la grabación. Me dijo: “Usted ya lo toca bien, tal como yo quiero”. Decía que mi interpretación superaba a la de un pianista que la grabó antes que yo: Eguene List. Le di gusto, y eso me da también mucha alegría. Grabamos el disco, pero ya no lo vio salir, porque salió tres años después. Y ahí anda el Concierto, ya tiene otros pianistas que lo tocan ¡y qué bueno! Yo ya lo viví, ya lo toqué... pero nadie es eterno. ¡Qué bueno que hay otros pianistas, jóvenes, que lo están tocando!
La música contemporánea
Siempre es interesante. No puedo decir que me encanta... pero que me interesa, sí. Es interesante, tiene mucho que ofrecer, ¡y más les vale!, porque no pueden hacer, aunque quisieran, lo que hicieron los clásicos o los románticos porque esta época nueva pide otra cosa. Y así ha sucedido siempre. Yo poco toqué de música contemporánea porque realmente no me llenó del todo; sin embargo, con el maestro Chávez toqué bastantes cosas... hasta de [Krzysztof] Penderecki y otros músicos de su tiempo... pero porque él me lo pedía para el Colegio Nacional. Aun a Chávez me costó comprenderlo... si no es que lo estudio directamente con él... Le dije: “Me cuesta mucho trabajo su música...”. Y me dice: “No la conoce. Estúdiela, yo le ayudo, y verá que le va a gustar.” Y así fue.
El jazz
¡Ah sí! ¡Me encanta, cómo no! No he tenido la inquietud de tocar jazz, ese movimiento, porque Bach está muy arraigado, Chopin está muy arraigado, Beethoven... para eso se necesita otro espíritu. ¡Pero me encanta, me encanta el jazz! ¡Cómo no!
George Gershwin y Erik Satie
¡Gershwin! ¡Imposible aislarlo! Porque él también entra dentro de la música clásica, con su Concierto para piano y sus dos Rapsodias. [La música de Erik Satie] ¡Es muy divertida! Es muy divertida... Es simpática, y todavía, dentro de lo moderno, se puede escuchar con mucho gusto. ¡Sí!
Actualmente
Estoy preparando un disco de música mexicana para un joven que está haciendo su maestría en algo de grabar discos, y me ha pedido que le haga uno, así que voy a grabarlo en octubre.
(A otras preguntas de la prensa, María Teresa Rodríguez contestó:)
Retos
Los retos son, por un lado, cuando ha habido concursos. En México nunca gané un concurso. Por fortuna, en Estados Unidos sí gané uno, porque ni me conoció el jurado ni yo los conocí. Fue por una estación de radio que me oyeron. Y gané.
Y cada concierto es un reto, porque es una presentación ante el público, al cual le tengo mucho respeto, sean tres personas o trescientas o tres mil, porque se han molestado en salir de sus casas, venir a escucharme... y esperan de mí lo mejor que yo pueda dar. Y ése sí es un reto, porque está uno queriendo dar lo mejor y muchas veces no lo puede dar porque está uno excitado y entonces tiene que gobernar su excitación junto con el gusto de estar produciendo la música y de estarla dando, porque es como una corriente eléctrica. Yo le doy al público, pero el público me regresa a mí esa comunión... el público y yo.
La dirección del Conservatorio
Fue una experiencia formidable. Quise hacer muchas cosas pero no pude. No pude porque hay miembros del Conservatorio que evitaron... bajaron los brazos cuando yo quise cambiar el plan de estudios... Educación Pública me dio permiso... ya era tiempo de que cambiáramos. Pero se me atoraron muchos porque ya tenían ahí muchos más años que yo y no me dejaron. El plan de estudios que tienen está ya bastante viejito: ya tiene cien años. Ahora no sé, parece que han cambiado algo... pero para peor, porque creo que le ponen a las carreras “técnicas”. ¿Cómo va a ser uno técnico en piano? ¡Un técnico en piano arregla pianos! ¿Cómo va a ser un técnico en canto? Carreras técnicas... no estoy de acuerdo Entonces me fui a la Escuela Superior de Música. Me acogieron muy bien y allá trabajo.
Sus obras favoritas
De joven decía yo que Bach, Beethoven y Brahms: “Las tres B”. Pero ahora me doy cuenta de que como me tengo que entregar a estudiar lo que voy a tocar la próxima semana o el próximo mes, la música que más me está gustando es la que estoy ejecutando para sacarla al público. Entonces no puedo tener favoritos, porque todos los músicos que toco y que he ejecutado son mis favoritos; y los que no me gustan, pues no los he puesto.
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jueves 14 de mayo de 2009
Las teorías conspiracionistas, II/II (o Vox media, vox Dei)
El miedo es padre de cosas muy raras
Julio Cortázar
“Toda mentira, para ser creíble, debe tener una semilla de verdad.”
El virus maligno omnipresente y tantas medidas preventivas, no vaya a ser el Chamuco ora sí y a ver quién nos salva. Más vale... Pero ¿y si no? ¿Y si todo es una mentira, una patraña, una elucubración maliciosa para ocultar algo y distraer al mundo, un circo, un teatrito, un “numerito espectacular”? ¿Será posible? Las teorías conspiracionistas afirman que sí:
Justo cuando hay crisis, aparece una oportunísima amenaza de pandemia de gripa (“pandemia de gripa”, hasta se oye ridículo). No, pero esto rebasa México y rebasa el ámbito local, la pandemia es real,
En todo caso tendría que ser un teatro muy bien montado, con tantos actores involucrados, porque hay brotes de influenza humana (...) en todo el mundo. ¡Ajajá! Ah, pero los países integrantes del G7 o del G20 no son todo el mundo, y es ahí donde están los brotes mundiales, con algunos socios comerciales añadidos, y ve a saber si no hay un acuerdo detrás, si no resultará que los países que se adhieren a la conspiración a la larga resultan beneficiados. ¡Y en África nada, donde las condiciones de salubridad son...!, pero bueno... Por lo pronto, México ya se embolsó una lana... y adivinen quién va a terminar pagando la deuda.
Pero qué coincidencia, después de la visita de Barack Obama a México, y no antes, y no justo en ese momento, aparece este virus exterminador, este virus de lo estrambótico. Oh, el virus ya existía, desde la década de 1970, desde 2004 ó 2005 ya se conocía su mapa genético y se hacían simulacros y entre los especialistas ya se hablaba de un riesgo epidemiológico. Sí, pero hasta antes de la visita de Obama no había pavor por el bicho (que ni siquiera es bicho). “Hoy por mí...”, y mañana por México, pues. Pero, ¿y qué quería Obama? Eso quizá nunca se sabrá. Pero de pronto ya no ha habido decomisos de enormes cargamentos de droga, ni secuestros, ni capos detenidos, ni descabezados. El bondadoso ejército, es más, ya no puebla las calles de miedo y terror, sino de tapabocas, es por tu bien. Oh, y mira, éste no es un estado fallido: la población atiende a las indicaciones de su gobierno, ¿qué más legitimidad que ésa quieres? Baideuéi, ¿e Irak y el mundo musulmán?
Los partidos del futbol mexicano se juegan a puerta cerrada. ¿Una jornada del futbol mexicano a puerta cerrada? ¿Dos? ¿Medio torneo, si quieres? ¿Cuánto representa eso en la economía futbolística mundial? Cuando se cancele
La industria farmacéutica estaba en números rojos, en crisis, y había que rescatarla. Bueno, es más fácil rescatarla a ella que a la industria automovilística: el pánico hace comprar medicinas, no automóviles. Poco creíble: muéstrame las cifras, los números que demuestren que la industria farmacéutica está al borde de la bancarrota y que hagan indispensable su rescate. Ah, pero esto es una conspiración y nunca nos van a revelar las verdaderas cifras. ¡Ejejé!
Si el virus realmente estuviera en todos lados y en cualquier parte y el riesgo es incalculable... échate ésta: la gente permanece encerrada en sus casas para no contagiarse, no sale a la calle. ¿Está en la calle? Entonces los más expuestos son: los vagabundos, los periodistas, los vendedores, los recolectores de basura, los del gas (y, aunque por otras razones, los médicos, pero ellos saben mejor cómo cuidarse... o deberían). Éstos son mis grandes indicadores; cuando estos sectores empiecen a aparecer febrilmente con
Y la inevitable postdata sabor cereza: La influenza porcina es rebautizada como influenza humana luego de que se reportó un insólito descenso en las ventas de carne de puerco.
Cada quien tendrá sus propias razones para dudar. O para no dudar y usar tapabocas, que en todo caso sirve para reducir la neurosis. Pero úselo con más frecuencia: allá afuera también andan el neumococo, los parvovirus y la salmonela.
Claro que las teorías conspiracionistas pueden estar equivocadas, y entonces sí la peste negra. Es el riesgo que se corre al ser suspicaz. Pero como ejercicio, no está mal. Nada mal. Envidiable hasta para la ciencia política. Y en una de ésas se tiene razón. Y la resistencia ganará adeptos, quizá pocos, pero adeptos. Ahora, lo malo de las teorías conspiracionistas es que no dudan de sí mismas: nunca creen que puedan estar equivocadas. Y, como cualquier teoría, pueden estarlo.
“Si no fuera por mi buena salud, ya me habría muerto.”
También el humor puede ser subversivo (o se puede ser subversivo a través del humor):
1. No saludar ni de beso ni de mano. Pero, ¿si nos podemos despedir de beso y de mano?
2. Al que tienen que ponerle un tapabocas es a otro...
3. El sexo seguro ahora se practica con tapabocas.
5. ¿Nos van a reponer el 1 y el 5 de mayo como días de descanso?
6. ¡Orson Welles no ha muerto...! Tiene gripa, pero no ha muerto...
7. ¡Aléjate...! Puedes ser una mala influenza...
8. ¿Todo normal? Digo, además de lo anormal...
9. ¿Un virus? ¿Qué es un virus? Ah, una cadena de aminoácidos y proteínas... Entonces, no es un organismo vivo. ¿Cómo que está a medio camino entre algo vivo y algo no vivo? Oh, comprendo... nos ataca un pequeño zombie.
10. ¿Quiere darle un buen susto a alguien? ¡Estornude! ¿Quiere abrirse paso entre las multitudes? ¡Estornude! Ya no hay necesidad de decir “con permiso”.
11. ¿Morirse de gripa en el siglo XXI? Muérete de risa, Boccaccio; y tú también, Camus.
12. Un amigo se quejaba de la vida artística en estos días: “¡No hay teatro, no hay espectáculos!” “¿Qué, quieres otro? ¿No te basta con éste?”
13. ¿Y ustedes no andan calenturientos?
14. Primero fue la gripa aviar, ahora la porcina... ¿te imaginas cuando nos llegue la de los elefantes?
15. “No creo que sea seguro llevar a mis hijos a la escuela.” “¿Lo dices por el sistema educativo?”
16. El reporte meteorológico y el resto del noticiario dicen exactamente lo mismo: se registran altas temperaturas en todo el país.
Sin pretensiones de erigirse como teoría conspiracionista, otra sospecha, otra posibilidad se asoma, como la imagen en un espejo que permite ver los ángulos invertidos: ¿Y si el problema realmente es más grave de lo que se dice en los medios y desde las fuentes oficiales? ¿Y si las cifras están “maquilladas” y los números de los boletines e informes son un pálido reflejo de lo que ocurre en los hospitales y centros de salud, en donde caen los muertos contados por cientos, diagnosticados con otro tipo de males respiratorios o no respiratorios?
Pero mientras tanto, mientras tanto tengan miedo, tengan muuuuuuuuuuuucho mieeeeeeeeeeeeeeeedo. En fin... en estos tiempos, y desde que Orson Welles dijo “Los marcianos llegaron ya”, vox media, vox Dei. Salvo que los medios digan lo contrario.
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jueves 7 de mayo de 2009
Las teorías conspiracionistas, I/II (o Vox media, vox Dei)
The virus is blowing in the wind...
(after Bob Dylan)
“Una mentira dicha muchas veces termina por convertirse en una verdad.”
Junto con la epidemia de gripa porcina que azota al centro de México parece haber llegado otra, que azota a todo el país: una epidemia de histeria colectiva. Que si un virus mutado desde un cerdo que funciona como una licuadora de aminoácidos, proteínas y triglicéridos, que si un científico loco en California, que si una pakistaní que comerciaba ambulantemente en Oaxaca... el caso es que anda y saca de la cabeza de la gente, y de la voz de los medios de comunicación, que estamos ante la amenaza inminente de una pandemia. Increíble, en cualquier caso, pero en el fondo no tanto, que las medidas anunciadas por nuestras ínclitas autoridades y que son seguidas por una población entrada en pánico estén funcionando, lavarse las manos de manera obsesiva, no tocarse las áreas húmedas de la cara pero sobre todo no picarse la nariz (cosa en la que insiste mucho el escéptico doctor de la tele, el canoso, Alejandro Macías, que viene a ser una especie de Gregory House carnavalito version), no escupir en la calle, evitar las muchedumbres y las turbas iracundas, mantener limpia la casa, desinfectar perillas, manubrios, barandales, teléfonos y controles remoto, no saludar dando besos ni manos, sino a la japonesa, una pequeña reverencia inclinando la cabeza, y así evitamos que el virus se propague y esto alcance proporciones cinematográficas. La mayor parte de dichas medidas, dicho sea de paso, ¿no son cosas que tenemos que hacer de todas formas todos los días de todas nuestras vidas?
Lo del tapabocas, éxito inmediato de ventas que ya quisieran alcanzar Madonna o Michael Jackson, agotado en todos lados como el nuevo disco de su artista favorito (o de su artista más aborrecido, los gustos varían), parece que no salió de las voces oficiales, sino una manía mediática. En cualquier caso, por más tapabocas que lleve uno, si alguien con la gripa (que ya no es porcina, aparentemente una queja interpuesta ante la Sociedad Protectora de Animales inició todo lo del rebautizo, pero qué ganas de difamar a los pobres marranos que a fin de cuentas qué, que ahora es influenza humana, válgame el Altísimo, y entonces la otra, la de siempre, la gripa que se pone de pronto su nombre de etiqueta, ¿qué diablos es ahora?), si alguien llega con la gripa ésta y le estornuda a uno en plena superficie húmeda, ojalá alguien pudiera decir de qué sirvió la telita ésa a través de la cual puedo ver al que está frente a mí. Lo que nunca: un estornudo de repente se convierte en lepra y hasta los emos cuidan de su salud y atienden a las recomendaciones oficiales...
“¡Cuán gritan esos malditos!”
Es un virus eso que anda revoloteando en el aire, si el tapabocas es poroso el bicho pasa, no es una langosta que ande volando y pueda ser vista, y muchos no se verán en multitud como una nube negra que acaba con los cultivos, ni siquiera se verán, se manifestarán en todo caso, pero no es mortal y además hay medicamento suficiente, pero de todas formas lávese las manos como si de ello dependiera su vida, uno nunca sabe, y ya ve cuántos van, la OMS puso la alerta en el nivel 5. Y de paso felicita al gobierno mexicano.
Una langosta, claro... La primera era la peste, y ¿cuáles eran las otras seis plagas? Preocúpese cuando vea una nube de langostas, o cuando el caudal del río que atraviesa la ciudad lleve sangre, porque entonces, entonces sí, la sangre se coagula y va a terminar tapando las cañerías...
Ya hace setenta años, casi tres cuartos de siglo, Orson Welles había demostrado de qué eran capaces los medios, y sí, hazaña irrepetible entre lo irrepetible, pero Orson Welles sigue vivo aunque de formas menos artísticas, y los medios siguen diciendo que los marcianos llegaron ya, pero, ¿recuerda usted?, en otras formas, en forma de ébola, de cólera, de chupacabras, de invasión OVNI, de peligro para México, la teoría de la cortina de humo no pierde vigencia y hay escépticos que siempre se mantendrán aferrados a ella.
“Perro que ladra no muerde.”
Hay, claro quienes dudan, dudan siempre y dudan de todo, y en esto también. Puede ser que tengan razón, puede que no, uno nunca sabe... La mentira repetida ad nausea.
Aquí, como en todo, también ha resurgido la teoría conspiracionista, como Lázaro cada tanto tiempo, un destino nitzscheano del que le ha sido imposible escapar.
El virus puede morder menos de lo que los ladridos que le hacen emitir sugieren, dormir menos de lo que indican los ronquidos que le atribuyen. Uno nunca sabe. Ante esto de la gripa no-porcina, hay que partir, como siempre, de las dos posibilidades de las teorías conspiracionistas:
1. Que tengan razón. En ese caso, como las autoridades y los medios juegan en el mismo equipo y, peor aún, son quienes formaron la conspiración, no van a dar espacios en sus territorios para que las teorías conspiracionistas sean conocidas, divulgadas, analizadas o expuestas, sino que serán acaso mencionadas y en seguida descartadas como si eso fuera lo más obvio y lógico y racional.
2. Que no tengan razón. En ese caso, realmente habrá una razón de peso y de fondo y de todo para no darles especio en los grandes espacios mediáticos nacionales e internacionales.
De modo que el destino inatacable de la teoría conspiracionista es mantenerse siempre en los dominios de lo subterráneo, lo clandestino, lo irreductible y lo subversivo.
Lo bueno de las teorías conspiracionistas es que lo hacen dudar a uno, sirven como ejercicio mental. Lo malo es que a ver, demuestra que están en lo correcto. No se trata de decir que no hay que formularlas. Todo lo contrario. Sospechemos. Dudemos. ¡Seamos suspicaces! Pero no nos quedemos ahí y vayamos por los pelos de la burra.
Baideuéi, eso de andar por la calle diciendo que uno tiene el A/H1N1 es como de película de Cantinflas, para que apenas salga de la boca de alguien (en forma de ácido ribonucleico o en forma de construcción gramatical, que igual son cadenas de cosas que se ponen una después de la otra) lo esculquen a uno en busca de explosivos o armas o quién sabe qué más atente contra la seguridad internacional. Pero pues es lo que sale en la tele, y qué le va uno a hacer.
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jueves 30 de abril de 2009
Peste negra
En algún momento tenía que empezar, de alguna manera tenía empezar, por un hilo suelto, apenas suelto, la madeja ha comenzado a desenredarse y ahora no sabemos qué hacer, nunca hemos sabido en realidad, pero ahora es peor porque no es una cuestión de moral ni de creencias, no se trata de una discusión lejana de intelectuales enfrentados desde trincheras argumentativas, se trata de las calles, de nuestras calles, de nuestros días, de nuestros niños. Ellos hablan muy cómodamente como si contemplaran todo desde la cima de las montañas que los encumbran, pero cómo saber si ellos no son también víctimas de este leviatán que han engendrado, que han creado, que han fortalecido, cómo saber si ellos tampoco pueden dormir, al igual que nosotros, pendientes hasta del más mínimo detalle, del reporte más insignificante.
Quién hubiera podido imaginarse que algún día esto se fuera a desatar así, que fuera a salirse de control, y es que sí, es verdad, nadie se lo hubiera imaginado, pero uno se pregunta a veces que si ellos no están para imaginarse lo que nadie se hubiera imaginado, para prever lo imprevisible, pero resulta que alguien sí se lo había imaginado, sólo que nadie lo había creído, porque una vez que uno dice las cosas es como si se hubiera vacunado contra ellas, y no es verdad, porque muchas veces lo dicen y ahora resulta que el leviatán ha salido del mar y de los espectáculos para instalarse invisible entre nosotros, y eso, precisamente eso es lo terrible, que es invisible, que no sabemos dónde está, que no sabemos cómo protegernos, cómo salvaguardar lo que para nosotros es más valioso que ninguna otra cosa en el mundo, en el mundo. Todo parece tan tranquilo a veces, como si todos quisieran ignorarlo, pero es un engaño, no podemos pensar en otra cosa, en ninguna otra cosa por más que intentemos, la sombra siempre termina imponiéndose sobre lo demás, sobre el resto de los pensamientos, sobre todo lo que hasta ayer era tan normal.
La vecina no me ha saludado como todos los días cuando pasó enfrente de la casa, sólo agitó la mano, sin acercarse, e inclinó la cabeza. Es como si tuviera miedo de algo, pero no quisiera reconocerlo. Como si no reconociera qué es aquello a lo que teme. Quizá en el fondo el temor es a no reconocer.
El silencio allá afuera es inquietante, hasta parece que ni siquiera la lluvia quiere caer sobre nosotros, sobre nuestras casas mudas, sobre nuestras calles cubiertas de pánico y de incertidumbre. Pero el demonio está en todas partes, o más bien puede estar en cualquier parte, acechando, detrás de cualquier cosa, una ráfaga de viento, una gota de agua perdida, un roce accidental. De noche esperamos no solamente las últimas noticias sino también a todos los que tuvieron que salir durante el día porque no tienen más opción que arriesgarse, sí, porque de otra manera qué vamos a comer mañana, es tan terrible si lo piensa uno así que es mejor no pensar, no decir nada, como si con las palabras estuviéramos invocando aquello tan terrible que desconocemos, de lo que sabemos tan poco, realmente tan poco, casi nada, sólo lo que puede llegar a pasar, y aunque desde aquí parece tan lejano, desde aquí también nos parece tan pavoroso, tan pavoroso.
Uno lee estas cosas pero nunca piensa que vayan a ser realidad, un pequeño escalofrío al cerrar el libro, pero nada más, y ahora no es necesario ese golpe de la pasta contra la última página, no es necesario el libro, basta con saber y no saber, escuchar lo que se dice, lo poco que se dice, el deseo de que estos días el teléfono no suene nunca, para nada, que no lleguen cartas, que el timbre de la casa no lo toque nadie, que nadie tenga nada que avisarnos, y de cualquier forma, en algún momento, habrá que salir, sentirse desprotegido, porque aquí dentro hasta cierto punto uno puede controlar la situación, de qué tamaño será todo esto, pero allá afuera, ya nos han advertido, allá afuera, y uno nunca sabe, y de todas formas se está acabando la verdura y la fruta para los niños, que no van a clases pero no por eso, y además también habrá que surtirnos de pollo, de tortillas, de agua, de leche, y allá afuera esa nube, esa nube escalofriantemente invisible, allá afuera, girar la llave como si nada, fingir, quizá si no la invocamos se disipe y termine por desvanecerse, desaparecer así, tan repentinamente como apareció, que ya nunca se hable de ella, no te preocupes, no es el fin del mundo, no es el fin de nada, la llave se atoró, tiene truco, un momento, debo ir hasta el mercado, qué lejano parece ahora, vecina cómo está, qué tiene vecina, por qué esa cara, ay vecina, ni se imagina, hace apenas unos minutos mi hijo empezó a sentirse mal, ya lo revisé, vamos al doctor, tiene treinta y nueve de temperatura.
jueves 23 de abril de 2009
Juan Caja
El siglo XX representó una ruptura significativa con los cánones de épocas anteriores, una revolución de la música en más de un sentido. Por un lado, la Nueva Escuela de Viena (representada principalmente por Arnold Schönberg, Alban Berg y Antón Webern) propuso un sistema compositivo basado en la repetición y alteración de series de doce notas: La dodecafonía. Richard Wagner (compositor del siglo XIX), Richard Strauss y Gustav Mahler entre otros pusieron su atención en el cromatismo, el color de los instrumentos y sus combinaciones, e hicieron nuevas propuestas armónicas. Olivier Messiaen y Edgar Varèse se sintieron atraídos por la música electrónica. Gershwin, Satie, Revueltas, Shostakovich, y el Grupo de los Seis incorporaron lo popular a la música “seria” o de concierto.
Con el paso de los años los instrumentos tradicionales de la orquesta resultaron insuficientes para que varios compositores pudieran materializar lo que escuchaban en su interior, y dos tendencias parecieron florecer: Quienes optaron por extremar las posibilidades sonoras de los instrumentos tradicionales, y quienes prefirieron experimentar con fuentes sonoras que no figuraban usualmente en las partituras hasta entonces escritas. Erik Satie introdujo en alguna obra sonidos de látigos, pistolas, tómbolas y máquinas de escribir, por ejemplo; Krzysztof Penderecki prefirió alterar las afinaciones de los instrumentos, percutir los de cuerda o frotar las percusiones.
John Cage, que por algunos es considerado el heredero de Satie, hizo que el piano sonara distinto, disponiendo en las cuerdas del instrumento (que vibran al percutir las teclas) diferentes objetos que alteraban el sonido que produciría el piano sin dichos objetos. Al piano con estas alteraciones se le conoce como piano preparado. En alguna composición suya, Cage dispuso una instrumentación que incluía vajillas, cubiertos y otros utensilios de cocina, así como objetos de encuadernación y jardinería. Más que una simpática ocurrencia del estadounidense, esta decisión respondió a la situación financiera por la que atravesaba el compositor: Se iniciaba la década de 1930, y Estados Unidos atravesaba por la crisis económica más grave de su historia. Fue este contexto el que, en un momento dado, hizo a Cage recurrir a elementos de la vida cotidiana para hacer música, más que una ocurrencia surgida de la nada. Con todo, en momentos más desahogados de su carrera John Cage habría de seguir recurriendo a fuentes sonoras insospechadas. O a ninguna, como en su obra 4’33”, que es un silencio de la duración indicada en el título de la obra.
jueves 16 de abril de 2009
El río
I. Instrucciones para llegar
Camino abajo, más allá de la última cantina del pueblo, está el río. Los visitantes no reciben más instrucción que “derecho” para llegar a él, desde la plaza pública, y siguen en la ruta indicada. El empedrado recibe cada paso con indiferencia, con la indiferencia propia de la depresión que se encuentra rodeada de verde y de aislamiento, del pequeño paraíso que se hunde entre las montañas y los caminos de tierra, pero que emerge de los corazones de los nativos y de los visitantes cada vez que la música empieza a dispersarse por el aire, a través de megáfonos y amplificadores, confundiéndose con las caricias de las sílfides.
La travesía es pesada, con el sol vigilante, detrás de los viajeros que la noche anterior no hicieron sino bailar y cantar, con la compañía de los espectáculos programados y los espectáculos improvisados. “Sigan derecho”, reciben como respuesta cada vez que se encuentran en una encrucijada y preguntan a quienes se cruzaban en su camino por dónde hay que ir para llegar al río. La humedad parece ser señal de que cada paso los acerca más; pronto sería audible el rumor de las aguas que corren, tranquilas, entre las rocas.
En la última encrucijada, la casa de madera rodeada de palmas. Debajo de las palmas, los niños juegan. Por el camino, un muy discreto camellón de piedras permite imaginar que en algún tiempo esa vía fue abierta por carretas tiradas por caballos o burros. Al asomarse a la casa de madera a través de la verja de bambúes, los visitantes, incrédulos, ven un Jaguar. Y un Sentra.
El río está cerca. Ya puede verse a la derecha, debajo del puente.
II. Las ninfas
Por la espesura del bosque que rodea al río juegan las dríades. Las náyades bajan hasta las aguas del río a bañarse, a tomar el sol sobre las rocas. Los faunos, recostados sobre la hierba, las observan, demasiado perezosos como para levantarse y perseguirlas. Algunos centauros que las acompañan yacen al lado de ellas, como bueyes derrotados por el tiempo.
Una náyade se acerca a la orilla y se sienta sobre una piedra. Se descalza y con la punta de su pie crea ondas en las aguas del río; luego lo levanta, y al hacerlo brincan, como jugando con ella, gotas de agua que alcanzan la orilla opuesta del río, y las piedras, y las almas de los faunos. La náyade se yergue sobre la roca como el primer rayo de sol con que despunta el alba y se sumerge en las aguas poco profundas del río, con su camiseta roja y su pantalón de mezclilla. La náyade emerge de la cárcava que la rodea y arroja con su cabello, de un negro teñido con residuos de sol, gotas en todas direcciones. Y las aguas río arriba, que caían a la cárcava, son turbias; pero las aguas río abajo, después de que en ellas se hubiera bañado la náyade, son diáfanas. La náyade regresa a la roca y se calza de nuevo, para perderse en la espesura del bosque.
En la orilla opuesta del río aparecen dos dríades que no hacen sino recostarse sobre una roca, que tiene el tamaño de un búfalo. Cierran los ojos arrulladas por el río y fueron contempladas por los faunos. Ellas alzaban sus cabezas para verlos, y nunca aparece en su rostro ninguna expresión que delate su sentir. Cuando se hartan de ser contempladas, se carmenan el cabello, recogen sus mochilas y se van por donde vinieron, y podrán ser vistas en la plaza. La tarde cae como un manto rojizo y translúcido.
Antes del ocaso, cuando los viajeros abandonen el río, las sílfides estarán nuevamente con ellos, en esa brisa suave y templada de la tarde que muere.
III. La danza de las arañas sobre la superficie de las aguas
Al pie de las rocas de río viven las arañas y los renacuajos. Protegen a las ninfas y evitan que los visitantes y los faunos entren a las aguas del río. No siempre lo logran, pero cuando alguien ha osado perturbar la paz de las ninfas, ellas ya estarán lejos de cualquier ojo que pretenda seguirlas. Las arañas corren entre las rocas y las hojas secas que caen del soto y sorprenden con sus tibias mordeduras a los visitantes, que les temen por desconocerlas.
En el río, los renacuajos hacen resbalosas las piedras del fondo, para retrasar el avance de los expedicionarios. Cuando éstos han avanzado entre las aguas, las arañas se aglutinan alrededor de ellos, alrededor de cada pierna que atraviesa el río y mueven sus patas amenazadoramente, como para dar la impresión de que tienen mil patas que son como agujas hipodérmicas que expulsan neurotoxinas potentísimas, pero los visitantes las evitan alzando los pies sobre la superficie de las aguas, lo que provoca un pavor inenarrable en las indefensas arañas.
Cuando un viajero o un fauno logra cruzar a la otra orilla del río, en pos de una ninfa, encuentra que ésta se ha convertido en una anciana que lava sus ropas y sus cobijas sobre una piedra, y que sobre ellas vierte detergente en polvo ante la mirada exánime de un hombre de su misma edad. Los viajeros entonces vuelven a su orilla de origen o se van del río, pero en compensación se les permite comprar un algodón de azúcar. Un vendedor se cruzará en su camino apenas hayan recogido sus cosas.
IV. Epílogo
Camino arriba, el regreso es pesado. Los viajeros regresan en silencio. Las sombras de la tarde los acompañan. El camino, por seguridad de las ninfas, es irreconocible, pero una sensación de hartazgo los guía por los rumbos correctos. Reconocen sus huellas, pero no el derredor.
Una vez que han alcanzado el empedrado, han llegado a la cantina del pueblo; dentro, el sonido de una guitarra y una canción de Cuco Sánchez germinan en el fondo de los vasos vacíos. El zombie y el tarzán de bolsillo estarán al pendiente para ofrecer una cerveza a los fatigados visitantes, y recordarán las danzas de la noche anterior, sobre la plaza. Vacía la botella, el zombie regresará a la profundidad de su encierro, y el tarzán de bolsillo, a su selva de asfalto, valiéndose de una liana de humo.
La lluvia empieza a caer. Y la gallina sigue en la copa del árbol.
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jueves 2 de abril de 2009
Entrevista con un mimo: La oquedad deseada
Al concluir su espectáculo en la plaza pública, el mimo se planta, espigado, ante su público, espontáneamente convertido en tal hacía no más de media hora, y del cual acaba de recibir aplausos y carcajadas. El mimo se quita el sombrero antiguo, junta las yemas de los dedos de su mano libre y hace un ademán, llevándoselas repetidamente a la boca abierta, invitando así al público a que le arroje, además de aplausos, monedas. Cuando el público se hubo dispersado, más ligero, el mimo se quita del rostro, antes que el maquillaje, la sonrisa, y empieza a guardar sus objetos personales y de trabajo en su maletín. Es entonces cuando un espectador se acerca a él con una grabadora de mano, en la que queda registrado lo siguiente:
―Disculpe, señor mimo...El mimo voltea, desconcertado, hacia la fuente del sonido. Ve fijamente a su interlocutor, vuelve a sonreír, y en un solo movimiento abre los ojos y levanta las cejas.
―¿Sería usted tan cortés de concedernos una entrevista?
Los ojos del mimo brillan, y mueve convulsamente la cabeza hacia el cenit y hacia el nadir. Pasa a una mano todos los objetos que sostenía en ese momento con ambas, estira la diestra, contrae los dedos meñique, anular y medio, mientras que estira pulgar e índice de manera tal que entra las yemas de uno y otro hay un espacio pequeñísimo. El mimo se aleja unos pasos, guarda apresuradamente sus cosas. No todas caben, y arroja detrás de sus hombros aquéllas para las cuales no hay espacio. Su maletín se vuelve mochila y, como si fuera un abrigo, el mimo se viste con ella, y manipulando hábilmente los tirantes la acomoda en su espalda. El mimo se acerca, sonriente, y le ofrece a su entrevistador algo que puede ser una flor o un lápiz; de cualquier modo, ambas cosas pueden ponerse sobre la coyuntura superior de la oreja y el cráneo. El entrevistador actúa en consecuencia.
―¿Puede usted decirnos cuál es su nombre?
El rostro del mimo, con los ojos muy abiertos, se entristece de improviso. Él baja la cabeza y, mirando al suelo, la mueve lentamente de oriente a poniente, tres veces.
―Bueno... entonces... ¿qué es lo que más le gusta de su trabajo?
El mimo toma su mentón con una mano y mira al cielo. Con esa misma mano hace una pirueta que termina con el dedo índice erguido y los demás contraídos, y el dorso hacia él. El mimo sonríe y sostiene los extremos de su sonrisa con sus dedos índices, al tiempo que parpadea velozmente varias veces. Repite la pirueta con la mano y extiende los dedos índice y medio. El mimo aplaude sin que el choque de sus palmas produzca ningún sonido. Repite la pirueta con la mano y extiende los dedos índice, medio y anular. El mimo voltea hacia ambos lados, cuidando de que nadie lo vea, acerca su rostro a nosotros y con los dedos índice y pulgar de su mano derecha hace la representación de la letra “u”, mientras contrae los demás, y la lleva hacia arriba y hacia abajo, como si pesara lo que una bolsa de doblones de oro.
―¿Cuándo empezó usted a sentirse atraído por el arte de la pantomima?

El mimo coloca frente a su rostro su mano izquierda con la palma hacia arriba, y unos doce centímetros arriba de ésta coloca su mano derecha, con la palma hacia abajo, y procura cuidadosamente reducir el espacio entre ambas hasta alcanzar la oquedad deseada. Acto seguido se lleva un pulgar a la boca, lo succiona, y dirige su mirada hacia las nubes; hecho esto, cierra los ojos con fuerza, abre la boca ligeramente, como haciendo una catenaria invertida, cierra las manos, sube y baja los puños cual si de pistones se tratase, y patalea.
―¿En dónde se ha presentado usted, además de esta ciudad?
El mimo se lleva los dedos índice y medio de su mano derecha a su sien correspondiente y dirige su mirada a la copa de un árbol. Extiende entonces su brazo izquierdo, hace lo mismo con el pulgar de la mano que tiene al final de dicha extremidad, y contra él presiona el índice de su diestra. Tiene ahora la mirada perdida. Repite la operación contra el índice de su mano izquierda, contra el medio, contra el anular y contra el meñique. Se toma entonces la rodilla izquierda con ambas manos, entrelazadas, y deja que su peso lo venza, acercándolo al suelo por la espalda. El mimo alza las cejas y se come los labios; menea la cabeza de un lado a otro.
―¿Qué hace usted en su tiempo libre?
El mimo cruza las piernas, saca un instrumento del bolsillo de su camisa, lo despliega y lo coloca, retenido por sus orejas, sobre su nariz y ante sus ojos. Se descuelga la mochila y extrae de ella un objeto más grande, lo desdobla y lo coloca entre sus manos, que dispone con las palmas hacia sí, inclinadas ligeramente sugiriendo una “V”, y mueve la cabeza de izquierda a derecha, como si siguiera algo con la mirada, varias veces. Del objeto que tiene entre las manos, que por un momento descansa sólo sobre la izquierda, sujeta un pliegue con índice y pulgar de la derecha, y lo lleva al lado izquierdo del objeto. Sus manos regresan a la posición en la que primero las había puesto, y su cabeza repite los movimientos de antes.
―Si no hubiera usted sido mimo, ¿qué otra cosa le habría gustado ser?El mimo se pone de pie presuroso y saca de su mochila una serie de objetos alargados, otros circulares, otros cúbicos, y los monta unos encima de otros, los embona cuidadosamente, extiende uno de ellos y complementa su artefacto con un sencillo sistema de contrapesos. El objeto mide poco más de metro y medio; el mimo pone su cabeza a la altura del objeto. Cierra un ojo. Con la mano izquierda manipula el objeto, acomodándolo a su gusto, y con la derecha, que parece encerrar algo, ligeramente por encima de su cabeza, aunque un poco más al frente, hace un movimiento circular, llevándola hacia adelante, hacia abajo, hacia atrás y de regreso a su posición original, una y otra vez. Se separa bruscamente del objeto, se mece los cabellos, y abre la boca a la manera de un león que se abalanza sobre su presa, moviendo la lengua con violencia. Con ira en el rostro, agita los brazos en todas direcciones; en seguida, extiende las manos a distancias variables con respecto de su tórax, abre los ojos y la boca, gira sutilmente la cabeza hacia el horizonte. Luego, vuelve a manipular el objeto que armó.
―¿Qué tipo de música le gusta escuchar a usted?
El mimo se yergue. Mantiene una mirada serena, y dispone su brazo izquierdo de forma tal que se configuren dos vértices con una inclinación de cuarenta y cinco grados cada uno... más o menos; gira su rostro hacia dicho lado y extiende los dedos de la mano que observa, de modo tal que pareciera que algo se apoya sobre el pulgar y es presionado por los otros cuatro dedos, arácnidamente. Con el brazo derecho forma una letra “L”; mantiene a la altura de su vientre la mano que está en el extremo inferior de la “L”, y con su pulgar y su índice sostiene, sutilmente, algún instrumento, que aprisiona apenas con su palma y el resto de los dedos. Cierra los ojos. Desliza los dedos de su mano izquierda, mientras mueva la derecha nerviosamente hacia arriba y hacia abajo, entre su estómago y su mentón.
―Señor mimo, le agradecemos mucho que nos haya regalado un poco de su tiempo.El mimo sonríe. Se quita el sombrero y hace una reverencia. Estira la mano, que es estrechada por la del entrevistador. Guarda todo en su maletín, sortea con su pierna derecha lo que parece ser un obstáculo de un metro de altura, acomoda su cuerpo ligeramente estirado hacia enfrente, los pies unos centímetros por encima del suelo, estira las manos, empuñando un objeto oblongo con cada una, y comienza a alejarse, moviendo las piernas hacia arriba y hacia abajo, cual si de pistones se tratase.
jueves 26 de marzo de 2009
Cuento de hadas
Cuando llegaba la noche y empezaba a oscurecer, el niño sentía como si se apagara el árbol de Navidad. Contemplando aquel espectáculo triste, aquella visión que le parecía la más triste de todas las visiones, se quedaba dormido sobre la cama, sin siquiera levantar las sábanas. Y todas las mañanas, cuando la luz del sol le cubría el rostro, lo primero que hacía era asomarse a la ventana para reencontrarse con su paisaje colorido; eso le bastaba para querer levantarse y hacer todo el ritual preparatorio para encerrarse durante ocho horas en un cuarto grisáceo con treinta y dos desconocidos que siempre, siempre lo intimidaban. En las paredes de aquel cuarto encontraba, solitarias, flores de papel y cartulina. Se compadecía siempre de quienes las hacían, y nunca supo, ni le interesó saber, quién había sido. “Yo podría hacer unas mejores”, pensaba mientras una persona grande, quizá de la estatura de su hermano, hablaba de la importancia de aprender las sumas y las restas.
Al regresar a casa, por la tarde, iba directamente a paraje que veía desde su ventana. A través de ella, podía ahora ver su cama. Recostado entre los colores, se enfrentaba a los números. Apenas terminaba con eso y con los ejercicios caligráficos, tomaba los colores de madera y las hojas blancas; veía entonces detenidamente una flor, la que le pareciera la más erguida, la más orgullosa, la más sonriente, y la retrataba. Empezaba con el azul, y sin trazar previamente un contorno, rellenaba los pétalos, dejando los correspondientes espacios en blanco por donde habrían de pasar el rojo y el anaranjado, para los pistilos. Concluido el trabajo, tomaba el verde más claro de la paleta y, con el mismo procedimiento, hacía visible el tallo, las hojas. Volteaba a ver a la flor y notaba que a su alrededor otras se habían erguido y, siguiendo el mismo método, las dibujaba.
Un día, él dejó de ser niño; y ese mismo día dejó de dibujar las flores. La razón era sencilla: ahora, al asomarse por la ventana, no veía ninguna. Sobre la tierra café no había un solo asomo de verdor. Tampoco había jugo al lado del desayuno. Si quería encontrar una flor, para dársela a su madre o a su amada, o para adornar el recibidor de su casa, debía adentrarse en el verde, como había hecho ahora. Cada vez el camino era más difícil de recorrer, y era más camino; cada expedición le parecía siempre más pesada que la anterior. Ahora que se encontraba frente al río, lo golpeó el niño en el jardín, y se recostó por un momento. Escuchó el correr del río, y encontró las flores espigadas. No se atrevió a cortarlas.
Recostado, contempló el horizonte y contempló las flores. ¡Cuánto quiso en ese momento tener a la mano hojas blancas y colores de madera! Sonrió, como hacía mucho tiempo no lo hacía, y fue consciente de ello. No se sentía con fuerzas para cortar las flores, así que siguió recostado. Siguió recostado hasta que se apagó el árbol de Navidad. Y se quedó dormido.
De pronto abrió los ojos, entre la oscuridad. Nunca antes había presenciado este fenómeno, ni había leído descripción alguna de él en los estudios de botánica: Las flores, frescas, erguidas, destellaban. El río parecía haberse estancado y dejar de correr, como si él también necesitara descansar. La luz de las flores era cada vez más viva, y se concentraba en los pétalos, como su hubiera ascendido, por el tallo, desde la tierra. En seguida, las flores languidecieron y se opacaron, pero sobre ellas se levantaba la luz. Los cuerpos luminosos, diminutos, se congregaron, y se acercaron a él. Uno de ellos se separó del resto del grupo y le dirigió la palabra al hombre, que no había experimentado hasta ese momento ninguna sensación más allá del desconcierto.
—¿Nos recuerdas? —le preguntó.
El hombre miró fijamente al cuerpo luminoso, en medio del cual pudo distinguir el rostro de una mujer vieja, derrotada cruelmente en su lucha furiosa contra el tiempo.
—Somos quienes, desde las flores que veías por tu ventana, hacíamos de tu niñez un gozo perpetuo.
El hombre, sin apenas reaccionar, preguntó:
—¿Por qué han abandonado mi vida? ¿Por qué ya no encuentro placer alguno sobre la tierra, cuando tanta gente parece ser inmarcesiblemente feliz?
El hada, cuyo rostro rejuvenecó bruscamente ante la mirada impávida de su interlocutor, contestó:
—Cuando, en tu infancia, tú nos dibujabas, nos estabas robando el alma. Ahora nosotras, con el paso de los años, hemos robado lentamente la tuya.
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jueves 19 de marzo de 2009
¿Cuál es ese pueblo...?
y en el mundo más hogar del que creemos.
Norbert Bilbeny
¿Cuál es ese pueblo que acabamos de dejar detrás de nosotros? Ese pueblo que ansía ser visitado, que ansía ofrecer a la humanidad lo poco que puede dar, sus paisajes, su vegetación, su comida. Ese pueblo cuya tierra humedecida por la lluvia enrarece el ambiente, sobre cuyas calles las nubes dejan caer, a veces con delicadeza, a veces con brusquedad, pequeños flechazos de frescura en mayor o menor cantidad, con mayor o menor frecuencia. Ese pueblo que brotó un día en mitad de lo inhóspito y que poco a poco se adueñó de quienes pretendían adueñarse de él, ese pueblo que hizo y amoldó a sus pobladores, que de alguna manera los sembró dentro de sus límites.
¿Cuál es ése pueblo de héroes y monumentos olvidados que esperan revivir con una mirada, con solamente una mirada? Ese pueblo de olvidos y recuerdos, es pueblo de pasados y de futuros, ese pueblo de grandes historias narradas en costosos volúmenes enciclopédicos encuadernados en piel y de pequeñas anécdotas contadas por los ancianos a quienes nadie atiende, ancianos que las vivieron o que las oyeron de otros ancianos, y que, con ellas, desaparecerán pronto. Ese pueblo con una catedral descuidada en uno de cuyos flancos hay un pasadizo que encierra una leyenda, desde cuyas ventanas se dispararon cañones en tiempos de invasiones y ocupaciones, de plazas públicas más antiguas que célebres, en donde el tiempo flota suspendido en la fecha inscrita en una placa de piedra.
¿Cuál es ese pueblo cuyos pobladores abren los brazos a los visitantes? Ese pueblo ansioso de entregarse, ese pueblo que todos los días tiende los manteles para los extranjeros que llegan a conocerlo, ese pueblo que ofrece con una sonrisa la comida que no le sobra, ese pueblo que se sorprende con el hielo, con los espejos, con la radio y con el cine, ese pueblo que se asoma en cada sonrisa de sus niños y sus jóvenes. Ese pueblo cuya música conmueve a las hojas de los árboles que lo circundan. Ese pueblo que se entusiasma cuando parece que no hay nada por qué entusiasmarse.
¿Cuál es ese pueblo cuyos pobladores miran con recelo a los visitantes? Ese pueblo vejado por el paso de pies extraños por sus calles, por sus plazas, por sus mujeres. Ese pueblo de calles oscuras y sinuosas, de paredes resquebrajadas, de lodazales perennes. Ese pueblo explotado hasta el cansancio, ese pueblo que esconde sangre debajo de sus cimientos, ese pueblo al que le es tan familiar la muerte, al que le es tan familiar el abandono, al que le es tan familiar la soledad, al que le es tan familiar el abuso, al que le es tan familiar el engaño, al que le es tan familiar el desamparo. Ese pueblo al que le son tan familiares las promesas. Ese pueblo condenado a vivir en la ruina. Ese pueblo condenado a vivir.
¿Cuál es ese pueblo que cambia de color con las estaciones? Ese pueblo caluroso y frío, húmedo y seco, fértil y estéril, esperanzador y desolador. Ese pueblo rodeado de valles y montañas, ese pueblo atravesado por ríos y lagunas que alguna vez marcaron fronteras, en los que alguna vez, antes de que se la humanidad lo hiciera pueblo, era un verdor exuberante, un cristal diáfano a través del cual podía verse la vida, una magnanimidad en technicolor. Ese pueblo grisáceo hoy, abatido por las nubes, por las plagas, por los desórdenes de la civilización. Ese pueblo ígneo y gélido, en donde una forma de vida se impone a las demás a fuerza de usar la fuerza, de desmembrar el origen, de tratar de eternizar lo es efímero, y de desaparecer lo eterno. Ese pueblo que se derrite.
¿Cuál es ese pueblo que, a nuestro paso, vamos dejando detrás de nosotros? Ese pueblo es el mundo.
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jueves 12 de marzo de 2009
Y de pronto, María Teresa Rodríguez...
Una de las galardonadas la semana pasada con el Premio nacional de artes y ciencias 2008, en la categoría de Bellas artes, fue la pianista María Teresa Rodríguez Rodríguez. Dos semanas después de haber cumplido ochenta y seis años de edad. Ella nació el 18 de febrero de 1923 en una casa de la calle Hidalgo, en el centro de la ciudad de Pachuca, y en alguna entrevista ha referido que su relación con el piano se inició desde muy pequeña, muy probablemente antes de que empezara su relación con las palabras, con el habla. Como ocurrió con Wolfgang Amadeus Mozart. El Steinway de la casa en que vivió sus primeros años le resultó atractivo, y en él descubrió “el mundo de los sonidos”, cómo un azaroso (¿en realidad azaroso?) pulsar de las teclas de una niña de cuatro años provocaba una vibración, una emoción viva, un estremecimiento en el aire. Y no solamente en el aire. Otro sonido, el del llanto, era producido por María Teresa Rodríguez cuando intentaban separarla del instrumento que, paciente, esperaría a ser dominado por ella.María Teresa Rodríguez fue reconocida antes en Varsovia que en la ciudad que la vio nacer, cuando fue nombrada jurado del Concurso de piano Frédéric Chopin que se organiza periódicamente en la capital Polaca. En ese concurso se presentó, como competidor, Enrique Bátiz, actual director de la Orquesta sinfónica del Estado de México, a quien la Rodríguez eliminó en las primeras instancias de la competencia. Dos pianistas mexicanos se encontraron en el mismo concurso de piano, aunque en distintos lados del estrado. El hecho de que la nacionalidad compartida no hubiera influido en las decisiones de María Teresa Rodríguez habla de su profesionalismo, del rigor estrictamente musical con el que valora la ejecución de un intérprete. (Bátiz hace pocos años visitó Pachuca, en donde algunos de sus alumnos dirigieron a la Orquesta sinfónica de la Universidad autónoma del estado de Hidalgo, la cual, según Bátiz, había mejorado, a pesar de que seguía cometiendo “eventuales errores”.)
El profesionalismo de María Teresa Rodríguez, consecuencia lógica de una entrega apasionada a una disciplina artística (que no por ser artística deja de ser disciplina, y lo que ello conlleva), la llevó a cosechar numerosos méritos, en nuestro país y el extranjero. Alumna predilecta de Carlos Chávez, recibió de manos suyas una beca para estudiar en Europa, donde María Teresa Rodríguez hizo difusión de la música mexicana para piano que en la segunda mitad del siglo XX se estaba creando, sobre todo la de Chávez, quien le dijo antes de que partiera a Europa: “Regrese. México la necesita”; luego fue asistente en el Taller de composición que el músico nacido en Popotla llevó en el Conservatorio nacional. A la muerte de Chávez, en 1978, fue ella quien ejecutó su complejísimo Concierto para piano, bajo la dirección de Eduardo Mata, en el concierto que se llevó a cabo ese mismo año en memoria del autor de la célebre Sinfonía “India”. La primera mujer que dirigió el Conservatorio Nacional de Música no fue otra que María Teresa Rodríguez, hace más o menos veinte años (1988-1991), y también fue suyo el mérito de haber grabado la integral para piano de Carlos Chávez, antes que nadie.
El año pasado el Congreso del estado de Hidalgo le concedió, por su trayectoria artística, la medalla Pedro María Anaya. Ese mismo reconocimiento han recibido el dibujante Gabriel Vargas y el periodista Miguel Ángel Granados Chapa. Este año, el Premio nacional de Artes y Ciencias 2008. Sin duda, los reconocimientos, trofeos, medallas y diplomas se ven muy bien en la estantería de su casa, y serán un incomparable tesoro que legará, como ha dicho más de una vez, a su nieta. Sin embargo, es en primer lugar el reconocimiento del público el que hace de un artista un baluarte. Y el trabajo constante, la dedicación plena, el talento cultivado, hacen al artista. María Teresa Rodríguez es una convencida de que el artista trabaja para mejorar, no para perfeccionar lo que hace; de que la perfección, si es que llega, llega después de la muerte. Y al artista se le reconoce, primero, en donde hay espacios para que muestre su arte; luego, ocurre que incluso quienes no conocen lo que ha hecho le admiran, le reconocen, le enaltecen.
Hasta hace más o menos dos años, muy poco, si es que algo, se sabía sobre María Teresa Rodríguez en su tierra natal; al menos, en los espacios públicos. Un buen amigo, Jesús Zárate Veloz, me prestó un ejemplar de la revista Pauta, publicación especializada en música, que edita el Consejo nacional para la cultura y las artes (Conaculta); en sus páginas supe por primera vez de “Matesa” Rodríguez, en un artículo escrito por el pianista Lázaro Azar Boldo, en 2003. Un par de años después, sin buscarlo, salido de la nada, encontré un cedé de María Teresa Rodríguez, en una tienda de discos de la calle Guerrero, en el que interpretaba piezas de Frédéric Chopin (uno de sus compositores predilectos, junto con Bach), y poco después, ocasionalmente, fue posible escuchar en la radio algunas de las piezas del disco; dicho disco tiene hoy su autógrafo (la pianista no sabía que esa grabación había pasado a compacto).Ricardo Garibay, Margarita Michelena, Efrén Rebolledo, Abundio Martínez, Valeriano Trejo, Aniceto Ortega y Nicandro Castillo están, sin duda, entre los más destacados personajes que han hecho significativas aportaciones a la cultura de nuestro país, y de quienes Hidalgo se ufana, con justa razón, de haber sido cuna. Calles, plazas, premios, edificios, instancias llevan sus nombres. El reconocimiento, aunque quizá escaso, existe. ¿Y María Teresa Rodríguez? Que pronto, como un alud, le llegue un reconocimiento más que justificado.
¿Te gusta el látex, cielo? de Nadia Villafuerte
Fondo editorial Tierra Adentro
Con la presencia de la autora
Presentan: Julio Romano y Diego José
Miércoles 18 de marzo de 2009
Galería Leo Acosta, a un costado del teatro Guillermo Romo de Vivar
Arcos de la Plaza Juárez, s/n
18:00 horas
Entrada libre
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jueves 5 de marzo de 2009
Uno...
Uno sale todos los días a la calle, de día, de noche, camina entre la gente, bajo el sol, bajo la luna, bajo las nubes, bajo la lluvia, cruza miradas intencionales o casuales con desconocidos, con desconocidas. Uno observa. Uno es observado.
Uno deja una huella debajo de sus pies después de cada paso, la Tierra ha temblado un poco, imperceptiblemente. Una hoja ha temblado, imperceptiblemente, en la rama de un árbol. Uno se desliza por el mundo, entre la gente, con palabras, con los hombros. Uno se abre paso como puede.
Uno habla y hace señas, uno lee, uno escribe o firma documentos, uno intercambia opiniones sobre el mundo que nos come, sobre el gato que nos observa detrás de una ventana, de las preocupaciones que nos sobrecogen, de lo que hace falta en la alacena.
Uno estudia, uno trabaja, ve a la familia, los amigos, saca dinero de los bolsillos, se lleva algo a cambio. A veces nada.
Uno conoce los encabezados de los periódicos, uno se da cuenta de lo ajeno que le es lo que le ocurrió anoche al vecino, y que hoy está en una primera plana, entre un vaso de café y un desayuno improvisado en una hoja de plátano. Uno ve la sección de anuncios, los espectáculos, los horóscopos, los deportes. Una mirada basta para enterarse de todo lo demás... la suficiencia de los encabezados.
Uno recuerda sin recordarlo lo distante que estaba el gato detrás de aquel vidrio, y detrás de aquel otro vidrio que está frente a uno, qué lejano, qué distante parece el mundo. Qué distantes las guerras y las hambrunas, qué distantes los homicidios y los robos, qué lejanos la caída de la bolsa y el maremoto, el derretimiento de los polos y los que fueron injustamente encarcelados. Ah, qué cercanos los que fueron injustamente liberados.
Uno ríe, uno llora. Uno lamenta, uno celebra. Uno va, uno regresa. Uno abre, uno cierra. Uno encuentra, uno pierde. Uno olvida, uno recuerda. Uno piensa, uno obedece. Uno razona, uno siente. Uno convive, uno se aísla. Uno comparte, uno reflexiona. Uno repulsa, uno se enternece. Uno se moja, uno se seca. Uno baila, uno vaga. Uno oye música, uno contempla el silencio. Uno edifica, uno destruye. Uno concede, uno arrebata.
Uno siente el vacío al final del día, ése que intentó llenar al amanecer. Uno busca olvidar y distraerse, pensar que algo ha sido resuelto, que un paso ha acercado más al horizonte, que no hay un precipicio en el borde del mundo. Uno inventa nuevas formas de vérselas con el resto del planeta, con el resto de la humanidad. Uno practica nuevas combinaciones de los elementos conocidos desde el principio de los tiempos. Uno encuentra el mismo patrón en todas las personas. Uno teme que un día terminará por seguirlo.
Uno no siempre tiene ganas de hacer las cosas. Uno siempre termina haciéndolas.
Uno se decepciona continuamente de este mundo. Uno se ilusiona, con menos frecuencia. Uno está listo para el día que sigue, como siga.
“Uno busca, lleno de esperanzas, el camino que sus sueños prometieron a sus ansias. Sabe que la lucha es cruel y es mucha, pero lucha y se desangra por la fe que lo empecina.”
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jueves 26 de febrero de 2009
Anecdotario
1. Ludwig van Beethoven no fue el único compositor en quedarse sordo. La sordera lo afectó desde sus veintiocho años, pero la pérdida de su capacidad, si bien le resultó angustiosa y lo llevó a preguntarse si valdría la pena seguir viviendo, no le impidió escribir música hasta el fin de su vida. Entre las obras de su última etapa creativa, además de su celebérrima Sinfonía no. 9 en Re menor, op. 125, su Misa solemnis, cuartetos de cuerda que rompían con los esquemas tradicionales del género (incluida su Gran fuga) y sonatas para piano que hacían lo propio entre sus congéneres. El día del estreno de su última sinfonía, que incluía coro y solistas que cantaran
2. Simone de Beauvoir es un estandarte ineludible cuando se habla de la reivindicación de los derechos de la mujer y los temas de equidad de género. Si bien fue pionera en esta causa, también tuvo detractores. Uno de los más férreos fue el escritor polaco Czeslaw Milosz, quien la repudió siempre por su trato hacia Albert Camus, y llegó a escribir que un día estaría condenada a vivir en el reino de los pies de página. A Milosz le parecía extraordinariamente ruin que Beauvoir escribiera una novela destinada exclusivamente a denigrar la figura de Camus, y que hubiera iniciado una campaña en contra de él, a la que se sumó pronto Jean-Paul Sartre. Sartre llegó a decir que las posturas políticas de Camus sólo eran compatibles con la vida en las Islas Galápagos...luego de la cercana relación que mantuviera Albert con Simone y Jean-Paul. No hay que perder de vista, sin embargo, que los tres libros que Milosz publicó en Francia en la década de 1930, cuando estudiaba en París, vieron la luz en parte gracias a la promoción que Camus hizo de Milosz.
3. Una noche el trompetista de jazz Miles Davis entró a un bar cercano a un
a zona militar. Dentro había, mayoritariamente, soldados. Al lado de Davis, en la barra, un soldado empezó a hacer comentarios racistas y menospreciar a la raza negra, con la intención de que Davis lo escuchara; otro soldado trataba de calmarlo. Miles Davis seguía bebiendo, sin hacerle caso, hasta que se puso de pie, dispuesto a irse. El soldado que lo había estado denostando lo miró fijamente... aquel hombre le parecía similar. Su compañero le advirtió: “Es Miles Davis”. El primer soldado, apenado, se acercó al trompetista para pedirle un autógrafo.
4. Para la filmación de La pasión según san Mateo, como después habría de hace en Salò o los ciento veinte días de Sodoma, Pier Paolo Pasolini recurrió a gente que nunca había actuado para que protagonizara su película. Durante la filmación de la escena de Jesucristo en la cruz, el actor improvisado comenzó a convulsionar y a moverse según las indicaciones de Pasolini, de manera que el director se vio satisfecho con el resultado. Pero el actor se sentía realmente mal... sus convulsiones y gritos y súplicas por que lo bajaran no eran fingidas. Todos se habían dado cuenta de ello. Incluso Pasolini.
El cineasta indicó: “¡No se mueva nadie...! sigan filmando”. Hasta que obtuvo la toma deseada. No pocos afirman que Pasolini había envenenado intencionalmente al actor para obtener aquella recreación tan creíble.
5. Carlo Gesualdo, príncipe de Venosa, sospechaba que su esposa le había sido infiel. La mató. Llegó a creer que su hijo realmente no era suyo. Lo montó en un columpio. El columpio se encontraba a más de treinta metros sobre el nivel del suelo del palacio. Debajo del niño, un coro cantaba madrigales que alababan a la muerte, compuestos por el propio Gesualdo. El niño permaneció en el columpio hasta que murió de hambre. Arrepentido, se cuenta, Carlo Gesualdo, para expiar su culpa, taló un bosque completo con solamente un hacha.
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jueves 19 de febrero de 2009
Variaciones sobre un tema prometeico
Prometeo según Woody Allen. Prometeo peleaba en la guerra de Troya, cuando fue capturado y hecho preso político. Cuando el célebre caballo entró a la ciudad, Prometeo aprovechó la confusión y escapó a la supervisión de los guardias, quienes debían simultáneamente cuidarlo a él y proteger el fuego, elemento desconocido para los griegos, cuyas primitivas tablas periódicas sólo contaban tres elementos: Agua, Tierra y Aire. Prometeo escapó y se acercó al fuego. Encendió un cigarrillo mientras contemplaba cómo del hermoso caballo de madera que ingresaba a la ciudad descendían sus aliados los griegos; cuando acabó de fumar, tiró la colilla de su cigarro al suelo, cerca de un abeto. El abeto pronto ardió en llamas, que se extendieron por toda Troya. Aquiles, al ver el tamaño de la catástrofe, fue en busca de Poseidón para que apagara el incendio, pero Poseidón se encontraba de vacaciones en los mares del Sur. Aquiles desistió de buscarlo y se fue con las amazonas, de acuerdo con la versión de Hipólita, confirmada luego por Hércules, que estaba en todo, y que al parecer llevaba una buena relación con Hermes. Entre tanto, Troya ardía. Prometeo montó al enorme caballo, que empezaba también a arder, y llegó así hasta el Olimpo, en donde también desconocían el fuego. Prometeo fue premiado por llevarles el elemento y le fue otorgada una concesión para distribuir paté en Tracia. Todos los días a una hora determinada un buitre habría de dejarle un cargamento de paté en un peñasco del Cáucaso, en donde nadie pudiera verlos ni enterarse de semejante monopolio. El negocio empezó a decaer cuando los rusos comenzaron a explotar el caviar.
El seguidor de Prometeo. Piros conoció la historia de Prometeo y quiso ser su émulo. Intentó incendiar un templo griego, pero fue capturado por las autoridades en medio de un aguacero que le impidió encender los fósforos. Durante el interrogatorio le preguntaron: “Bueno, ¿y por qué quería usted incendiar el templo?”, a lo que el joven Piros respondió: “Para ser famoso y pasar a la historia... como Prometeo”. Piros fue encadenado.
El Prometeo moderno. Cfr. Mary Shelley.Che Prometeo. Horacio Salgán es el autor del tango favorito de Prometeo: A fuego lento.
El Prometeo surrealista. En una entrevista, le preguntan a Prometeo: “Señor Prometeo, si su casa se estuviera incendiando y fuera presa de las llamas
, y usted solamente pudiera sacar una cosa, una sola cosa, ¿qué sacaría?”. A lo que Prometeo contestó: “El fuego”. Años más tarde, Jean Cocteau respondería lo mismo cuando, en una entrevista, le hicieron la misma pregunta.
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jueves 12 de febrero de 2009
Hambre de coherencia
Concluida la película, no me pareció tan deleznable como para no recomendarla. Pero luego descubrí que quien me dijo “No la recomiendo” sí había leído, a diferencia mía, el Ensayo sobre la ceguera. Por supuesto que la película le pareció una caricatura del libro. Generalmente ocurre que los juicios que tiene el espectador sobre una película basada en una obra literaria se orientan más a lo literario que a lo cinematográfico. Es decir, se juzga a la película no como una creación con valor propio, sino a partir de los elementos que el espectador encontró en la obra literaria. Cada lector hace su propia lectura de una obra literaria; su propia versión (para Borges es reescribirla). Pues bien, con el director de cine ocurre lo mismo.
El cine tiene su propio lenguaje, y es a través de éste que un realizador hace su lectura, su interpretación, de un libro, de un cuento, de un poema, de un mito, para hacer su obra. Un director de cine no toma todo lo de un texto: Toma lo que a él le interesa, y difícilmente será lo mismo que le hubo interesado al resto de los lectores de la misma obra literaria. Quizá el error al llevar un libro al cine sea precisamente querer abarcarlo totalmente en dos horas. O tres. O las que se tome Jacques Rivette. Se correría el riesgo de dejar muchos puntos sueltos, o de pasar por alto momentos trascendentales; ya no digamos un conflicto entre los personajes, sino simplemente una mirada. En el caso de Ceguera (“no tan mala” antes que “buena”, diría yo), parece que queda sin resolverse el asunto del tipo con la pierna gangrenada que sabía que la protagonista podía ver, y el de los santos con los ojos vendados. Pero no sé; no he leído a Saramago. El caso es que, cinematográficamente, son dos momentos que quedan flotando en la indefinición, en la irresolución. Y así podrá encontrar usted muchas cosas en cada película basada en un libro que vea. Cada director, además, hará sus propias adaptaciones. No será el libro de un escritor lo que aparezca en la pantalla, sino la película de un cineasta.
Álvaro Enrigue habla de la “literatura límite”, y con su novela Hipotermia quiso escribir una obra que fuera imposible de llevar al cine. No faltará, sin embargo, el director que diga que sí se puede y hasta la filme. Con sus asegunes, claro. Como siempre.
Una película inspirada en la literatura, pues, debe ser juzgada como una obra independiente, original, no en función del texto que le sirvió de base. Algo en un libro le habrá interesado a un director de cine, y su obra cinematográfica girará en torno al problema que el cineasta encontró fascinante en las páginas, que quizá sea muy distinto al problema central que quiso plantear el escritor, y muy distinto al problema que interesó por encima de todos los demás a cada uno de los demás lectores de dicha obra. Tal vez al director le parezca mejor suprimir algunos personajes, inventar otros, fusionarlos o rebautizarlos, dejar que el espectador adivine algunos pasajes que apenas son sugeridos en la película, suprimir otros definitivamente, cambiar algunos escenarios, intercambiar papeles y diálogos, reordenar escenas y sucesos, cambiar finales.
Pero el hambre de coherencia del público será siempre insaciable. Y muchas veces, el arte es ajeno a la coherencia.
El cielo protector, Paul Bowles/Bernardo Bertolucci
Cumbres borrascosas, Emily Brontë/William Wyler
El extranjero, Albert Camus/Luchino Visconti
Alicia en el país de las maravillas, Lewis Carrol/Jean Cocteau
Las aventuras de don Quijote, Miguel de Cervantes/Georg Wilhelm Pabst
Parque Jurásico, Michael Crichton/Steven Spielberg
Blow up, Julio Cortázar/Michelangelo Antonioni
El perseguidor, Julio Cortázar/Osías Wilenski
El inspector general, Nikolái Gogol/Henry Koster (otra versión: Calzonzin inspector, Alfonso Arau)
Los muertos, James Joyce/John Huston (otra versión: Prince Bagdasarian)
El proceso, Franz Kafka/Orson Welles
Zorba, el griego, Nikos Kazantzakis/Mihalis Kakoyannis
La insoportable levedad del ser, Milan Kundera/Philip Kaufman
El callejón de los milagros, Naguib Mahfuz/Jorge Fons
Muerte en Venecia, Thomas Mann/Luchino Visconti
La pasión según san Mateo, san Mateo/Pier Paolo Pasolini
El aburrimiento, Alberto Moravia/Cédric Kahn
Lolita, Vladimir Nabokov/Stanley Kubrik (otra versión: Adrian Levy)
Delta de Venus, Anaïs Nin/Zalman King
Doctor Zhivago, Boris Pasternak/David Lean
Narraciones extraordinarias, Edgar Allan Poe/R. Vadim, L. Malle, F. Fellini
El padrino, Mario Puzzo/Francis Ford Coppola
Pedro Páramo, Juan Rulfo/Carlos Velo (otra versión: José Bolaños)
Hamlet, William Shakespeare/Kenneth Branagh (otra versión: L. Olivier)
Otelo, William Shakespeare/Orson Welles (otra version: K. Branagh)
Ricardo III, William Shakespeare/Laurence Olivier
Romeo y Julieta, William Shakespeare/Franco Zeffirelli
Trono de sangre, William Shakespeare/Akira Kurosawa (otra versión: Macbeth, O. Welles)
Pigmalión, George Bernard Shaw/Anthony Asquith y Leslie Howard (otra versión: Mi bella dama, George Cukor)
La perla, John Steinbeck/Emilio Fernández
Las uvas de la ira, John Steinbeck/John Ford
Drácula, Bram Stocker/Tod Browning (otra versión: Mel Brooks)
Ana Karenina, Lev Tolstoi/Julien Duvivier (otra versión: Bernard Rose)
Guerra y paz, Lev Tolstoi/Sergei Bondarchuk
Pantaleón y las visitadoras, Mario Vargas Llosa/Francisco J. Lombardi
El perro del hortelano, Lope de Vega/Pilar Miró
...más los que usted sugiera.
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jueves 5 de febrero de 2009
Edgar
La muerte del amor, la muerte de la mujer amada, es un tema recurrente, casi obsesivo, en la literatura de Edgar Allan Poe (1809-1849). Tratado de distintas formas, aunque siempre la misma atmósfera, al menos asomada, puede encontrarse en cuentos como Berenice, Ligeia (considerado por Poe como su mejor relato), Morella (considerado por Poe como su mejor relato, antes de que escribiera Ligeia), El retrato oval o La caja oblonga, entre otros, así como en los poemas Ulalume, Anabel Lee y su emblemático y extenso El cuervo, por citar algunos.Lo inexplicable a primera vista, la sensación de que lo sobrenatural se cierne sobre lo cotidiano, la debacle de la razón, son las herramientas de las que se habrá de valer el bostoniano para configurar, sobre todo en sus relatos breves, el ambiente inquietante, espeluznante por lo posible, que habría de hacerlo inconfundible. Tanto en cuentos en los que lo sobrenatural responde a una intoxicación o la duermevela, o en general al estado alterado de conciencia del personaje (estado también descrito, a su manera, cien años después por Jean Cocteau en Opio. Diario de una desintoxicación), como en aquellos en los que las perturbaciones mentales o los fantasmas que a manera de conciencia atormentan a los protagonistas, quienes crean relaciones o fenómenos que no existen fuera de su cabeza, Poe, además de revelar su lucidez y manifestar su dedicación minuciosa en cada aspecto de sus productos literarios, llevó a la hoja en blanco sus mayores inquietudes y temores, que pronto habrían de convertirse en las inquietudes y temores de sus lectores.
Ser enterrado vivo, tener un doble, desplegarse en otras realidades, ser perseguido por visiones recurrentes... la muerte de la mujer amada. Charles Baudelaire en Francia, Fyódor Dostoievsky en Rusia y Charles Dickens en Inglaterra se confesaron asombrados por su genio, por su imaginación, por su manejo exacto e intachable de los recursos literarios. El mismo Dickens exclamó “¡Ese hombre es el mismo Diablo!” al leer cómo Poe había desentrañado el misterio que Dickens había tejido en una de sus novelas, que se publicaba por entregas en Estados Unidos. Julio Cortázar (que quedó fascinado también por la obra ya citada de Jean Cocteau) es su más celebrado traductor al español, y no pocos elementos poeianos aparecen en los cuentos cortos del argentino. Pero Poe tuvo asimismo serios detractores, sobre todo en su tiempo, si bien uno de los más célebres es su compatriota Thomas Stearns Eliot.
Más terrible quizá que el ambiente de sus mejores relatos sobrenaturales, más escalofriante que el desenlace de sus mejores cuentos de terror, pudo haber sido el episodio que habría de iniciar el declive absoluto de Poe, de su vida personal, al tiempo que su obra comenzaba a ser reconocida en su justa dimensión.
Ocurrió una tarde de enero de 1842 que Edgar Poe, su mujer (su amada Virginia) y algunos amigos se habían reunido en la casa de los Poe. Virginia tocaba el arpa para acompañarse mientras cantaba. Cantaba para su Eddie. Abruptamente, Virginia dejó de cantar, interrumpiendo una nota aguda; el arpa también dejó de sonar. Apenas un eco de música producida por las últimas notas pulsadas resonaba en la habitación. De la boca de Virginia ya no brotaba música, sino sangre. La tuberculosis se había manifestado. Virginia moría. Edgar lo sabía. En su cabeza empezó a reverberar un inquietante estribillo. “Nevermore.” Más tarde, empezaría a tomar forma El cuervo. Y los recuerdos de su infancia, que compartió con su prima Virginia Clemm, también comenzaron a asediarlo. “Yo era un niño y ella era una niña.” Anabel Lee.
Virginia murió en 1847. A finales de enero. No fue ninguna sorpresa. Edgar terminó de enloquecer. “Mis enemigos atribuyeron la locura a la bebida, en vez de atribuir la bebida a la locura”, escribió en alguna carta. Eureka vio la luz en seguida, escrita en una sola sesión. Dos años sobrevivió Edgar a la muerte de su mujer amada. El alcohol y el láudano constituyeron su refugio, gestaron sus últimas visiones, rodeado de las cuales murió, brutalmente intoxicado, en un hospital de Baltimore. Con mayor crudeza quizá, Edgar Allan Poe fue víctima de su mejor y más pulido tema.
viernes 30 de enero de 2009
La jornada
6:30 a.m.: El horizonte se tiñe de anaranjado. Pronto será azul.
7:00 a.m.: El agua es decantada mediante un riguroso proceso de filtración, desde las tuberías de la ciudad hacia otras tuberías de la misma ciudad. Al final, está enjabonada y recibirá ciertos tratamientos. Volverá a las tuberías y a ser filtrada. Tal es el ciclo urbano del agua.
8:00 a.m.: Dos huevos adquieren consistencia sólida sobre un charco de aceite formado sobre una superficie metálica, debajo de la cual arde un pequeño infierno. Otro pequeño infierno arde al lado, sobre el cual hay un curioso recipiente que además de metálico es cilíndrico, el cual contiene agua que, por azares del inescrutable destino, terminó allí luego de su travesía a través de los tubos y no, enjabonada, en las ranuras de una coladera.
8:15 a.m.: Los huevos son trasladados a una superficie oblonga de porcelana. El agua, ennegrecida y endulzada, a una superficie cilíndrica y de porcelana. Paulatinamente desaparecen, e inician un viaje a través de sus propias tuberías.
8:35 a.m.: De un tubo flexible emana un efluvio espeso que se posa sobre unas cerdas finas y plásticas. Éstas untan el efluvio a lo largo y ancho de dos hileras de piezas cálcicas, mal amontonadas, una y otra vez. Agua proveniente de otro tubo recorre los caminos que antes hubieron recorrido las cerdas.
8:40 a.m.: Un complejo mecanismo que funciona con recursos naturales no renovables transformados echa a andar una pesada maquinaria metálica, roja en su superficie exterior y gris su superficie interior, soportada por cuatro discos recubiertos de caucho que giran, avanzan, se detienen y retroceden según las exigencias del horizonte inmediato. Otros complejos mecanismos similares al descrito hacen compañía al complejo mecanismo descrito, situados en sus cuatro costados; se relevan regularmente.
9:00 a.m.: Papeleo.
3:00 p.m.: Un segundo nivel de una edificación urbana se vacía son sorprendente presteza. En compensación, otros niveles de otras edificaciones, en donde se distribuyen perecederos pasados por agua o aceite, se ven infestados con entes bípedos y en apariencia inteligentes, pero con serias dificultades para convivir entre sí... pacíficamente.
4:00 p.m.: Dichos niveles se vacían y los que se habían vaciado en primer lugar, son invadidos por los entes antes descritos, cuya capacidad para razonar queda seriamente cuestionada.
6:00 p.m.: La acción tiene lugar en un horizonte espeluznantemente plano, única área interior del cubo que está decentemente iluminada. Un molesto crujir de algún mecanismo modesto parece incesante.
8:00 p.m.: Aparece una serie de puntos luminosos, más próximos entre sí mientras más lejanos del observador.
9:00 p.m.: Contemplación. Caracteres dispuestos coherentemente uno tras otro, y separados convenientemente por espacios en blanco, unos más amplios que otros, son objetivo momentáneo de maquinarias biológicas sensibles a la luz.
10:00 p.m.: El pan, dentro de la bolsa, siente una presión familiar que lo saca de su convivencia con otros panes. Es depositado sobre una superficie de porcelana, al lado de la cual hay un recipiente de porcelana que contiene agua ennegrecida y endulzada. Tanto el agua como el pan iniciarán consabida trayectoria por flexibles tuberías.
10:30 p.m.: Información.
11:00 p.m.: Imposibilidad de proyección de sombras, dado que no hay luz posible que caiga sobre los objetos. Las vibraciones de los choques entre cuerpos se reducen al mínimo, y apenas viajan en el aire. Contra el cristal, se despedazan diminutas flechas líquidas que caen oblicuamente, resbalan, forman charcos... el ciclo natural del agua.
jueves 22 de enero de 2009
El Tannhäuser moderno (O de cómo hollywoodizar una leyenda medieval)
El amor cortés cedió su lugar al amor fugaz, la lealtad al interés, las epopeyas al fanatismo, el cantar de gesta a los quince minutos de fama, las miniaturas al cine vacuo, los cantores errantes a la prensa del corazón. Pero hay quien aún, sin darse cuenta, y quizá seamos todos sin darnos cuenta, vive su épica sin cronista, su leyenda destinada al olvido en una mesa de café.
El desempleo lo había llevado de lugar en lugar en los últimos veinte años de su vida. La exhalación posterior a la firma de un contrato era un alivio, la esperanza de que al fin pudiera encontrar una estabilidad, sin darse cuenta de que su inestabilidad laboral era en realidad una forma de estabilidad, que su peregrinar era una constancia. Siempre era el nuevo de la planta, y cuando venían tiempos difíciles, lo que ocurría con frecuencia, era de los primeros en perder el empleo. Su currículum tenía cada vez más páginas. Las suelas de sus zapatos eran cada vez más delgadas. Hacía bien su trabajo, y con ello demostraba que sus estudios, a pesar de haberse profesionalizado en una universidad pública, habían servido de algo; sin embargo, al momento de hacer cuentas, darle las gracias a él resultaba siempre, siempre, menos costoso.
Cansado de buscar en las páginas de los periódicos siempre la misma respuesta, optó por hacer un disparate a media calle y llamar la atención de la gente. En la plaza pública la gente empezó a ver lo que hacía y decía, y a arrojarle monedas, y algunos billetes. Varios días apareció, siempre con algo nuevo, en la plaza pública, y la prensa local también empezó a notarlo. Y aparecía en los periódicos, y se hablaba de él en la radio, y la televisión se ocupaba de él. No pasó mucho tiempo antes de que la prensa nacional supiera de él, y los reporteros y las cámaras fueron hasta la plaza pública en donde aquél hombre inusual con su espectáculo inusual se presentaba, a una hora determinada. Y los patrocinios y los contratos y las giras y los teatros empezaron a aclamarlo, y las multitudes empezaron a aclamarlo. Y así vivió por varios años. Hasta que un buen día se dio cuenta de que, en realidad, seguía errando, aunque de otra manera. Y aún no había encontrado lo que tanto había estado buscando.
A la mañana siguiente quiso renunciar a todo aquello. Ofreció una conferencia de prensa, al término de la cual sus seguidores, desilusionados, le pidieron que no se fuera, pero su decisión era irrevocable. Su público, sin embargo, siempre estaría dispuesto a recibirlo de nuevo. E inició la búsqueda que había dejado pendiente hacía varios años. Se presentó en la universidad pública de la que se había graduado, de cuyos nuevos estudiantes se había ganado la simpatía, pidiendo una clase de Historia del Arte, y el director académico, apenas lo hubo reconocido, de tanto que había aparecido en los medios, le dijo antes de ver siquiera sus papeles: “Yale le dará a usted un doctorado honoris causa en Arte Contemporáneo antes de que nosotros lo admitamos como profesor”. El errante inició su camino de regreso. Su búsqueda había terminado. Volvió a la plaza pública a presentar un nuevo espectáculo, pero ya no llamaba la atención de los medios, aunque recibía algunas monedas.
Un buen día apareció nuevamente en los periódicos. Se anunciaba que Yale había decidido otorgarle un doctorado honoris causa en Arte Contemporáneo. El director académico de la universidad, que temía su inminente despido, de la que se había graduado pidió a su secretaria que lo localizara inmediatamente. Cuando en su teléfono celular entró la llamada, lo aclamaba el público que abarrotó en Nueva York, sólo para verlo, el nuevo teatro Venusberg.
jueves 15 de enero de 2009
La pirámide
En cierta ocasión me encontraba yo como invitado inesperado en una fiesta a la que me invitó un amigo mío, quien también asistía en calidad de invitado inesperado. Ocurre que era una reunión de viejos compañeros de alguna generación de alguna preparatoria del Tec de Monterrey, que tenía lugar en la casa de una risueña, rubia y rizada joven, en la que varios de los asistentes (invitados previstos) compartieron sus experiencias en Montpellier (donde también hay bares) y Canadá (donde también hay mujeres). Yo me encontré de pronto jugando baraja y descubriendo que con cincuenta y dos cartas podían hacerse muchas cosas más de las que yo sabía que podían hacerse. Una amiga de la anfitriona, más morena y lacia que ella pero igualmente risueña, comenzó entonces a preparar bebedizos a base de tequila, soda, hielos y limón, y a repartirlos entre los asistentes (previstos o no) a la fiesta, en vasos desechables. El detalle de si eran de plástico o unicel no es relevante para los fines de esta columna. Muchos otros tampoco, pero son más pintorescos.
Al cabo de algunos minutos, suficientes para haber incorporado a mi organismo dos de los bebedizos ya descritos y descubrir que tengo más habilidades para el “manotazo” que para la “bolsa tejana”, aparece en la reunión una mujer que, por lo menos, doblaba en edad a la mayoría de los asistentes de la reunión. Se trataba de la madre de la anfitriona. Por mis experiencias anteriores, supuse que había llegado el momento de correr. Pero cuál va siendo mi sorpresa cuando dicha mujer, sonriente, llevaba entre las manos una cajita de cartón repleta de diminutas etiquetas con motivos navideños mientras nos preguntaba cuál nos gustaba más para ponerla en nuestro vaso, de modo tal que no lo confundiéramos, cosa terrible, con el de alguien más. No supe qué decir. Yo no quería etiqueta pintoresca para mi vaso, pero al ver la emoción con que la mujer despegaba las etiquetas y el ansia que la consumía por pegarlas en los vasos, no pude sino elegir una con un caramelo blanco y rojo en forma de estafilococo. Los demás parecían estar acostumbrados.
El ingenioso y agudo comentario de quien escribe esta columna ante tal situación fue el siguiente: “Esto sí es del primer mundo; antes reconocía mi vaso porque era el que no estaba mordido”. Sorprendentemente, nadie rio, y seguimos jugando póquer, apostando garbanzos. Poco después me enteré de que la madre de la anfitriona era estadounidense, cosa que pude haber deducido por el hecho de que preparó chili con carne para la ocasión, y porque la anfitriona parecía la pequeña Heidi pero veinte años después, y el hermano de ésta el gran Rudi Völler pero hace veinte años.
Crónica más breve de otro acontecimiento banal
Siendo yo copiloto de un amigo, en un auto cuyos modelo, marca, color, año y número de placas no recuerdo, nos encontramos de pronto en la esquina de una calle ante una construcción amarilla que tenía forma de estafilococo, de la cual colgaba un panel con tres luces, una verde, una amarillo y una rojo, de las cuales siempre se mantenían apagadas por lo menos dos. Ante nosotros apareció una camioneta, que avanzaba transversalmente con respecto de nosotros, a la que pudimos apreciar de perfil, aunque con cierto grado de inclinación. Tal vehículo llevaba unos curiosos aditamentos: En la parte superior la adornaban unos objetos longitudinales, posiblemente de felpa, que pretendían emular las astas de algún antílope, mientras que enfrente llevaba una especie de parche circular rojo, que pretendía emular, al parecer, una nariz.
Al piloto, que se convirtió en mi interlocutor, le hice uno de mis habituales ingeniosos y agudos comentarios mientras contemplábamos aquel inusual espectáculo:
―¿No sientes un poco como que estás en Nebraska?
Mi interlocutor se convirtió en una carcajada.
La pirámideDe alguna de las materias relacionadas con psicología o administración que llevé tanto en la preparatoria como en la universidad, a las que no presté más atención de la necesaria para obtener una calificación más o menos decente, vagamente recuerdo algo sobre una pirámide de las necesidades de Maslow. Más o menos era una pirámide en dos dimensiones y segmentada horizontalmente en cinco planos, cada uno de los cuales representaba los tipos de necesidades que el ser humano necesitaba satisfacer en su vida; la forma piramidal hacía más sencilla la comprensión de que una vez satisfechas las necesidades de un peldaño, el individuo perseguiría la satisfacción de las del siguiente peldaño, o bien era una forma caprichosa que le gustaba al señor Maslow. Las de la base eran llamadas necesidades básicas (alimento, vestido, refugio...); satisfechas éstas, el individuo se preocupaba por las de seguridad, las sociales y afectivas (sentido de pertenencia, inserción social...) y las de aceptación y autoestima, para finalmente dar paso a la persecución de autorrealización (logros personales, superación, realización...). Más o menos.
La cúspide de la pirámide
Las dos anécdotas banales referidas en esta columna me hicieron pensar en un posible complemento para la pirámide de Maslow. Una vez que el individuo ha satisfecho sus necesidades psicológicas y se siente plenamente realizado, no le queda más en la vida que empezar a hacer pendejadas sutiles. Como etiquetar vasos con motivos navideños o disfrazar a su automóvil de reno. Claro que para ello las expectativas de realización personal deben ser aterradoramente bajas.
Nota: Pendejada sutil: Acción a todas luces estúpida, cuyo ejecutor pretende atribuirle fines estéticos.
jueves 8 de enero de 2009
¿Acaso usted quiere rizos definidos?
1. Los hombres no podemos seguir leyendo en los periódicos columnas para mujeres. Una columna para hombres no habla de teatro ni de música de los sesentas; una columna para hombres no habla de literatura ni de jazz; una columna para hombres no es una bitácora de viajes ni una descripción paisajística. Es más, en una columna para hombres no debería tener lugar la palabra “paisajística”. Una verdadera columna para hombres tiene un vocabulario limitado, y no hay colorcitos ni texturas ni en su nombre ni en su título. Una columna para hombres habla de coches, de cerveza, de motos, de futbol, de toros, de mecánica, de política y de supermodelos. Habla de películas gringas de acción, no de películas francesas. Una columna para hombres tiene pocas letras y muchos dibujitos o fotos. Fotos de mujeres en bikini.
2. Los hombres no podemos seguir comiendo comida para mujeres. Yo le apuesto a usted que la Navidad pasada comió un pavo de ésos... ahumados, con especias y hierbas finas. ¿Acaso usted quiere que la pierna de pavo de su plato huela a albahaca? ¡No! Nosotros necesitamos un pavo crudo, que huela a sangre, que todavía esté haciendo “goro-goro” cuando usted le clave el tenedor. Y nada de andarlo acompañando con vinos rosados o sidra espumosa, en una copa de éstas... frágiles, que parecen molde de cohetes espaciales. Nosotros necesitamos beber una cerveza oscura, bien fría, en un tarro grande y grueso que no se haya lavado en varios días y que no se rompa a la primera cuando usted lo tire al estirar la mano para alcanzar las papas en medio de la mesa. ¡Y nada de andarse metiendo a la boca ensalada de lechuga, tomate y huevo cocido! Usted cómase un cocodrilo o un caballo. Y si se le antoja una fruta, elija una fruta grande y áspera, como un melón o un mamey. Nada de cerecitas. ¿Me entendió? Y ya mejor ni le digo nada de la leche deslactosada o del frapuccino...
3. Los hombres no podemos seguir escuchando música para mujeres. Las mujeres son tan inteligentes que hacen que nosotros escuchemos todo el tiempo la música que a ellas les gusta. Y son tan inteligentes, que ellas nunca escucharían la música que a nosotros nos gusta. Ah, ¿no me cree? Vaya a su colección de discos o revise sus listas de reproducción en eme pe tres, y verá que usted tiene ahí a Luis Miguel, a Enrique Iglesias, a Chayanne, a Madonna, a ABBA, a Vivaldi, el Concierto de Aranjuez y a Ricky Martin. Yo tengo un compañero en la oficina que empieza a bailar apenas escucha Livin’ la vida loca. Nosotros los hombres no queremos música para bailar, necesitamos música que nos acompañe en la cantina cuando jugamos dominó con los amigos, música de mariachis y de banda sinaloense; o para nuestras fiestas, música de drogadictos, como Pink Floyd, Deep Purple o Led Zeppelin... nada de Frank Sinatra ni danzones ni Chopin. ¡Y mucho menos ópera! ¡Que ni se le ocurra escuchar Rigoletto!
4. Los hombres no podemos seguir viviendo en ciudades para mujeres. ¿Se ha dado cuenta usted de que todos los espacios de la ciudad en que vive están hechos para mujeres? Los lugares para estacionarse son tan amplios, que parecen hechos para que las mujeres quepan en ellos con sus camionetotas... y en diagonal. ¿Y qué me dice de los teatros y de los museos o galerías? ¿Hay autos último modelo ahí adentro, o edecanes con ropas entalladas, o los más recientes artefactos tecnológicos? A ver, contésteme. ¿Y qué me dice del cine? Seguramente la última película que usted fue a ver era una con Nicolas Cage o Tom Cruise o Tom Hanks, en la que una pareja se la pasa dos horas yendo a restaurantitos y cerrándose el ojito; y cuando aquélla se va, éste la busca y la sigue en lugar de dejarse consentir por la secretaria, que es más voluptuosa. Los únicos espacios que nos quedan son los estadios de futbol y las arenas de lucha libre... y ahí sólo podemos ir cada semana o cada catorce días. Esto no puede seguir así. Las cosas tienen que cambiar.
5. Los hombres tampoco podemos seguir usando champús para mujeres...
(Ahora puede el lector empezar a leer con su voz normal.)
Los economistas tienen el modelo IS-LM (inversión y ahorro-liquidez monetaria); los administradores tienen el modelo FODA (fortalezas, oportunidades, debilidades, amenazas); los comunicólogos (o quesque) tenemos el modelo AIDA que, a diferencia de los otros dos, tiene nombre bonito. Se utiliza en publicidad y sus siglas son las iniciales de los pasos que han de seguirse cuando un nuevo bien o servicio se ofrece: 1. Llamar la ATENCIÓN del consumidor; 2. Lograr generar un INTERÉS por el producto (o el mensaje); 3. Generar el DESEO de adquirirlo; 4. Llevarlo a la ACCIÓN, a su compra, que es el fin último de las campañas publicitarias.
Los límites de lo absurdo se rebasan continuamente. Cuestionar la sexualidad de quien no usa cierto producto, de quien no bebe cierta cerveza, puede resultar, además de ridículo, efectivo. Al final, es quien compra esos productos para afirmar su propia masculinidad quien termina cuestionándola. “¿Acaso usted quiere rizos definidos?” Y si algún hombre los quisiera, ¿dejaría por ello de ser hombre?
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jueves 18 de diciembre de 2008
La liberación: Un cortometraje
La pantalla en negros. Se escuchan pasos. Comienza a aparecer la imagen: Detalle de unos zapatos negros de hombre que avanzan sobre una acera, sin prisa; la cámara los sigue. Se detienen un instante. La cámara se detiene con ellos. Los zapatos siguen su andar, pero la cámara no se mueve; salen de cuadro y se siguen escuchando los pasos. Travelling hasta lograr full shot del hombre, de espaldas; lleva un gabán; dobla la esquina y desaparece. Nieva. Entra música, que puede ser una pieza para piano de Edvard Grieg.
Corte: Medium shot de la gente que camina por la ciudad, entre ellos una mujer de edad media, una joven, un grupo de amigos en actitud de camaradería, una pareja, un anciano. Durante estas tomas, aparecen los créditos de la película en letras blancas. Primero el título: “La liberación”, y en seguida los responsables. Disolución a negros.
Escena 2 / Día / Otra calle
Corte: Medium close up del rostro de una mujer andando sobre la misma calle, mirando al suelo y abrigándose. Se escuchan sus pasos. Travelling a ella mientras avanza. En un momento dado, ella sigue su andar y la cámara se detiene. En pantalla, una hoja pegada en una vitrina. Acercamiento.
En la hoja de la vitrina se ve la foto de un niño de unos siete u ocho años, acompañada del siguiente texto: “Se busca. Desapareció el pasado mes de octubre en el centro de la ciudad. Se ofrece generosa recompensa a quien lo entregue o proporcione información acerca de su paradero.”.
Se escuchan de nuevo los pasos de la mujer, aunque más espaciados, como acercándose a leer.
Disolución a negros.
Escena 3 / Día / La primera calle
La pantalla en negros. Se escuchan pasos que corren, casi como un chancleteo. Aparece la imagen: Detalle de unos zapatos que corren por la calle. Son de un niño. Travelling hasta que se detienen. Se alzan de puntas. Se escucha el sonido de una hoja de papel que es rota y arrugada. Cae junto a los zapatos del niño una hoja de papel arrugada. Los zapatos vuelven a tener las suelas en la calle y se preparan para emprender la carrera. Corte: Detalle de la mano del niño, que de pronto es aprehendida por la mano de un hombre.
HOMBRE. Ven conmigo. Te he encontrado.
NIÑO. Sí, pero no puedo ir con usted. No puedo ir con nadie.
HOMBRE. ¿Por qué?
NIÑO. Usted me ha encontrado, y tiene el derecho de cobrar la recompensa que ofrecen por mí. Pero no puedo ir con usted. No puedo sencillamente porque el día que se enteren que me han encontrado, dejarán de buscarme.
Corte: Close up en contrapicada al rostro sereno del hombre.
El hombre ve al niño fijamente, luego alza la cara y ve al horizonte.
Corte: Close up en picada al rostro del niño que, serio, ve al hombre. Corte: Detalle a la mano del hombre que toma la mano del niño.
El hombre suelta lentamente la mano del niño.
En la pantalla se ve sólo la mano del hombre.
NIÑO. Gracias. Ahora podrá usted esperar una recompensa mucho mayor.
Se escuchan los pasos del niño, que ha emprendido la carrera. Travelling desde la mano hasta el rostro del hombre, que ve cómo se aleja el niño. Cuando se dejan de escuchar los pasos de la carrera del niño, el hombre da media vuelta y se escuchan sus pasos alejándose. Entra nuevamente la música que se escuchó en la primera escena. Nieva. Disolución a negros. Créditos.
jueves 11 de diciembre de 2008
De cómo es que los tapatíos quieren, en el fondo, ser chilangos
7. Tanto en Guadalajara como en la ciudad de México hay tres equipos de futbol (aunque en la urbe occidental hay en rigor dos, pues uno juega en Zapopan aunque en su nombre lleve el de la capital jalisciense), uno de los cuales es de una universidad. Curioso, además, que el segundo uniforme de las celebérrimas Chivas sea ahora amarillo, o para allá vaya.8. Y finalmente... sin comentarios. Ah... también tienen su Circunvalación... ¡faltaba más!
Pendientes: una plaza del tamaño del Zócalo en la cual un mitin político o un concierto gratuito puedan reunir a un millón de personas, y un segundo piso. Habrá que estar atentos. Y ante esto, la pregunta: ¿Habrá sido ocurrencia de un chilango eso de comer tortas con cuchara?
Todas las fotografías de Julio Romano, excepto la de la playera de las chivas del Guadalajara.
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martes 2 de diciembre de 2008
"Quiero irme con él": El viaje de F. Fellini y G. Masina
Antes de escuchar, muchos años después, la melodía que el loco tocaba en su espectáculo, con un diminuto violín, Zampanò sólo tenía la imagen de Gelsomina dormida, en la nieve, con una trompeta a su lado, muchos años antes; una trompeta que él le había dejado antes de subir a su motocicleta y abandonarla, para poder seguir rompiendo cadenas con la fuerza de su torso, sin tener que llevar, con ella, el eco de que él había matado al loco. Un lamento, “El loco está malo”, había sustituido a una presentación espectacular, “Zampanò ha llegado”. Gelsomina y el loco se habían ido; Zampanò tenía como destino insoportable seguir llegando, siempre. Y el arquitecto de todo eso era Federico Fellini.
Quizá pueda decirse que si la literatura tiene Los miserables de Victor Hugo, el cine tiene La strada de Federico Fellini; aunque sería injusto tanto para la novela como para la película afirmarlo.
Una Anita Ekberg de diez metros, un director de cine que no logra realizar más que en su cabeza la película de sus sueños, una orquesta en la que explota la anarquía, un hombre que no puede salir de una ciudad porque no encuentra un objeto sin importancia, las melodías clownescas de Nino Rota, una pareja de baile que no se deja vencer por el impertinente tiempo, una mujer libre y ajena a las prohibiciones que se mete en la Fuente de Trevi, La ciudad de la mujeres... ése era el mundo de Federico Fellini; fragmentos de su mundo, siempre extremo, irreal, insólito; como una película sin guión, precisamente porque el guión le daría, tarde o temprano, coherencia a la película, cosa que era tan absurda como querer impregnar de coherencia a la vida, ese absurdo entre los absurdos.Y el mundo de Federico Fellini también era Giulietta Masina, su Giulietta de los espíritus, su Gelsomina sin Zampanò que matara al loco, la mujer con quien, le parecía, estaba predestinado a vivir. Tal vez el personaje de Gelsomina estaba ya en la mente de Federico desde la primera vez que vio a Giulietta, actriz en la Compañía del Teatro Cómico Musical que actuaba en la radio guiones escritos por él, quizá el lamento por la muerte del loco habría de ser también el lamento por la muerte de los dos hijos que amaron, uno de los cuales no alcanzó a conocer de este mundo más que el vientre de Giulietta, mientras el otro apenas respiró dos semanas.
“Giulietta era la mujer de mi destino. He llegado a pensar que nuestra relación haya sido pre-existente en realidad al día en que nos encontramos por primera vez, a la época en que se estableció.”
Federico Fellini, un hombre abierto a la vida y, en consecuencia, abierto a los problemas, siempre planteados por la cultura, la literatura y el arte, como él mismo dijo alguna vez. Giulietta Masina, la Piscis sin la cual no se explica nada. Y así partieron, Y la nave va, por un viaje que habrían de terminar casi juntos, pues no tenía sentido seguir si cualquiera de los dos se detenía.
Zampanò no debía llorar nuevamente sobre la arena.Federico Fellini murió el último día de octubre de 1993; hace poco más de quince años. Roma, Italia y el mundo prepararon un homenaje que no llegó a ser ni tan grande ni tan delirante como lo fue la más discreta de las películas de Fellini. Ahora era Giulietta la sobreviviente; cuando ante ella pasó el féretro de Federico para subirlo a la carroza que habría de transportarlo a su natal Rímini, ella dijo la que tal vez sea la más desgarradora frase en la historia del cine, lejos de cualquier cámara, fuera de cualquier guión. “Quiero irme con él”. Giulietta Masina murió cinco meses después, el 23 de marzo de 1994. Otro viaje acababa de emprenderse.
jueves 27 de noviembre de 2008
Ese monstruo que nos come
Podría parecer que el señor Kundera dijo esto la semana pasada; y habría hecho una definición muy precisa, si no de la modernidad, del siglo XXI, sí de uno de sus aspectos. Pero lo dijo en 1984. Y sigue siendo perfectamente válido. La diferencia es que ahora esos jóvenes con sus ruidosos transistores no se aparecen ante nosotros como tales. El hecho de que no oigamos a los transistores no quiere decir que no sean ruidosos. Ellos los oyen, y si oyéramos lo que oyen, al volumen que lo oyen, nos parecerían ruidosos, y no solamente en cuanto a cantidad de decibeles.
Hoy podemos ver, por ejemplo en una unidad de transporte público colectivo, que se suben jóvenes a los que les cuelgan cables de las orejas, que están conectados (los jóvenes y los cables, o los primeros a través de los segundos) a un moderno transistor, pequeño, digital, portátil y aun ergonómico. Y del color que el usuario prefiera.
Tres años después de Kundera, Gilles Lipovestky anunció que la soledad se había convertido en un fenómeno de masas; y esa soledad va acompañada de individualismo, de ruptura de lazos sociales y de disolución de identidades sociales. Tomemos el ejemplo de los transistores. “Divide y vencerás”, en tres palabras, explica Lipovetsky las estrategias del mercado: Fomento a la persona, al individuo, a la alienación, justamente la ruptura de lazos y relaciones sociales, como no sean mediatizadas por la tecnología. Atomización de la sociedad. Y con ella, disolución de la cohesión y el sentido de grupo: El narcisismo como síntoma del mundo moderno.
En alguna ocasión leí por casualidad en una página personal de alguien (de ésas que tan terroríficamente abundan en Internet, otro síntoma no sólo del narcisismo, sino del culto a uno mismo) que ya no se puede hablar de discos favoritos, sino que se ha de hablar de “listas de reproducción favoritas”. Deconstrucción. No muy lejos (de hecho, espantosamente cerca) de la idea de las colecciones personales de Néstor García-Canclini. Uno se manifiesta en las colecciones que forma a partir de los objetos culturales de los que puede disponer. La lista de reproducción, un ejemplo. De alguna manera, uno se encierra en uno mismo cuando, estando en el mundo, se conecta a su ruidoso transistor que solamente oye uno mismo. Antes, en un espacio público como en este caso el autobús, era el conductor el que decía qué música se escucharía, qué estación de radio, o si no se escucharía más que los ruidos de la urbe. Ahora uno puede llevar su espacio personal a cualquier lado. Primero, la tecnología ayudó a crear esos espacios personales (antes era necesario ir a la orquesta o al recital o a las fiestas o a los conciertos, para continuar ejemplificando con el caso de la música); ahora los hace portátiles. Y también suprime al mundo. Recuperemos aquello de las páginas personales, que, de alguna manera, integran comunidades virtuales. En algunos casos, hay una reversión de la lógica: Se crea primero la comunidad virtual, y luego se espera a que lleguen los pobladores. Y como el espacio es virtual (hiperreal), pueden entrar los que sean. Es más, cada poblador puede, dentro de la comunidad virtual, formar su propia comunidad y decidir quiénes entran y quiénes no; y así, puede a la vez formar parte de varias comunidades virtuales: Cada usuario es una.
Lipovestky de nuevo: “Lo que seduce es el hecho de trabar relación sin dejar de ser libre y anónimo, relacionarse rápidamente y sin ceremonias con desconocidos, relacionarse rápidamente y renovar frecuentemente los contactos y comunicarse por tecnología interpuetsa”. En 1987.
El espacio se acaba y no hemos hablado de Jean Baudrillard (1929-2007). Desde el emblemático 1968, Baudrillard anticipaba a Kundera, a Lipovetsky y a García-Canclini: 1. Los objetos, la tecnología, se renuevan frecuentemente, mueren apenas han nacido, y el hecho de adquirir el más reciente gadget nos seduce más allá de cualquier racionalidad, como pasa con cualquier seducción. 2. Los objetos son todos iguales, pero el usuario los puede personalizar; el objeto ya no vale por su función, sino por su significado, el cual le es atribuido por el usuario. 3. “Para volverse objeto de consumo, es preciso que el objeto se vuelva signo”. 4. El signo, el modelo, lo hiperreal, supera a la utilidad, a lo real; creemos más en el mapa que en el terreno. 5. “El coleccionista trata de reconstruir un discurso que sea para él transparente. Esta totalización realizada por los objetos lleva la marca de la soledad”.
La modernidad es predecible, pero no es fácil predecirla. Voltee a su alrededor y compare. La modernidad implica velocidad, cambio, tecnología, vertiginosidad, adaptación. La modernidad es una jaula, la jaula del mundo. Y nosotros los pájaros kafkianos que volamos hacia ella. La modernidad es ese monstruo que nos come día a día, eso que ni usted ni yo podemos evitar.
jueves 20 de noviembre de 2008
Más sobre puentes (O de cómo se disuelve una revolución)
El caso es que hoy los burócratas no deberían trabajar (o mejor dicho, no deberían ir a las oficinas), este diario no debería circular (de hecho ninguno, o casi ninguno, con las excepciones de Reforma, Excélsior y algún otro que se me escape, que circulan en días festivos), los estudiantes no deberían ir a la escuela. Hoy debería ser día de asueto. Pero no es. El lunes fue día de asueto. Ya no es la Revolución Mexicana lo que nos importa; lo que nos importa es el día libre. Semejante idea, de institucionalizar los días festivos para evitar los hasta hace algunos años inevitables “puentes”, no pudo haber sido concebida sino durante el foxismo; y seguramente no pudo haber encontrado continuidad como no fuera en el calderonismo (queda la especulación de lo que hubiera pasado en un tentativo mouriñismo, pero ya nunca lo sabremos; por otro lado, curioso el caso de Juan Camilo: era tan mexicano que pudo haber llegado a ser presidente de la república, pero no podía jugar en las Chivas). Adiós a los puentes vacacionales. Si había algo que faltara institucionalizar, ahora ya no hay nada. O quién sabe... luego se les ocurre cada cosa...
En rigor, lo que se conmemora el 20 de noviembre no es la Revolución Mexicana. Es la respuesta al llamado que hizo Francisco I. Madero a levantarse en armas, en 1910, para quitar a Porfirio Díaz de la silla presidencial, con espátula si fuera necesario. Díaz cayó al año siguiente, pero el movimiento armado se prolongó por más de diez años. ¿Por qué? A Emiliano Zapata se lo quebraron en 1919, y los zapatistas fueron, en su mayoría, incorporados al gobierno de Venustiano Carranza; a Pancho Villa se lo quebraron en 1923 cuando ya había depuesto las armas, y depuso las armas cuando Álvaro Obregón se quebró a don Venus. Los hasta ahora mencionados (don Porfirio exceptuado) son, según el historiador Adolfo Gilly, los cinco grandes caudillos de lo que llamamos Revolución Mexicana. Ésta, según observó Gilly hace casi cuarenta años, no se consumó nunca. Tras Convención de Aguascalientes de 1914, que terminó con el encuentro en Xochimilco de Villa y Zapata el 4 de diciembre, la Revolución estaba en su momento cumbre y pudo consumarse, pero en los siguientes seis años se desvaneció. Cuando Villa se retiró, en 1920, ya no había nada por qué pelear. Zapata estaba muerto, los zapatistas adheridos al gobierno, el Plan de Ayala, bajo el cual se habían unido los ejércitos villista y zapatista, olvidado. El zapatismo y el villismo incorporados al gobierno sirvieron para legitimar, en nombre de una Revolución que nunca se concretó, a los gobiernos sucedáneos, continuadores de Carranza y Obregón. Y sólo tras la muerte de Villa, Estados Unidos reconoció al gobierno de Obregón, a quien se lo quebraron en 1928 cuando había sido elegido para un segundo periodo presidencial, no consecutivo.
“Sólo un gran sobresalto a la nación, una movilización de todas sus fuerzas materiales y espirituales, y no otra cosa fue la revolución mexicana”, concluye Adolfo Gilly. Para revoluciones, la francesa, la rusa o la cubana; ésas sí, con cambio en el sistema de gobierno y toda la cosa. Con todo, llevamos buena parte del siglo pasado, más lo que va de éste, conmemorando la nuestra. Pero el que la conmemoraba puntual, rigurosa y ceremoniosamente era el gobierno que se valió del “gran sobresalto nacional” para legitimarse. Ahora bien podemos ningunearla, tomándonos cualquier día a su memoria. Dice Milan Kundera que una manera de hacer que las cosas desaparezcan es dejar de mencionarlas. Quizá si pasamos por alto el 20 de noviembre termine desapareciendo lo que es, o lo que llegó a ser, para nosotros aquel gran sobresalto nacional.
P.D.: Dicho sea de paso, “Tierra y libertad” no era el lema ni la proclama de Emiliano Zapata, sino que eran palabras de un general que no pudo memorizar “Reforma, Libertad, Justicia y Ley”, o a quien le parecieron demasiado pretenciosas estas palabras, o algo así. Revísese: Adolfo Gilly, La revolución interrumpida, El Caballito (reeditada posteriormente en ERA), México, 1971.
Ciclo: “Por siempre Fellini”
Boccaccio ’70
Dir. Federico Fellini, Luchino Visconti, Vittorio de Sica, Mario Monicelli
Con Sophia Loren, Anita Ekberg, Marisa Solinas, Germano Gilioli y Pepino de Filippo
Martes 25 de noviembre de 2008
Sala Pilar J. Licona Olvera
Edificio Central, UAEH
Abasolo no. 600, col. Centro
17:00 horas. Entrada libre
jueves 13 de noviembre de 2008
Alegoría
El hombre que cree ser el más poderoso en el Reino de Jebe es impenetrable. Él decide acerca de muchas cosas que afectan a los hombres poderosos, al igual que los hombres a su alrededor. Sin embargo, los hombres poderosos constituyen el círculo más lejano de cuantos hay alrededor del hombre que cree ser el más poderoso, a pesar de que éste ocasionalmente camina entre los hombres poderosos, que son reunidos para que aquél pueda caminar entre ellos.
Los hombres que creen ser poderosos han decidido los destinos del Reino de Jebe, desde que el Reino de Jebe fue erigido. Los círculos que se formaban alrededor de ellos eran cada vez más, y cada nuevo círculo era cada vez más grande; eran casi como sistemas gravitacionales. Y mientras más lejos se encontraba un hombre de los hombres que creían ser poderosos, más poderoso era aquel hombre, y con más hombres poderosos compartía el más amplio de los círculos. Llegó un momento en que los hombres poderosos perdieron a tal grado conciencia de su poder, que los hombres que creían ser poderosos los convencieron de que podían delegar en ellos su poder, y mediante esa delegación, decidir los destinos del Reino de Jebe. Los hombres que creían ser poderosos tenían al Reino de Jebe en sus manos, y los hombres poderosos llegaron a creer que aquéllos eran realmente poderosos.
Un buen día, cuando se dieron cuenta de lo desolador del panorama que se presentaba ante ellos, los hombres poderosos decidieron emigrar del Reino de Jebe. Una mañana, temprano, dejaron de trabajar y empacaron sus cosas; dejaron de trabajar y hablaron con sus familias; dejaron de trabajar e iniciaron una caravana. La fila era terriblemente larga. Cuando los últimos hombres poderosos cruzaban las fronteras del Reino de Jebe, los hombres que creían ser poderosos abrían los ojos. Se asomaron por las ventanas de sus casas y se encontraron con una quietud inusitada. No tardaron mucho tiempo en darse cuenta de que no eran realmente poderosos. Cuando los hombres poderosos dejaron el Reino de Jebe, el poder se había ido de él. No había nadie que pudiera llamarse poderoso.
A pocas millas de ahí, los hombres poderosos del Reino de Jebe fundaron el Nuevo Reino de Jebe. Y ahí empezaron a trabajar la tierra, a formar colonias, a instalar negocios. El Nuevo Reino de Jebe fue muy próspero durante algún tiempo. Con el paso de los años, el reino creció; había más gente y era más difícil trasladarse de un lugar a otro. Un día, uno de los hombres poderosos del Nuevo Reino de Jebe empezó a hablarles a los demás hombres poderosos acerca de lo compleja que se estaba volviendo la vida en el lugar. Convenció a muchos de que era un hombre sabio. Convenció a muchos de que era necesario que una persona llevara los destinos del Nuevo Reino de Jebe. Convenció a muchos de que él debía ser esa persona.
Fue así que surgió el primero de los hombres que se creían poderosos en el Nuevo Reino de Jebe.
La strada, dir. Federico Fellini
Con Giulietta Masina, Anthony Quinn y Richard Basehart
Música de Nino Rota
Sala J. Pilar Licona, UAEH
Abasolo no. 600, col. Centro
Martes 18 de noviembre
17:00 horas. Entrada libre
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jueves 6 de noviembre de 2008
La ciudad de los puentes
Para no experimentar esa sensación, camino unos metros, atravieso el puente peatonal que aún sobrevive, y tomo el autobús. Ese recorrido suplementario implica para mí levantarme diez minutos más temprano, lo cual no me parece muy simpático.
Antes de llegar a mi destino, hay otro puente. Vehicular. Entre éste y el de mi casa hay uno más. Y se está construyendo otro todavía. Si no es que dos. Estas dos construcciones (aún no sé si una de ellas es un puente) hacen lento el tráfico, debido a que hay menos carriles útiles que cuando no se construyen puentes. Ya casi no recuerdo cómo era aquello. El breve embotellamiento que ocasionan las construcciones implica que debo levantarme veinte minutos más temprano. Lo cual no me parece muy simpático. En suma, ahora debo levantarme media hora antes que de costumbre, gracias a los puentes.
He descubierto, sin embargo, una ruta alternativa que me evita tan innecesario madrugar. Pero ello implica transbordar: Tomo el autobús que pasa afuera de mi casa y llega al centro de la ciudad; de ahí, tomo otro que me lleve a mi destino. No tengo necesidad de levantarme media hora más temprano que de costumbre, pero mis gastos en transporte diario se duplican. Una cosa por otra. Estoy comprando tiempo. Quién lo diría...
En mi nuevo recorrido, no veo más que puentes peatonales. No muchos. Quizá algún día cedan su lugar a puentes vehiculares. Sin embargo, en cierto punto, si volteo a la izquierda, a la distancia se alcanzan a ver puentes vehiculares. Sólo que éstos los construyeron hacia abajo. ¿Cómo está eso? Hicieron pasajes debajo las calles que parecen túneles, por los cuales pasan vehículos. Por las calles, encima de los túneles, también. Eso convierte a las calles, de alguna manera, en puentes.
Mi vecina, que vive en el municipio de junto, también se ve afectada por el puente que está enfrente de mi casa. Va de su casa a la mía. El puente. La diferencia es que ella tiene auto. Y ahora, cada vez que llega a su casa, tiene que pasar por encima del puente; y cada vez que sale de su casa, tiene que pasar por debajo del puente. Cuantas veces tenga que salir de casa, tantas más tendrá que pasar por debajo del puente; y cuantas veces tenga que llegar a casa, tantas más tendrá que pasar por encima del puente.
Parece que la infraestructura urbana le está quedando chica a la ciudad. Las calles son demasiado angostas como para que en ellas quepan todos los vehículos que día a día han de circular por ellas. La ciudad, en principio, no fue hecha para los automóviles. Pues sí. Es lógico. Ninguna ciudad se construye para el futuro, Verne y Asimov me perdonen. Los automóviles deben cubrir una ruta para ir de un lugar a otro todos los días. Y las calles no son suficientes ya. Entonces se erigen puentes vehiculares.
He aquí una posible explicación. Otra, es que hay una epidemia que lleva a los gobiernos a erigir puentes así nomás. El gobierno de una ciudad mucho más grande que la ciudad en la que yo vivo, pero vecina, a la que se puede llegar en cosa de hora y media en autobús viajando hacia el Sur, fue duramente criticado en algún momento por erigir un puentezote vehicular que recibió el nombre de “segundo piso”. En la ciudad en que vivo les gustó la idea, al parecer, y están construyendo segundos pisitos por todos lados. Pero no los anuncian como tales, sino como distribuidores viales. Tal vez sí sean necesarios, después de todo. La ciudad, por cierto, está creciendo hacia el Sur.
También fue necesario, al parecer, en cierto punto, ensanchar las calles a costa de recortar las banquetas, a fin de favorecer la fluidez del tránsito vehicular. Hay más espacio por dónde manejar, es cierto; pero, consecuentemente, hay menos espacio por dónde caminar. Los espacios para los viandantes, aunque menos espectaculares que los espacios para los automóviles, también son necesarios. En la ciudad de los puentes, ¿quiere alguien pensar en los peatones?
jueves 30 de octubre de 2008
Una voz de ese domingo
Una voz de ese domingo nos despertó temprano, afuera ya había claridad y las calles, despobladas aún, pero aún con los ecos de miles y miles y miles de pasos que la noche anterior las habían pavimentado con sonidos secos, esperaban nuevamente esos pasos y esos ecos con los brazos abiertos.
La voz de ese domingo escuchó entre sueños que había que apartar lugar, pero sólo por un instante, porque nos darían contraseña para luego volver y entrar, y no tendríamos que estar doce horas esperando bajo el Sol. Con apenas nada en el estómago y los ojos protestando porque los hicimos abrirse antes de que ellos lo consideraran prudente, nos encaminamos hacia la Alhóndiga, en donde pasaríamos las últimas horas del día. Ya había gente formada; no mucha, pero ya había, quizá los más fieles y asiduos seguidores de Café Tacuba que habrían pasado, posiblemente, no era para asombrarse, acampando toda la noche.
Encontramos nuestro lugar al lado de una camioneta roja que se había estacionado enfrente de una miscelánea. Ahí nos establecimos a la espera de que repartieran las contraseñas, para lo cual no habría que esperar mucho, según los planes. La voz de ese domingo sintió curiosidad porque no había escuchado de fuente oficial eso de los pases a los que se formaran así que fue a ver al frente de la fila si alguna autoridad podría informarle acertadamente. Anduvimos hacia el inicio de la fila, doblamos la esquina y encontramos las entradas. Dos oficiales de policía resguardando el orden era lo único que encontramos. Los inquirimos. No habría pases, ni boletos ni sellos ni pulseritas, pero empezarían a dejar pasar a la gente a las tres o cuatro de la tarde. Bueno, una espera de seis o siete horas, y habría que hacernos a la idea.
De regreso a nuestro sitio junto a la camioneta explicamos la situación al guardián del lugar en turno. Él y yo iríamos a ducharnos, desayunar y recoger el equipaje en tanto que la voz de ese domingo apartaría el lugar en la fila. El segundo recorrido de la jornada y en las calles cada vez había más personas, más lugares abiertos, más puestos de tamales, tortas, quesadillas y guacamayas. Una sopa y un poco de fruta no estaba mal mientras conversábamos con Magdalena, nacida en Hamburgo y que había estudiado español en Guanajuato, y ahora descubría que ser niñera no es lo mismo en Europa que en México.
Tercera travesía de la jornada con las maletas a cuestas, cada
Un recorrido más en la jornada cuando llegó el comando con equipaje, sueño y alimentos. La voz de ese domingo ahora debía acompañarme por las charamuscas de momia que me había encargado Rosalía, dos cuadras y de regreso, a tiempo, las tres de la tarde y en cualquier momento la fila empezaría a avanzar y nosotros podríamos, entre los primeros, pasar.
Oh sorpresa la que nos esperaría tras un recorrido de inspección al inicio de la fila:
La fila no avanzaba pero el tiempo y la noche sí, mientras las puertas de la Alhóndiga seguían, en apariencia, cerradas; de pronto se ponían todos de pie, daban tres pasos, y nuevamente la inmovilidad. Nosotros con el comando de enfrente y el comando de atrás ya nos habíamos organizado para planear un segundo incendio del recinto. La fila avanzaba, lenta, hasta que llegamos, poco después de las siete de la tarde, a la esquina en donde un oficial nos informaba: “Ya no se puede pasar”. Ira colectiva.
La voz de ese domingo insistía y empujaba a los oficiales sin que se dieran ellos cuenta, daba pequeños pasos, ella se quejaba y reclamaba, ellos se tallaban la cara, ella les decía lo que debieron haber hecho, ellos que mil elementos no podían con diez mil personas, que por favor diéramos la vuelta por aquel callejón y escucháramos el concierto desde aquella terraza. A regañadientes accedimos, nos dimos la vuelta y nos instalamos. El concierto empezó y el alarido de la multitud electrizó a los que estaban a fuera. “¡Sí se puede, sí se puede!” se escuchaba desde la terraza, la otra multitud tratando de vencer al cerco policiaco hasta que el grito colectivo fue reemplazado por “¡Sí se pudo, sí se pudo!”, y el río de gente desbordó la calle.
Emprendimos la retirada, un poco salpicados de pánico. Esa noche sería mejor tomarnos una limonada y una malteada, y caminar cuesta abajo por la calle de la Alhóndiga adonde no pudimos entrar, bailando, de cualquier modo, al son del tema de Zorba, el griego de Mikis Theodorakis.
jueves 23 de octubre de 2008
Estrategias para escribir en verso y dárselas de poeta
Preséntese como poeta. Siéntese a escribir en un café y empiece a creer que todos lo observan. Añada a su currículum las profesiones de traductor, editor, periodista, crítico, corrector de estilo y otras parecidas. Con ello no importará que tenga usted faltas de ortografía, y mucho menos que no sepa distinguir un adjetivo de un adverbio. Es fundamental que usted crea que es poeta; de otro modo, será difícil que los demás lo hagan. Pose para usted mismo, y pronto, sin darse cuenta, estará posando para los demás. Si se da el caso de que nadie quiera publicarlo ni a usted ni a sus amigos, abra su propia editorial, pos’ qué.
Llegados a este punto, deberá usted elegir qué tipo de poeta será:
1. Romántico. Importa el metro, importa la rima. Importa el tema, importa la mínima referencia a un pasado lejano que no se conoce más que por las crónicas homéricas y las leyendas becquerianas. Importa el rigor en los octosílabos o en los endecasílabos. Importa la palabra dominguera y que nadie sepa que usted leyó a Manuel Acuña. Importa conocer el ABBA y el ABAB y el ABCABC y el AABBCC y todas las combinaciones que pueda sugerirle un soneto. Importa la casida. Importa el romance. “Importa que el otoño se injerte en los otoños.”
Sugiere la noche tibia
una fría madrugada,
el albor de tus caricias,
y la ventana escarchada.
Sugiere la ciudad plena
el despertar de tus ojos,
un sol duplicado. Ajena,
¡cede... y abre tus cerrojos!
Encasillada en silencio
me contemplas sin mirar,
Oh, ¿será ése acaso el precio
que por ti debo pagar?
2. Modernista. Experimente. Déjese la barba si es hombre; si es mujer, deje de maquillarse. Atrévase a escribir en verso libre; después, en verso blanco. Procure usar figuras y acérquese incluso al simbolismo; cree sus propios códigos. El futuro es usted. Sea exótico; si puede, escriba haikús... en el fondo son como adivinanzas.
Entras al Cosmos y te escondes de ti misma,
sobre la superficie se proyecta la luz,
las convulsiones atacan tus sentidos,
y lloras, ¿o es qué realmente lloras tú?
¿Qué corazón llora detrás de tus lágrimas,
qué sufrir ajeno resbala hasta tus labios?
¿Qué script prefabricado te hace creer
que él no volverá, que ha sido el viento
el que se lo ha llevado todo?
Sólo el viento
y nada más.
La cigarra
Canta en la noche
con esa suficiencia
que da la hierba.
3. Beat. Siéntase usted una estrella de rock frustrada. Sus versos, o letras, son demasiado para Jim Morrison, Jimmy Page, George Waters, Ozzy Osborne y Paul McCartney. En cambio, usted puede ser comprendido por Kerouac, Ginsberg, Burroughs (William, no Edgar Rice), Bukowski y José Agustín. Vista de negro, a la manera de los emos. Pero también vista de negro por dentro. Despreocúpese por ritmo, rima y metro: Usted no puede ser encajonado.
Fue debajo de una coladera que ahueca la calle Rivera
que la encontré, en las antesalas de la vida,
como recién parida por una hormiga cuyo vientre profuso
descargó con ella el dolor y la pena de una madre ajena,
tan diferente de sus hijos como la noche de los hombres,
y es que hay hombres hijos de la noche,
cobijados por el manto del oprobio,
condenados a deambular en zigzag en zigzag en zigzag
cubiertos apenas por el calor del whiskey y un abrigo desgarrado
para un alma desgarrada y un cuerpo desgarrado,
entre túneles y pasos peatonales, amarillo pálido,
qué semejanza de matices entre los rostros de la calle,
de la luna, de nosotros, y de la esperanza,
que aguardará siempre en lo más profundo de las coladeras y los baches.
4. Poeta maldito. Profese efusiva y vehemente admiración por los versos de Baudelaire. Procure que Mallarmé le parezca demasiado pretencioso, y Verlaine, frío, sobre todo porque Moustaki recurrió a él (en Maupassant ni repare... ese prosista). Beba a la manera de Pushkin y Poe, y hasta hágase de sus dosis de ajenjo a la manera de los pintores impresionistas; si es demasiado para usted, basta con que diga que lo hace.
Ayer fue la muerte la que llamó a mi puerta,
vestida de noche, engalanada de estrellas.
Ayer fue el demonio el que no llamó a mi puerta,
pues esperaba a mi alma, tranquilo, allá afuera.
Mi corazón moribundo, desnudo, humano,
sirvió de plato frío al ser más despiadado,
y entonces, como un dios que ha sido transformado,
pudo por fin verse en espejo reflejado.
5. Dadaísta. Escriba. No piense: Escriba. Y no pare.
Cuenta la luna cuenta la manzana
que no hay palabra que no haya sido robada
a un ser inferior
tan inferior tal vez como una hormiga
preñada de esperanza
o una cigarra que vuela envuelta en un tornado
o una lágrima
y que cada palabra es como un copo de nieve más
en el alféizar de una ventana escarchada
cada palabra una ciudad que espera
o una espera en una ciudad
con callejuelas muertas y con espíritus estatuas
que la guardan y protegen
de invasores zigzagueantes que en el fondo muy en el fondo
no son más que bebedores de agua de jamaica
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jueves 16 de octubre de 2008
El sustito
Si usted arroja un objeto al aire y le pregunta a un físico qué ocurre, éste le dirá que una fuerza impulsó al objeto hacia arriba y una fuerza más grande lo atraerá hacia abajo y terminará en el suelo, y ambos fenómenos ocurrirán a distintas velocidades dependiendo de la fuerza del primer impulso, el peso del objeto, la gravedad, la densidad del aire y la fricción, entre otros factores; si usted le pregunta a otro físico, le dirá lo mismo.
Si la economía es o no una ciencia no es asunto que se tratará aquí. El comportamiento de los agentes que intervienen en sus ecuaciones es impredecible; no así en la química, por ejemplo. En la química, quienes actúan son entes moleculares cuyas relaciones están determinadas por sus propiedades físicas. En la economía, quienes actúan son entes con capacidad de abstracción cuyas relaciones están determinadas por sus intereses, afectos, gustos, pánicos e instintos; es decir, son personas. Y las personas, ya se habrá dado usted cuenta, son impredecibles, egoístas, mienten y no tienen palabra. En resumen, no son dignas de confianza. Estudie eso científicamente. Ande. Deduzca leyes.
Los factores económicos los determinan seres humanos. La economía es una actividad humana. Sin seres humanos no hay economía, pero sin seres humanos sí hay reacciones químicas. Y la economía se explica con ecuaciones. Ya se imaginará usted lo que resulta de eso.
El Producto Interno Bruto es una suma: El resultado de una operación matemática: Bienes y servicios multiplicados por precios. Pero no es tan sencillo. El PIB de un país es su ingreso; como su salario, lo que gana. Y para ganar hay que producir. La producción, medida en unidades monetarias, no me pregunte por qué, es la suma del consumo, la inversión, el gasto público y las exportaciones, menos los impuestos y las importaciones. Cuando hay una crisis, o una recesión, hay una disminución en la producción, en el PIB; la economía deja de crecer y eso es malo, porque la economía debe crecer hasta el infinito y más allá (no me pregunte por qué). ¿Y qué hay que hacer para que aumente el producto? Hacer que se reduzcan los factores que implican restas en la ecuación y hacer que se incrementen los que implican sumas. Entre éstos contamos el consumo, el gasto del gobierno y la inversión. Entonces, cuando estamos en una crisis (o recesión, o desaceleración, o depresión o...), debemos consumir más y el gobierno debe gastar más. ¿Por qué? Porque aumenta la demanda, aumenta la producción y disminuyen los precios. ¡Tarán! Problema resuelto.
Bueno... casi. Ahora, ¿cómo hacer que la gente consuma más? Afirman algunos macroeconomistas que la única razón para tener dinero es que es más fácil hacer transacciones directas con efectivo, y que la única razón para tener dinero en el banco es que rinde intereses. Entonces, habrá que bajar los tipos de interés para que la gente saque su dinero de los bancos y lo gaste, pues ¿para qué otra cosa lo quiere fuera de los bancos? Así de sencillo.
Preguntémonos ahora: ¿Cuánta cree usted que sea en México la gente que mantenga en sus cuentas bancarias el dinero que no ocupa en la quincena? ¡Éjele! ¿Y ahora qué hacemos? Es lo de menos. Usted no se preocupe. A largo plazo, la marea vuelve a su nivel normal. Aumenta el consumo, aumenta la demanda, aumenta la oferta, suben los precios, aumenta la producción, hay más empleo, suben los salarios, bajan los precios (relativos), el PIB es mayor, la tasa de desempleo vuelve a su nivel natural (¡¿?!), la inflación se estabiliza... Ahora que si la teoría no se ajusta a la realidad, tantito peor para la realidad. Ya lo dijo Hegel.
Pero usted no se preocupe. Es nomás un sustito. Consuma, y verá cómo se le pasa el supiritaco. El capitalismo no va a desmoronarse, como dijo Marx hace ciento cincuenta años que iba a desmoronarse. Lo que no lo mata, Nietzsche dixit, lo fortalece. Ora que si el cantarito sigue yendo al agua tan salvajemente... quién sabe.
Y los únicos a los que no les espanta el sustito, los únicos a los que no les afecta mayormente si las bolsas se desploman o si hay desempleo o si no alcanza el salario para comprar los productos de la canasta básica o si se deprecia la moneda, no son los magnates e inversionistas mundiales ni las grandísimas compañías monopólicas. No. A ellos sí le espanta, porque usted les deja de comprar. Quienes no se espantan son quienes viven alejados de todo ese sistema, en las más recónditas regiones de África, Oceanía, América Latina, y viven (casi) directamente de la naturaleza, cazando, sembrando, recolectando y haciendo música y rituales alrededor de una pira, libres de neurosis. ¿Cuándo fue la última vez que usted hizo una fogata? ¿Quién aquí está mal?
viernes 10 de octubre de 2008
Un año sin Ruidos
Rafael Tiburcio García, en su artículo “La medusa chupando solapada” aparecido en la revista La palanca en diciembre de 2007, hace una revisión de las publicaciones culturales del estado; hoy, con la desaparición de Ruidos, puede hablarse de que hay dos: el perro, nacida en el mismo 2007, y Los hijos del alebrije, en 2008. Acerca de Utópica (antes Utopía)... no nos engañemos.
Aunque en apariencia son distintas, hay algo en común entre Ruidos, Los hijos del alebrije y el perro: Cada número gira en torno a un tema, al que habrán de sujetarse, con mayor o menor rigor, los contenidos. En cuanto a los contenidos... el perro es muy rigurosa, aunque de pronto podría parecer que no tanto, y los textos, como apunta Tiburcio García, son exclusivamente literarios: poemas, cuentos breves, de pronto algún ensayo, alguna obra de teatro y algún experimento literario; Los hijos del alebrije está empezando, no es exclusivamente literaria y tiene espacios para el arte gráfico, el análisis y la opinión, aunque la manufactura de los textos debe mejorar si hablamos de una publicación cultural (a pesar de su buen trabajo en la estética visual), y el corrector de estilo no ayuda mucho... antes bien, al contrario; Ruidos, de contenido similar a la anterior, luego de tres años logró un poco más de rigor, aunque luego patinaban feo algunas colaboraciones, pero de cualquier modo podían encontrarse textos e imágenes harto rescatables, surgidos de las plumas (o PCs) de colaboradores harto rescatables.
Loable en Ruidos es haber logrado mantener una publicación cultural a lo largo de tres años, dando oportunidad a quienes ven cerrados otros espacios... a veces simplemente porque no van a tocar las puertas. Loable también demostrar que una publicación CULTURAL e INDEPENDIENTE puede mantenerse por tres años. Ojalá hubieran sido más, como ojalá sean cada vez más los interesados en apoyar estos proyectos.
“El Che cabalga”
El número 37 de Ruidos, correspondiente a octubre de 2007, habría de estar dedicado a Ernesto “Che” Guevara de la Serna, a cuarenta años de su muerte, ocurrida el 9 de octubre de 1967. Me permito aquí reproducir el texto que tejí para la ocasión:
“Apenas corrió la noticia de que el Che había muerto, una serie de homenajes y reconocimientos le fueron rendidos alrededor del mundo. Acaso el primero de ellos haya provenido del gobierno de Bolivia, entonces bajo la dictadura del general René Barrientos, que declaró en un comunicado que Guevara había muerto en combate, ‘como un héroe, defendiendo y peleando por sus ideales’. En tanto, en un poema de Nicolás Guillén podía leerse: ‘Soldadito boliviano, / armado vas con tu rifle, / que es un rifle americano / [...] / Te lo dio el señor Barrientos, / soldadito boliviano, / regalo de míster Johnson, / para matar a tu hermano’.
“Surgió también una polémica en torno al Diario del Che en Bolivia; el gobierno del país sudamericano reclamaba tener la única copia (es decir, el original) del documento mientras en Cuba se había publicado una edición del texto, que el gobierno de Bolivia no tardó en calificar de apócrifa. Efectivamente, el Diario del Che estaba en manos del gobierno de Bolivia, pero había sido fotocopiado y transcrito con ayuda de Aleida March tras la muerte del guerrillero, y en esa copia se había basado la edición cubana, que reproducía fielmente las palabras de Guevara.
“Tras su fusilamiento en la escuela primaria de la comunidad de Las Higueras, entre las pertenencias del Che se encontró, además de su Diario, un libro de poemas de Pablo Neruda. Neruda, al igual que Guillén, escribió un poema tras la muerte del que consideró un héroe: precisamente, Tristeza en la muerte de un héroe.
“Compatriota del comandante, e impresionado por la ovación que recibía un argentino en Cuba al que los cubanos llamaban “comandante”, Julio Cortázar escribió el cuento Reunión (que relata el encuentro del Che y Fidel Castro en Cuba) y el emotivo poema Yo tuve un hermano: ‘Yo tuve un hermano, / no nos vimos nunca / pero no importaba. / Yo tuve un hermano / que iba por los montes / mientras yo dormía. / [...] / Mi hermano despierto / mientras yo dormía. / Mi hermano mostrándome / detrás de la noche / su estrella elegida’. También Rafael Alberti, Efraín Huerta y Mario Benedetti le dedicaron líneas a Guevara.
“Ángel Parra y Paco Ibáñez, en distintos momentos, pusieron música a Guitarra en duelo mayor de Guillén y lo convirtieron en dos canciones distintas. Gallo rojo es una canción escrita por Gabriel Julio Fernández Capello “Vicentico”, que interpretaran Los Fabulosos Cadillacs, también a la memoria del Che. Más recientemente puede hablarse de McGuevara’s o CheDonald’s de Kevin Johansen, en torno a la comercialización del mito del guerrillero.
“Víctor Jara, cantautor chileno muy cercano a Pablo Neruda y a Salvador Allende, le dedicó asimismo Zamba al Che, y el mismo homenaje le rindió Daniel Viglietti con Canción del hombre nuevo, mientras Atahualpa Yupanqui lo cita en Nada más. Los conjuntos Quilapayún e Inti Illimani le dedicaron, el primero, Elegía por el Che Guevara y Canción fúnebre por el Che Guevara, y el segundo Carta al Che. El cantautor cubano Noel Nicola tomó dos
fragmentos del Diario del Che en Bolivia e hizo la canción Diciembre 3 y 4. Ya antes, cuando Ernesto dejó Cuba, Carlos Puebla había compuesto Hasta siempre, comandante.”
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jueves 2 de octubre de 2008
miércoles 24 de septiembre de 2008
Carta a un profesor
En primer lugar, quiero saludarle y esperar que esté bien y todo esté yendo bien para usted.
En segundo lugar, ya menos protocolariamente, quiero exponerle los motivos que me llevan a escribirle. Seguramente no me ubica. Soy el del gorrito en la clase. Seguramente ya me ubicó. Si en este punto no ha decidido dejar de leer y depositar estas líneas en el basurero que más cerca tenga (o en el que más lejos tenga), se encontrará usted con algunas reflexiones en torno al incidente que protagonizamos en el salón de clases la última vez que nos encontramos.
No escribo para pedirle una disculpa, pues considero haber actuado en función de hechos y razones, y no me arrepiento; tampoco para pedirle que regrese a dar clases, ni que reconsidere, ni para decirle que aquello no volverá a ocurrir. La decisión es suya; tanto si es irrevocable como si fue una reacción irreflexiva, es muy respetable, y creo que usted y yo podremos vivir en paz, cada cual por su lado, pase lo que pase al respecto, piense lo que piense el uno del otro. Bien podría usted pensar que yo soy inmaduro y necio como bien podría yo pensar que usted es inmaduro e intolerante, pero poco podremos hacer al respecto. Quizá cuando a cada cual nos pregunten sobre el otro, nos describiremos así. Si es que pasa. No dudo que realmente a usted no le importe, en este momento, las referencias que pudiera yo dar de usted; a mí tampoco me importan, por ahora, las que pudiera usted dar de mí.
O quizá dentro de poco nos olvidaremos mutuamente, y cuando a usted le hablen de mí o lea mi nombre en algún documento (si es que pasa), le pase desapercibido, como tantos otros nombres.
Pero luego ocurre que la vida es maligna, usted debió ya haberse dado cuenta, y quizá nos encontremos insistentemente en una y otra circunstancia, y otra, y otra ad infinitum. En el remoto caso de que esto llegara a ocurrir, quisiera yo poder acercarme a usted, saludarlo y desearle que tenga un buen día. Sin ir más lejos.
El caso es que a esta situación nos llevó aquel episodio en un salón de clases. No sé si a usted le haya ocurrido en alguna otra ocasión, o si se enfrente con frecuencia a estas situaciones y sea siempre así de drástico. En lo personal, nunca me había pasado nada parecido. Y, la verdad, no resulta grato. Claro que cada persona es distinta y no siempre podemos aspirar a que alguien sea compatible con todos. No olvidemos al incorregible Friedrich Nietzsche: “No todos los hombres son iguales, y tampoco deben llegar a serlo”. Es parte de la diversidad que pulula en cada rincón del planeta con la que debemos aprender a convivir. Usted, yo, y todos los demás. En el salón de clases, en el trabajo, en el supermercado, en la calle, en los Juegos Olímpicos. En una palabra, en el mundo. Ahora que si es usted entusiasta de la “mcdonaldización”, este argumento no le parecerá en absoluto sólido o válido.
Quizá la manera en que yo me comporté con usted no fue la más adecuada ni la más correcta. La más políticamente correcta. Sin embargo, a mí me pareció (y me sigue pareciendo) que la que usted tuvo conmigo, tampoco fue la que debió haber sido. Usted estaba en una posición de autoridad, si así quiere verlo. Autoridad nominal. Y cuando uno tiene autoridad en algún grado, de algún tipo, hay que saber manejarla para que sea reconocida. ¿Leyó usted El principito de Antoine de Saint-Éxupery? ¿Recuerda aquel episodio en que el principito explica que él es príncipe porque el Sol y la Luna lo obedecen y reconocen su autoridad, pero la perdería si les diera una orden absurda, como solicitarle a la Luna que saliera a mediodía? ¿O conoce usted la teoría de la acción comunicativa de Jürgen Habermas? Ésa no la expongo aquí, porque no podría hacerlo sino de manera confusa.
Usted no está para darme lecciones de ética y civismo. De economía, sí; pero de ética y civismo, no. Ésas cada quien las toma de donde mejor le parezcan, de libros o de personas, de Aristóteles o del “barrio”. Hay caminos más arduos que otros, más largos que otros, es cierto. Aún no sé de cuáles se pueda aprender más, o mejor.
No digo que yo tenga la razón. Quizá en el fondo, ambos tenemos (teníamos) algo de razón, pero no supimos cómo hacerlas encajar. Así pasa a veces, profesor.
No olvidemos tampoco a Julio Cortázar, el cronopio: “Sin fe nunca pasan las cosas que deberían, y con fe casi siempre tampoco”.
Que tenga un buen día.
jueves 18 de septiembre de 2008
¿Qué dios detrás de Dios...?
Alguna vez Carlos Fuentes dijo que la historia del siglo XX podía resumirse como Sarajevo 1914-Sarajevo 1994. De nuevo las escalas, las magnitudes. Resumir la historia de la humanidad, ¿será tan fácil como lo fue para Fuentes resumir la del siglo XX? Quizá sí; será cuestión de ver en dónde acaba lo que empieza. Primero habría que detectar en dónde comenzó todo. Quizá, después de todo, la tan babeada hermandad de la humanidad, esa fraternidad a la que ha de aspirarse, sea la misma fraternidad que compartían Caín y Abel. Y lo que parece distinto, intermedios.
Por otro, al parecer, la historia de la humanidad no ha terminado, como sí terminó el siglo XX. Y como en él, rastreando, no será difícil encontrar luchas y heridas, personajes obligados por los historiadores y otros que algunos intentan rescatar de un olvido que consideran oscuro por vaya usted a saber qué oscura simpatía. Poniéndonos nietzscheanos, quizá ya haya acabado y estamos reviviendo un pasado que no podemos saber cómo termina, y que tampoco sabemos cómo empezó. Y tampoco sabemos hacia qué se encamina.
Una granada de mano explotó en una plaza pública de Morelia. Qué horror. Qué indignación. Cuántos inocentes muertos y heridos. ¿Realmente? Relativamente.
¿Más, menos o igual horror nos causan las explosiones diarias que ocurren en Bagdad, en Teherán, en Cisjordania, en Chechenia y el Cáucaso? ¿Más, menos o igual indignación nos causan las masacres que hace cuánto tiempo quiere usted tuvieron lugar en cuántos países quiere usted de África, de Centro y Sudamérica, de Asia en toda su longitud y su profundidad oculta? ¿Más, menos o igual número de muertos inocentes ha habido en los enfrentamientos armados que configuraron las naciones que hoy conocemos, las que no conocemos y de las que no sabemos más que por, una vez más, los pesados volúmenes de Historia Universal? ¿Más, menos o igual horror, indignación e inocentes muertos provocan las pequeñas explosiones en nuestro mundo y nuestra historia que perseguían un objetivo nimio e inmediato? Todo está en función de la distancia física y la proximidad temporal; la misma distancia emotiva lo está.
Alguien, después de contarme un sueño, me dijo que la historia de la humanidad no es más que un correr infinito de ríos de sangre. ¿Qué habrá soñado realmente? ¿Qué historia de qué humanidad le reveló qué noche? Un correr infinito de ríos de sangre... Nada más lejos de la realidad. Nada más claro. Y, con Heráclito, puede decirse que son siempre distintas sangres las que pasan por esos mismos ríos.
Una granada de mano explotó en Morelia. ¿Qué nos sorprende? No mucho. Pero nos asusta no saber dónde estallará la próxima.
Qué hay detrás de la granada de Morelia en un contexto inmediato es lo que menos importa. Realmente, ¿qué hay detrás de esa granada, detrás de la mano que la lanzó? “¿Qué dios detrás de Dios la trama empieza?”.
¿Será que en el fondo el asunto se reduce a la tercera ley de Newton? ¿Será por esa misma ley que podremos prever en dónde podría explotar la próxima granada?
El Universo, nos aseguran los astrofísicos, nació con una explosión. Qué esperanzador para todos nosotros. ¿Así mismo habrá de acabar? ¿Qué explotará mañana? ¿Y en dónde?
jueves 11 de septiembre de 2008
Piano kid
La Serenata “Leise flehen meine Lieder” de Schubert en su versión para piano solo y la bagatela Para Elise de Beethoven fueron las dos primeras piezas que escuchó el público que casi llenó el teatro Baltasar Muñoz Lumbier el pasado domingo para presenciar el recital que ofreció Adolfo Rodríguez, un joven de trece años de edad que dio en 2005 su primer recital en público, en la sala Veerkamp de la capital de nuestro país.
La primera parte del concierto estuvo integrado por piezas clásicas o académicas; además de las ya citadas, en las que se hizo evidente cierta dificultad por parte del pianista para ejecutar algunos pasajes de las piezas, y que son atribuibles más al hecho de que sus manos no sean del tamaño de las manos de Rakhmáninov o Wilhelm Kempff que a su capacidad como intérprete, el público pudo escuchar dos piezas de Mozart, una Aragonesa muy poco conocida de Jules Massenet, una transcripción de El lago de los cisnes de Pyotr Ilych Tchaikovsky y algunas miniaturas de Burgmuller y Heller. Fueron las piezas de estos dos últimos compositores las que permitieron un mayor lucimiento del joven artista, a pesar de que no suelen ser las más familiares para el público. Sean o no piezas fáciles, dóciles o destinadas al aprendizaje del piano, misma finalidad que otorgó Johann Sebastian Bach a los preludios y fugas de los dos volúmenes de El clave bien temperado, no deja de ser mérito del artista darlas a conocer al público como lo que son: Piezas ágiles y melódicas, que no dejan de ser música por el hecho de que una maestra de piano las enseñe a sus alumnos más jóvenes.
La pieza de Massenet, conocido sobre todo por sus óperas, compartía algunas características con las miniaturas de Heller y Burgmuller y también permitió el lucimiento del pianista. El Minueto “Don Juan” de Mozart, la primera pieza que Adolfo Rodríguez tocó en público, y la Marcha turca del mismo compositor, permitieron descubrir que el pianista es capaz de abordar piezas destinadas a un público exigente y no sólo a la enseñanza particular, a los dominios de escalas y digitaciones; a pesar de que algunas notas se escaparon del alcance del niño, no se dude que llegará a tener un pleno dominio sobre ésa y otras piezas, si se lo propone. Quién sabe si la transcripción del pasaje más célebre de El lago de los cisnes, y quizá de todo el corpus compositivo tchaikovskyano, haya sido hecha ex profeso para Rodríguez, pero es la que le permitió un mayor lucimiento; más aún que el siempre aplaudido Rondò alla turca mozartiano, cuya ejecución no fue impecable, a pesar de que los familiares del concertista, siempre reconocibles, no dejaban de maravillarse, “¡qué bonito toca!”. Y con razón.
La segunda parte del recital se inició con Let it be de John Lennon y Paul McCartney e Imagine del primer Beatle en dejar este mundo; luego Tears in heaven de Eric Clapton, el tema de El laberinto del fauno de Javier Navarrete, que Adolfo Rodríguez sacó de oído, Only time de Enya, La bikina de Rubén Fuentes, Piano man de William Martin Joel (sí, Billy Joel) y The entertainer, que quizá no sólo sea la pieza más conocida de Scott Joplin, sino también el ragtime que más oídos han escuchado. En general, en estas piezas el joven pareció más libre, más seguro, menos nervioso; quizá el rigor que exigen las piezas académicas sea como un corsé para el niño que, a diferencia de Mozart, no vivió su infancia rodeado de piezas de Bach, Händel, Haydn o Dittersdorf, sino con las piezas que usted y yo escuchamos todos los días, y las que escuchan y escucharon nuestros padres y nuestras tías. Él mismo elige el repertorio de las obras que integran sus recitales, según nos reveló. Y, escueto como un niño de trece años que toca el piano...:
¿Te gusta particularmente alguna pieza del repertorio más que el resto?
—De las clásicas me gusta la Marcha turca de Mozart, y de las populares, Piano man.
Las piezas que integran tus recitales, ¿las eliges tú?
—Sí.
¿Qué criterios tomas para definirlos? ¿Te inclinas más por lo clásico, por lo popular, o buscas que haya un balance?
—Un balance.
¿Te gusta el jazz?
—Sí.
¿Tocas jazz?
—No, pero quiero aprender algo de jazz.
Al momento de tocar el piano, ¿improvisas, o te ciñes a lo que está en la partitura?
—Pues... si me pongo muy nervioso, sí improviso.
¿En el futuro te gustaría tocar con orquesta sinfónica?
—Sí.
¿Y pasar tú a la dirección de orquesta?, o prefieres permanecer al piano.
—Al piano.
¿Algún compositor que te guste en especial?
—Mozart.
¿Y algún pianista?
—Billy Joel.
Fuera de programa, Adolfo Rodríguez tocó, a manera de encore, el tema Clocks del grupo Coldplay. Algo debe tener esa pieza que también atrajo al Buena Vista Social Club.
Lo triste de todo esto es que en Pachuca todavía hay que pedirle al público que guarde silencio cuando el pianista está tocando, y para que se llene un auditorio como el Baltasar Muñoz Lumbier ante un espectáculo como éste, todavía hay que recurrir a mecanismos tales como pedirle a maestros de preparatoria que le dejen de tarea a sus alumnos hacer un reporte del recital. Si algo de positivo tiene eso, es que quizá a algunos jóvenes estudiantes les termine por gustar lo que vieron y oyeron, y esa música forme parte de sus colecciones y sus iPod.
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miércoles 3 de septiembre de 2008
El arcángel Gabriel
Acerquémonos a las drogas... para el propósito de esta columna... de esta entrega de esta columna.
La idea más difundida entre quienes osan montar este tipo de piezas para la escena, si no la única, es poner en el escenario a uno o varios personajes cuya vida se ve sumida en el más oscuro de los abismos como consecuencias del uso de las malditas tachas, del alucinante ácido lisérgico, de la estimulante nandrolona, de la cocaína que posee al ser, de la mariguana que lo obnubila, de las metanfetaminas que lo hacen lucir in. La película Réquiem por un sueño de Darren Aronofsky, si lo piensa usted bien, va por ese camino, por ejemplo. Pero en su comunidad también puede encontrar ejemplos, con menos presupuesto y alcance quizá, pero con la misma loable intención.
La fiesta es una obra de teatro de creación colectiva que, dirigida por Fernando Pérez-Romero, quiere decirnos “Di no a las drogas”; se presenta en preparatorias y una representación de ella tuvo lugar en la pasada Feria Universitaria del Libro. Según se explicó al público asistente, forma parte del llamado “teatro del oprimido”, del que yo nunca había oído hablar y una de cuyas características es, al parecer, hacer que el público participe activamente en la obra, haciéndola. Los actores, siguiendo las indicaciones del director, habrán de improvisar los giros o desenlaces que el público sugiera para el drama.
El argumento de la obra de la que hablo es más o menos el siguiente: Una joven perdió a su madre y está con una amiga suya desahogándose; se les ocurre hacer una fiesta para hacer a la otra olvidar su pena, invitando a un joven que a ella le pareció atractivo. Se concreta la reunión, y se descubre que el invitado de honor vende drogas al menudeo, las cuales esconde en un paliacate que lleva atado al brazo, que descubre ante la joven apesadumbrada. La otra muchacha se entretiene con un amigo del dealer que había llegado con una botella de alguna bebida alcohólica. Los desenfrenados rapazuelos beben y se drogan, cuando de pronto el distribuidor estrella recibe una llamada que lo orilla a salir de la casa sin que nadie lo note, pues los demás están muy entretenidos bailando al ritmo de Infected Mushroom, alucinando y vomitando, hasta que el otro joven se va. Al día siguiente, éste irrumpe en la casa en donde vomitó y alucinó la noche anterior, preguntando desesperado por su amigo, quien, se entiende, fue asesinado por asuntos de drogas. Ahí acaba.
A continuación el director aparece en escena y recoge apreciaciones de lo representado. Éstas suelen ser diversas. Si a alguien no le gustó la obra, puede sugerir cambios en las circunstancias o decisiones de los personajes. Curioso que los actores se negaran a representar propuestas como la de que se fueran todos a tomar un café. Lo que sí representaron fue: a) Una de las muchachas es víctima de abuso sexual y desaparece, mientras el dealer muere; b) La joven apesadumbrada decide que no le laten las tachas y la fiesta se suspende (qué aburrido, ¿no? ¿Quién iría al teatro a ver eso?); c) En uno de los personajes cabe la prudencia, no consume y ve cómo los demás caen en la espiral del vicio, y el dealer muere.
Ahora, si los actores quisieran, podrían ponerse en el plan de que todo los va a llevar siempre al mismo escenario de degradación humana, y que cualquier decisión que se tome será catastrófica, de una manera u otra, para alguien o para todos. Ya en la vida real, cada quien sabrá cuáles límites cruzar y cuáles no, según sus propias estructuras y experiencias. Lo triste es que, por lo general, ver un cadáver en el asiento de al lado del auto es más impactante que ver una obra de teatro que llegará infinitamente a lo mismo. Aunque siempre habrá intrépidos que no pararán hasta ser ellos mismos el cadáver.
Pero, ¿qué hubiera pasado si alguien hubiera propuesto lo siguiente a los actores, y lo hubieran representado?: El mercader de narcóticos es cleptómano y acababa de ir a un serpentario de donde se robó una coralillo que escondió hábilmente en el paliacate, junto con el LSD. Sin saber ello, las muchachas deciden hacer la fiesta, y cuando el invitado de honor descubre las drogas, la coralillo sale del paliacate sin que nadie se dé cuenta y se escabulle entre los muebles de la casa. Consumen las drogas y el alcohol y bailan, hasta que la joven apesadumbrada ya no puede continuar y se siente, a las tres de la mañana, a ver la televisión. En ese momento se ve iluminada por las palabras de la Iglesia Universal del Reino de Brasil, que atrae poco a poco la atención de los demás, quienes se dan cuenta de su error. Entonces deciden suspender la fiesta, ir a dormir y organizar un picnic para el día siguiente. El dealer recibe una llamada que no atiende. Al día siguiente hacen el picnic, pero nuestro distribuidor estrella planea malignamente drogarlos a todos sin que den cuenta para atraerlos al maldito vicio, mientras la coralillo se escabulle en la canasta de la comida. Ya en el campo, prueban la comida untada con alucinógenos y recuerdan las sensaciones de la noche anterior, se adormecen paulatinamente y la coralillo los pica a todos excepto a la joven apesadumbrada, que de pronto, entre visiones, ven a un enviado de la Iglesia Universal del Reino de Brasil: El arcángel Gabriel tocando la trompeta. Extasiados, entregan el alma. Todos menos la joven acongojada que, sin embargo, también vio al arcángel.
Quiero ver si alguien se vuelve a meter con las drogas si ve al arcángel Gabriel tocándole las últimas notas de la sonata, o si piensa en las experiencias del tipo al que se le ocurrió que a alguien se le podría aparecer el arcángel Gabriel para tocarle las últimas notas a alguien. Aunque los habrá, sin duda. ¿Qué sería de este mundo sin los intrépidos?
¡Y que viva el rocanrol!
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jueves 28 de agosto de 2008
Verónica y su arte
Y a pesar de que detrás de todas las sillas hubiera espacio para alejarse y no perder de vista a nadie en quien hubiera uno fijado la mirada, la presencia de Verónica Ituarte, la desenvoltura de sus movimientos, de sus palabras y de su voz, su actuar ajeno a las ceremonias en donde el señor licenciado o la presidenta del jurado generalmente están de sobra, llenaban los claros, llenaban el vacío, llenaban el silencio, concentraban en una sola dirección los oídos y las miradas.
El frío parecía causar efectos más entumecimientos en el público que en los músicos, y apenas un par de tímidos aplausos surgían entre las polcas tímidas palmas que chocaban, pero arriba el clima era otro, y allá arriba todos estaban seguros de que el clima de jazz terminaría por desplegarse hacia arriba, hacia abajo, hacia ambos flancos del escenario.
Entre canción y canción, la intervención de Verónica, pequeñas anécdotas sobre las canciones, el tributo a los compositores, los temas que ella misma ha escrito, un par de canciones sin palabras que recuerdan más a Erik Satie que a Felix Mendelssohn, el sonido que había que ajustar porque el teclado, moderno entre los modernos, llegaría a saturar al equipo de sonido. Y entre cada canción, los solos de Fabián en la batería, del contrabajo de Oscar y de Baldomero en los teclados, cada cual, con el paso de los temas, con el paso de la noche, desvaneciendo el letargo del público que ahora sí aplaudía y gritaba y sonreía, y no faltaba aquél que bailara con el ritmo de tango insólito que salía del blanco y el negro de las teclas.
Verónica y su arte nos llevaron a insólitos escenarios del jazz con el endemoniado Tema de Biringo, tributo a una mascota que podía prescindir de códigos lingüísticas, con Llévame de Carlos Arellano, Quiero ser de Patricia Carrión, esperanzas de un pasado que se ve perdido, y la inconformidad ante la guerra (¿cuál guerra...? …masacre) de Irak de Olivia Revueltas, El zonzo-nete de Alfonso Maya, que dos días antes había estado en el mismo escenario más lleno de gente, junto con otros diez mil cantautores que cantaron cada uno diez veces la misma canción... músicas tan distintas hermanadas de alguna manera, quizá no plenamente amalgamadas, pero en una convivencia y un experimento que se permite, en el campo en el que finalmente todo se permite.
Enteramente para nosotros que estábamos ahí abajo, aplaudiendo en cada despliegue de sonoridad de la voz y los instrumentos, aparecían sonrisas: El público ahora era enteramente de ellos, una reciprocidad no siempre lograda, no siempre cuando hay jazz al aire libre, no siempre cuando es sábado y ha llovido. Con eso, la despedida, y la hora de que suban al escenario el señor licenciado y la presidenta del jurado a entregar el reconocimiento correspondiente, como si el del público no contara, como si ese aplauso y esa petición de más, más, no contaran.
La petición surtió efecto y el escenario se volvió a llenar de jazz. Plenos de jazz, pletóricos de jazz, los cuatro músicos ahí mismo comenzaron a improvisar, primero los instrumentos luego la voz, perfecta sincronía, el contrabajo siguiendo al teclado, el teclado a la batería, la voz a los tres y cada uno de ellos tuvo su espacio sin acompañamiento, esa libertad de la que quizá sólo el jazz sea capaz, y cómo no recordar que ése no fue el único momento en el que compusieron al mismo tiempo que tocaban, sino que lo habían hecho durante alrededor de hora y media, y cómo no recordar la lúcida afirmación de Charles Mingus: El intérprete de jazz es también un compositor, y lo es siempre que toca, improvisa y crea.
Vacío el foro finalmente, se fueron también los vendedores de discos y de algodones de azúcar, y ahora los músicos a firmar autógrafos y posar para las fotografías, los organizadoras a desmantelar el escenario y los cableados, los que asistieron como espectadoras a sus noches, a sus días siguientes, a sus domingos en el horizonte, con una sonrisa, con un poco más de jazz y lo demás, con un poco de música en los oídos y las venas, con un poco de Verónica y su arte.
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jueves 21 de agosto de 2008
Homenaje a Szymborska
De cualquier forma, la flor ahí está, y es necesario que ahí esté. De cierto modo, el mundo es, así, con ella, cinco pétalos más hermoso, un tallo más alto, tres hojas más verde, cien pistilos más pequeño.
Cuántas flores que están en un florero quisieran estar en el campo; cuántas flores que están en el campo quisieran contemplar las estrellas a través de una ventana. Una flor que contempla las estrellas a través de una ventana quisiera jugar con una oruga; una flor que juega con una oruga, quisiera ser un regalo en las manos de una muchacha, la culpable de una sonrisa, la responsable de que un día, el primero en la breve historia del mundo, fuera perfecto. Es más, la responsable de un mundo entero. Un mundo en el cual es posible ver las estrellas a través de una sonrisa.
No está del todo descartada la posibilidad de que alguien la vea alguna vez, entre todas las flores, entre todas las hierbas, entre todas las orugas. Pero eso no cambiaría en nada el día en que ella brotó; en nada cambiaría que nadie se haya dado cuenta de su aparición en el momento en que ésta ocurrió.
A lo más ocurrirá (si es que ocurre) que una niña saldrá al campo (si es que se ha terminado su sopa) y llegará hasta donde está la flor (si es que no está agotada). Entonces la verá (si es que no se entretiene antes con una oruga) y la contemplará largo rato (si es que no se posa sobre ella una nube gris), y se decidirá a arrancarla (si es que no se entretiene antes con una mariposa).
La rosa, del campo, irá a parar a un florero; estará cubierta, quizá de motivos chinos o de talavera azul y blanca, y hará que alguien piense en Van Gogh, a pesar de no ser un girasol. Cada día recibirá unas gotas de agua, pero no amanecerá con rocío. Cada día podrá optar entre contemplar a una niña escribiendo en su diario, omitiendo, en su resumen del día, que el mundo ha girado una vez más, y contemplar al Sol hundiéndose entre edificios, que le recordará vagamente al Sol hundiéndose entre las montañas, enrojeciendo un río.
La flor habrá de marchitarse prematuramente a cambio de haber conocido otro mundo, a cambio de haber contemplado las estrellas desde una ventana, a cambio de no mojarse cuando lloviera para todos, a cambio de que cuando lloviera, lloviera solamente para ella. Por ello renunció al rocío, a las hierbas, a las orugas y a las mariposas, a inclinarse hacia el Este.
Un día en que la ventana estuviera abierta y soplara el viento, y sus pétalos fueran frágiles y más oscuros en las orillas, éstos caerían, uno a uno, desde un quinto piso. Cuando pasaran por la misma ventana, el nombre de alguien sería pronunciado, apenas pronunciado, lejos de ahí. Alguien más escucharía ese nombre y pensaría en la rosa cayendo, irremediablemente hacia el suelo, al otro lado de la ventana. Pero sólo pensaría en ella. Una tercera persona habría de pasar por la calle, cuando todos los pétalos de la flor hubieran llegado hasta el suelo, antes de que el viento o u otro niño los dispersara, y los recogería. Era como si la flor lo hubiera llamado para recogerla, cuando iba cayendo. Los pétalos habrían de ser recogidos. Unas huellas digitales habrían de imprimirse en una puerta, que luego sería sacudida por unos nudillos. Los pétalos de la flor pasarían de una mano a otra. “Prefiero las hojas sin flores a la flor sin hojas”, había dicho la que recibe en sus manos unos pétalos. Y a través de una sonrisa podían verse las estrellas. “Casualidad inconcebible como todas las casualidades.”
Ese día quizá alguien vería en el campo el momento preciso en que brota una flor.
Una flor renunciaría al campo para ella, para darle un poco de campo a alguien. Y de alguna manera, a muchos. De cierto modo, eso es amar.
jueves 14 de agosto de 2008
Cada cuatro años
Pierre de Coubertin
Cada cuatro años la humanidad se sorprende, porque está dispuesta a sorprenderse. Cada cuatro años el mundo juega a que juega. Cada cuatro años los líderes del mundo son otros.
Cada cuatro años, bandera tras bandera, raza tras raza, persona tras persona, latido tras latido. Cada cuatro años, el mismo y siempre nuevo recorrido. Cada cuatro años, el fuego como un sol que arde durante dieciséis días bajo la bandera de cinco aros enlazados.
Cada cuatro años, citius, altius, fortius. Cada cuatro años, mens fervida in corpore lacertoso.
Cada cuatro años, las nueve medallas de oro de Paavo Nurmi, Mark Spitz, Larissa Latynina, Carl Lewis y ahora Michael Phelps (que ya son once, y las que quizá vengan). Cada cuatro años, el salto de Bob Beamon y el diez de Nadia Comaneci, las maratones de Abebe Bikila y las cuatro victorias de Jesse Owens. Cada cuatro años, la flecha encendida de Antonio Rebollo en Barcelona y la lágrima de Misha en Moscú.
Cada cuatro años, los boicots y el dopaje, la sangre y la política, la inevitable política. Cada cuatro años, Berlín 1936, México 1968 y Munich 1972. Cada cuatro años, Moscú 1980 y Los Ángeles 1984.
Cada cuatro años, la presea de oro que Mohamed Ali tiró al río, las dos que le quitaron a Jim Thorpe, el triunfo arrebatado a Dorando Pietri.
Cada cuatro años, la resistencia de Emil Zatopek y Lasse Viren, la tenacidad de Mildred Dirdrikson, Fanny Blankers-Koen y Kristin Otto, la majestuosidad de Vera Cáslavská, el coraje de Hitoshi Saito, el rigor de Wu Minxia. Cada cuatro años Filípides corre nuevamente cuarenta y dos kilómetros y ciento noventa y cinco metros.
Cada cuatro años, los cuatro triunfos consecutivos de Paul Elvstrom, Al Oerter y Carl Lewis. Cada cuatro años, el consuelo del medallista de bronce y la derrota del medallista de plata. Cada cuatro años, el entusiasmo de los que no esperan una medalla.
Cada cuatro años, la bandera que quiso Dawn Fraser, los puños levantados de Tommie Smith y John Carlos, los destinos de Humberto Mariles y Olga Korbut, los tres oros de Laszlo Papp, Vyacheslav Ivanov, Teófilo Stevenson, Naim Suleymanoglu y Aleksandr Karelin, la otra leyenda de Johnny Weismüller, la sangre de Greg Louganis en la piscina. Cada cuatro años, los triunfos olímpicos de Sergei Bubka, Michael Jordan, Miguel Induráin, André Agassi y Lance Armstrong.
Cada cuatro años al mundo le deja de importar lo que diga el presidente de Estados Unidos.
Cada cuatro años, desde 1896, regresan los Juegos Olímpicos (con las excepciones de 1916, 1940 y 1944, por guerras), las competencias deportivas más importantes del mundo, por encima de los campeonatos mundiales de futbol y la Eurocopa, que también se celebran cada cuatro años. La leyenda, que muchas veces es preferible a la realidad, dice que en la Antigua Grecia las guerras entre naciones se suspendían cuando tenían lugar los Juegos Olímpicos, celebrados en honor de Zeus; éstos no eran los únicos que tenían lugar: Delfos recibía los Juegos Píticos en honor de Apolo, a Hércules se dedicaban los Juegos Nemeos y Corinto tributaba a Poseidón con los Juegos Ístimicos. Pierre de Frédy, barón de Coubertin, pretendió rescatar los Juegos Olímpicos, y con ellos todo lo que significaban, para hacer del mundo un principio griego. Uno más. Las guerras, sin embargo, han suspendido tres ediciones de los Juegos Olímpicos; y otras guerras, frías, han derivado en sabotajes.
Qué bueno, sin embargo, que durante unos instantes las naciones estén en paz y convivan en un estadio, aunque sea cada cuatro años. Los atletas, como los pobladores, no tienen la culpa de las ambiciones de sus líderes políticos, de sus representantes oficiales ante el mundo. Jean-Jacques Rousseau dijo que ningún hombre podría representar a otro hombre, y mucho menos a un pueblo; cada hombre siempre se representará sólo a sí mismo. Los políticos no son nuestros representantes. Los atletas tampoco. Pero sin duda, preferimos que lo sean, en todo caso, los segundos. No todos son ejemplares, pero hombres y mujeres ejemplares hay más entre éstos que entre aquéllos. ¿Se imagina usted a diez mil líderes políticos de doscientas cuatro naciones en el centro de un estadio? Los atletas al menos son capaces de darse la mano antes y después de la competencia, para saludarse y para ayudarse. Y en ellos, el espectador ve a sus naciones. Ve naciones dándose la mano para saludarse y para ayudarse. Aunque sea cada cuatro años.
Hay cosas que deberían pasar con más frecuencia.
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jueves 7 de agosto de 2008
No... ya... en serio
Este último es el caso de la pianista María Teresa Rodríguez, que a sus ochenta y cinco años de edad sigue activa como maestra y como ejecutante. En el canal tres de su natal Pachuca apareció entrevistada por