octubre 15, 2007

Juan Sebastián Arroyo

Si todos escucháramos a la naturaleza, todos seríamos Bach.
Pero la naturaleza produce sonidos que no todos podemos escuchar.
Rosío Obregón

“Schönberg”, en alemán, significa “montaña hermosa”; pero la música de Arnold no evoca necesariamente paisajes con florecitas. “Berg” significa montaña; la música de Alban más bien podría traer a la mente desfiladeros o desiertos, acantilados incluso. Mahler es homófono de “Maler”, que significa “pintor”; pero lo de Gustav eran más bien los sonidos, y no los colores. También por cuestión de una hache de más o de menos “Schuhmann”, zapatero, es casi Schumann; pero la música de Robert difícilmente podríamos relacionarla con el oficio del que nos facilita la caminata por lugares escarpados, o con el bolero que en una esquina nos grita “¿Grasa, joven?”.
“Strauss” es ramo o avestruz, según convenga; ni Richard ni Johann padre ni Johann hijo fueron botánicos ni zoólogos, pero en estos casos sí podríamos hablar, aunque no de gallináceas, de obras como El caballero de la rosa (ópera del siglo XX) o Rosas del sur (vals del XIX), que nos harían tal vez pensar en la relación curiosa del compositor que llevaba su música en el nombre, aunque probablemente un poco a la fuerza. Y qué decir de “Monk”, monje en inglés, del solitario Thelonious, cuya música de pronto es como un pensamiento que se enrolla en sí mismo.
Todos ellos y muchos más, que llevarán en su apellido una condena o una contradicción, o ninguna de esas cosas sino simplemente una palabra que haga más sencilla su localización en un diccionario enciclopédico, de algo tuvieron que haber partido para crear lo que crearon. Ellos, músicos que eran, y pintores, escultores, arquitectos, escritores, bailarines, coreógrafos y el tipo de artistas que sea. Un bailarín tuvo que haber visto a alguien bailar para decidirse a hacerlo él también, o a algo moverse; un escritor tuvo que haber leído o escuchado narraciones; un pintor, haber visto cuadros o paisajes o combinaciones de colores y formas. Y así. Un compositor tuvo que haber escuchado música. Pero, ¿y antes de que hubiera música hecha por el hombre?
Ken Russell, en una película sobra la vida de Mahler, hace que el abuelo de éste le diga al pequeño Gustav que quien aspire a ser compositor debe escuchar a la naturaleza. Mahler, fuera de las pantallas grandes, explicó que la polifonía de su música provenía de las combinaciones naturales de sonidos que se escuchan todos los días en el bosque y en las ciudades (otra concentración de naturalezas); él se limitaba a reproducirlas, a orquestarlas.
Escuchando digamos el Preludio de la Partita no. 3 para violín solo de Johann Sebastian Bach, o su Concierto de Brandenburgo no. 3 podría venirnos a la mente una madreselva creciendo vertiginosamente, a velocidades de video en cámara rápida o animación bien lograda (o una rosa que crece en una enorme planicie nevada de silencio, para Milan Kundera).
La naturaleza en pleno, también en su Oratorio de Navidad, o en sus Suites para violonchelo, en sus cantatas, conciertos, obras para órgano... son audibles nubes, paisajes, llanuras, playas, cielos, lluvias, brisas, vientos, bosques, ríos... arroyos. O más bien mares. Lo inconmensurable. Alguna vez Ludwig van Beethoven dijo que Bach, en vez de Bach, debió haberse apellidado Meer. Es decir, Mar en vez de Arroyo.

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