junio 13, 2008

Instrucciones para escribir, enviar y recibir una carta

La escritura
Elija, antes que nada, el papel sobre el que ha de depositar, en forma de palabras o pictogramas, todo aquello que quiere usted volcar o dar a conocer a alguien con quien le parezca adecuado el contacto por este medio. Por más que quiera usted exponer su alma o su razón, por más cosas que tenga usted que decir, por más ferviente y exaltado que esté su corazón, si no cuenta con papel será imposible emprender y consumar satisfactoriamente el proyecto. Olvide que hay correo electrónico.
Superados estos obstáculos, los siguientes procedimientos han de seguirse de manera más o menos coherente, pudiendo variar el orden de los mismos sin que se produzca mayormente una catástrofe en la elaboración de la misiva.
Piense en la persona que ha de recibir la carta. En algún lado del mundo, no lo dude, hay alguien a quien usted quiere decirle algo. Es más, en algún lado del mundo hay por lo menos una persona que quiere que usted le diga algo. Búsquela. Mejor aún: Encuéntrela. Dé con su dirección y anótela claramente, o pídasela; por lo general, la mayor dificultad reside en saber cuál es el código postal, pero no es nada del otro mundo. Basta un poco de esfuerzo, decisión, e incluso suerte. Sólo es imposible lo que usted no quiera hacer. Lo inaudito no es imposible.
Piense en lo que le diría a esa persona. Y luego escríbalo. O no lo piense y sólo escriba. Encuentre al instrumento adecuado: Una Olivetti, un lápiz, una pluma, tinta china y pinceles, una Minolta, carbón, pinturitas Vinci. Si al principio le parece difícil por la falta de costumbre, no se desespere... es normal. Con el paso de los trazos o las pulsaciones, las palabras o las imágenes irán fluyendo; llegará un momento en que no podrá controlarlas. Ya lo verá. No tema decir eso que se le atora en la garganta o en el alma o en la pluma; ése es, generalmente, el motivo en torno al cual giran la carta y todo el proceso de su elaboración. Nunca estará todo dicho, así que puede concluir la carta en el momento en que usted quiera. Pronto tendrá otras cosas qué decir, u otras formas de decir infinitamente las mismas cosas, incluso a otras personas, y podrá emprender una vez más la escritura de una nueva carta.
Fírmela. Que no quede duda de que es suya. Pero no olvide que dejará de serlo en el preciso momento en que esté en las manos de su destinatario.

El envío
Doble la hoja de papel, o las hojas, convenientemente, de manera que quepan en un sobre; generalmente se hacen dos dobleces, pero usted puede optar por hacer los que considere apropiados, modificando libremente la forma rectangular de la hoja original. Recorte si es necesario, o bello. Aquí resalta la importancia del primer paso, porque si ha elegido un papel extremadamente rígido o grueso, además de voluminoso, tendrá que recurrir a mecanismos singularmente llamativos e incluso homéricos para enviar la carta. Será sin duda menos práctico, pero más hermoso. La decisión final la tiene usted.
En la parte exterior del sobre o contenedor, en el anverso, escriba la dirección del destinatario, a la derecha. Sobre ésta pegue el timbre postal, sin el cual el envío de la misiva no dará los resultados que deseamos. A la izquierda, cerca de la esquina superior, en el anverso, escriba su dirección, que será la del remitente. Cuide de no confundir una dirección con otra, porque entonces ocurrirá lo que usted se imagina. Cierre el sobre de un lengüetazo (siempre ha tenido ganas de hacerlo). Deposite la carta en un buzón y espere noticias de que ha llegado a su destino. O no, y escriba y envíe otra, así nada más.

La recepción
Si la gente que usted conoce no añora en absoluto al siglo XIX y no está dispuesta hacer uso del servicio postal para comunicarse con la gente, siga el ejemplo de Erik Satie y escríbase y envíese cartas usted mismo. Los pretextos sobran y son lo de menos: Dígase algo, nómbrese maestro de capilla de su propia iglesia, mándese una fotografía que le guste, recuérdese alguna cosa. Ahí donde debe ir la dirección del destinatario, ponga la suya propia, que será la misma que la del remitente, para gran sorpresa y desconcierto del cartero.
Otra manera es dejar de pagar impuestos; entonces verá con qué celeridad recibe en su domicilio una carta de Hacienda recordándole sus obligaciones fiscales.

2 comentarios:

Rafael Tiburcio García dijo...

Qué Dios nos agarre confesados!!!

El Brujo Halcón dijo...

JAJAJA!! qué divertido y a la vez interesante... me encantó