El panorama es importante, crear un escenario de abandono y desolación. Siéntase el Dostoievsky del siglo XXI y deambule por las calles de su ciudad, que a su manera también es San Petersburgo; pronto todo estará resuelto. Ame a alguien, o diga que lo hace. No se angustie porque no conoce su corazón; angústiese porque no recibe mensajes de ella en su teléfono móvil ni, peor aún, en su página web personal. Ahora lo importante no es que ella le responda, sino que todos sepan que lo hace.
“A cada paso de mis pies de plomo siento como si el río que corre a un lado de la avenida me arrastrara, como si caminara a contracorriente; mi cauce no es el fondo pantanoso del arroyo que con el llamado de la primavera refleja el resplandor de la temporada y la tibieza del aire, sino el de la calle desolada que, cumpliendo también funciones de espejo, reproduce el vacío de mi corazón, en el fondo de cuyo camino también hay un farol que parece iluminar su destino, pero ay, su luz se extinguirá con el alba.
“Y esa luz que ilumina el destino de mi corazón no es otra cosa que la sonrisa de la que alguna vez me hizo feliz, cuyo fulgor, en todo semejante al de la luna en medio del bosque, está tan lejos de mí como el calor lo está de la ciudad, de esta insoportable madrugada de invierno en la que deambulo por los empedrados en cuyos alrededores sólo se escucha el eco de mis pasos, el aullido de los perros y el gemir de un alma en pena dentro de un cuerpo en pena.”
Saque las chelas tan pronto como sea posible.
“Una vez más, sin saber cómo, me encuentro adormeciendo mi dolor en vasos de alcohol, ese hirviente fuego calmo que apacigua las pasiones y enciende los corazones templados, ese hiriente dejo fatuo que vierte penumbras sobre la conciencia y se apodera, como un demonio, del alma de quien lo ingiere; como una súcubo, del alma de quien se entrega a sus encantos.”
Mortifíquese, pero no deje el chupe.
“Cada sorbo más amargo y brutal, cada trago más dulce y mortal, y es que ¿qué puede ser más dulce que la muerte para el que aspira a no seguir viviendo, que ve como exquisito cada flujo de llamaradas de muerte en pequeñas dosis, que lo acercarán a hacer realidad el deseo de dejar este mundo, deseo que ronda por su mente con la misma frecuencia con que la soledad ronda su corazón? ¡Viajen, pensamientos, hacia ella, la única, la amada inalcanzable, la destinataria de versos escritos con mi sangre, la generadora de las llamas que incendian mi alma, que yo no puedo! Triste descubrimiento hago cada mañana, envuelto en los resabios de la madrugada y el alcohol, cuando encuentro que mi cuerpo aún obedece a mis impulsos y frente a mí hay un día más con el que debo luchar a muerte hasta que la noche nos venza a ambos y nos conduzca hacia un mismo abismo en el que hemos de hundirnos, pesadamente, ingiriendo sus vapores embriagantes.”
Esto lo hará ver como un Pushkin o un Poe, pero con un iPod en el bolsillo, de modo tal que no necesitará recordar la canción que le parte el corazón, sino que podrá cómodamente pulsar Play. Es importante no reproducir, al menos en público, las de El Recodo, todo en pos de la credibilidad. Mejor hable de la única canción de Billie Holiday que conoce. Haga pequeñas variantes sobre lugares comunes. Eso lo hará aparecer como ingenioso.
“Me parece escuchar, desde el fondo del vaso, su risa, su voz, ahogada como mis penas, apenas perceptible... como mis lamentos. Torpemente recuerdo su canto, su arrullo. Alguien, espíritu impío, ha hecho sonar la música que ella cantaba cuando la noche caía sobre la ciudad, pero aquí, entre conversaciones incomprensibles de borrachos de media noche, parece que Billie Holiday cantara desde las cloacas Keeps on raining. Oh, no pretendas engañarme: No hay pajar posible en el que yo no pueda encontrar esa aguja.”
Para terminar, un lamento. Luego haga como que se enfrenta al mundo; hágalo ver como si fuera usted el único que lo hace. Dejemos para otra ocasión eso de querer parecer Tristan Tzara en formato Matsuo Basho... oh crueldad de las columnas que reducen mi mar a charco.
“Esta sequedad... de nuevo. Un sol mortífero resplandece del otro lado de la ventana... El amanecer. Noche, ¿dónde has quedado? Alba, ¿por qué no has apaciguado esta marea? El silencio de los primeros rayos del sol se confunde con la modorra del que aún no despierta y no sabe si sueña o vive... y no quiere seguir haciendo ni una cosa ni la otra. Salgo, empujo la puerta, enfrento la luz del día con el valor de un vampiro que ha de volver a su féretro antes de que amanezca por completo. ¡No detengan el ascenso del sol ni impidan a los automovilistas tocar sus bocinas! ¡Permitan que el tiempo corra a su velocidad usual y abran paso a los quehaceres de todos los días! Este desdichado tiene ante sí una nueva jornada, y no sabe cómo encararla. De algún modo lo hará, con el paso lento y doloroso de las horas, con el recuerdo de la felicidad a cuestas. Y caminará, sin rumbo, hacia la noche que ya lo espera con los brazos abiertos.”
1 incrédulos descreen:
Clap clap clap
Insisto, como siempre, que usted, ciudadano Romano, debería enviar a los correos de sus allegados las referencias... ¿cómo podríamos decirles? uh... ¿bibliográficas? sí, las referencias bibliográficas donde extrae estos párrafos de narrativa azotada, apantallaculturoides y por demás anticuada... debería... para que podamos reírnos con usted y no sólo de usted...
Un abrazo... y a ver cuando vuelves a invitar a tu programa... :P
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