Escena 1 / Día / Una calle
La pantalla en negros. Se escuchan pasos. Comienza a aparecer la imagen: Detalle de unos zapatos negros de hombre que avanzan sobre una acera, sin prisa; la cámara los sigue. Se detienen un instante. La cámara se detiene con ellos. Los zapatos siguen su andar, pero la cámara no se mueve; salen de cuadro y se siguen escuchando los pasos. Travelling hasta lograr full shot del hombre, de espaldas; lleva un gabán; dobla la esquina y desaparece. Nieva. Entra música, que puede ser una pieza para piano de Edvard Grieg.
Corte: Medium shot de la gente que camina por la ciudad, entre ellos una mujer de edad media, una joven, un grupo de amigos en actitud de camaradería, una pareja, un anciano. Durante estas tomas, aparecen los créditos de la película en letras blancas. Primero el título: “La liberación”, y en seguida los responsables. Disolución a negros.
Escena 2 / Día / Otra calle
Corte: Medium close up del rostro de una mujer andando sobre la misma calle, mirando al suelo y abrigándose. Se escuchan sus pasos. Travelling a ella mientras avanza. En un momento dado, ella sigue su andar y la cámara se detiene. En pantalla, una hoja pegada en una vitrina. Acercamiento.
En la hoja de la vitrina se ve la foto de un niño de unos siete u ocho años, acompañada del siguiente texto: “Se busca. Desapareció el pasado mes de octubre en el centro de la ciudad. Se ofrece generosa recompensa a quien lo entregue o proporcione información acerca de su paradero.”.
Se escuchan de nuevo los pasos de la mujer, aunque más espaciados, como acercándose a leer.
Disolución a negros.
Escena 3 / Día / La primera calle
La pantalla en negros. Se escuchan pasos que corren, casi como un chancleteo. Aparece la imagen: Detalle de unos zapatos que corren por la calle. Son de un niño. Travelling hasta que se detienen. Se alzan de puntas. Se escucha el sonido de una hoja de papel que es rota y arrugada. Cae junto a los zapatos del niño una hoja de papel arrugada. Los zapatos vuelven a tener las suelas en la calle y se preparan para emprender la carrera. Corte: Detalle de la mano del niño, que de pronto es aprehendida por la mano de un hombre.
HOMBRE. Ven conmigo. Te he encontrado.
NIÑO. Sí, pero no puedo ir con usted. No puedo ir con nadie.
HOMBRE. ¿Por qué?
NIÑO. Usted me ha encontrado, y tiene el derecho de cobrar la recompensa que ofrecen por mí. Pero no puedo ir con usted. No puedo sencillamente porque el día que se enteren que me han encontrado, dejarán de buscarme.
Corte: Close up en contrapicada al rostro sereno del hombre.
El hombre ve al niño fijamente, luego alza la cara y ve al horizonte.
Corte: Close up en picada al rostro del niño que, serio, ve al hombre. Corte: Detalle a la mano del hombre que toma la mano del niño.
El hombre suelta lentamente la mano del niño.
En la pantalla se ve sólo la mano del hombre.
NIÑO. Gracias. Ahora podrá usted esperar una recompensa mucho mayor.
Se escuchan los pasos del niño, que ha emprendido la carrera. Travelling desde la mano hasta el rostro del hombre, que ve cómo se aleja el niño. Cuando se dejan de escuchar los pasos de la carrera del niño, el hombre da media vuelta y se escuchan sus pasos alejándose. Entra nuevamente la música que se escuchó en la primera escena. Nieva. Disolución a negros. Créditos.
diciembre 18, 2008
diciembre 11, 2008
De cómo es que los tapatíos quieren, en el fondo, ser chilangos
Usted habrá seguramente escuchado eso de que las comparaciones son odiosas. Lo son, en todo caso, para el que sale mal librado. Lo que sí, a veces son inevitables; sobre todo cuando las similitudes entre dos realidades, o falsedades, son bastante obvias. Es el caso que nos ocupa: Guadalajara y la ciudad de México, paralelismo o imitación. La historia nos dice que “...en el principio era Tenochtitlán”; pero luego ocurre que la historia está convenientemente escrita por quienes salieron bien librados de alguna comparación, sobre todo de ejércitos. Atengámonos a las hipótesis históricas, y parecerá que los tapatíos...
1. La catedral, para empezar con algo evidente. Hay una en México y hay una en Guadalajara. Cada quien dirá que la de su ciudad es la más bonita, y quiero ver a alguien haciéndolos razonar.
2. En Guadalajara hay un metro (chiquito, pero metro), al que le llaman tren ligero. Y he ahí el logo: Una letra “T”. De Tren ligero. No vaya usted a pensar ni por error que se trata de un metro; el logo es muy distinto.
3. El Doctor Atl, pintor (¿qué duda cabe?) tapatío, uno de los personajes que merecen una estatua en una simpática especie de rotonda de los hombres ilustres, en Guadalajara. Ahora hay ya una mujer hecha bronce, Irene Robledo; así que no dude usted que se hable un día de éstos de la rotonda de las personas ilustres. Como en Chilangolandia.
4. Asombroso el parecido que, desde ciertos ángulos, guarda este monumento amarillo a-quién-sabe-qué-o-quién-o-quiénes (y que quién sabe si sea monumento) con El caballito de Sebastián, que por su parte quién sabe si sea un caballito (la estatua, no Sebastián).
5. Las hay en Paseo de la Reforma y en Coyoacán. Guadalajara, pues, no se iba a quedar sin “calandrias”, esas carrozas decimonónicas tiradas por caballos y guiadas por conductores más bien posmodernos.
6. Seguramente a algún tapatío que visitó el D. F. encontró la muy curiosa calle Xola, y preguntó que qué diablos era eso. Quizá alguien le haya dicho, quién sabe si chilangueándolo, que xola es la hembra del guajolote; luego entonces, en Guadalajara debía haber la correspondiente calle Pavo.
7. Tanto en Guadalajara como en la ciudad de México hay tres equipos de futbol (aunque en la urbe occidental hay en rigor dos, pues uno juega en Zapopan aunque en su nombre lleve el de la capital jalisciense), uno de los cuales es de una universidad. Curioso, además, que el segundo uniforme de las celebérrimas Chivas sea ahora amarillo, o para allá vaya.

8. Y finalmente... sin comentarios. Ah... también tienen su Circunvalación... ¡faltaba más!
Pendientes: una plaza del tamaño del Zócalo en la cual un mitin político o un concierto gratuito puedan reunir a un millón de personas, y un segundo piso. Habrá que estar atentos. Y ante esto, la pregunta: ¿Habrá sido ocurrencia de un chilango eso de comer tortas con cuchara?
Todas las fotografías de Julio Romano, excepto la de la playera de las chivas del Guadalajara.
7. Tanto en Guadalajara como en la ciudad de México hay tres equipos de futbol (aunque en la urbe occidental hay en rigor dos, pues uno juega en Zapopan aunque en su nombre lleve el de la capital jalisciense), uno de los cuales es de una universidad. Curioso, además, que el segundo uniforme de las celebérrimas Chivas sea ahora amarillo, o para allá vaya.8. Y finalmente... sin comentarios. Ah... también tienen su Circunvalación... ¡faltaba más!
Pendientes: una plaza del tamaño del Zócalo en la cual un mitin político o un concierto gratuito puedan reunir a un millón de personas, y un segundo piso. Habrá que estar atentos. Y ante esto, la pregunta: ¿Habrá sido ocurrencia de un chilango eso de comer tortas con cuchara?
Todas las fotografías de Julio Romano, excepto la de la playera de las chivas del Guadalajara.
diciembre 02, 2008
"Quiero irme con él": El viaje de F. Fellini y G. Masina
Sobre
Cine
Sobre la playa, de noche, Zampanò llora la muerte de Gelsomina en la última escena de La strada. Extrañamente, un vago recuerdo, una invención para un espectáculo cómico de un actor, mimo y trapecista ambulante, de quien Gelsomina se había, quizá, enamorado, o simplemente dejado cautivar, y a quien Zampanò odiaba rabiosamente, le había traído a éste la última noticia de su última compañera de viaje.
Antes de escuchar, muchos años después, la melodía que el loco tocaba en su espectáculo, con un diminuto violín, Zampanò sólo tenía la imagen de Gelsomina dormida, en la nieve, con una trompeta a su lado, muchos años antes; una trompeta que él le había dejado antes de subir a su motocicleta y abandonarla, para poder seguir rompiendo cadenas con la fuerza de su torso, sin tener que llevar, con ella, el eco de que él había matado al loco. Un lamento, “El loco está malo”, había sustituido a una presentación espectacular, “Zampanò ha llegado”. Gelsomina y el loco se habían ido; Zampanò tenía como destino insoportable seguir llegando, siempre. Y el arquitecto de todo eso era Federico Fellini.
Quizá pueda decirse que si la literatura tiene Los miserables de Victor Hugo, el cine tiene La strada de Federico Fellini; aunque sería injusto tanto para la novela como para la película afirmarlo.
Una Anita Ekberg de diez metros, un director de cine que no logra realizar más que en su cabeza la película de sus sueños, una orquesta en la que explota la anarquía, un hombre que no puede salir de una ciudad porque no encuentra un objeto sin importancia, las melodías clownescas de Nino Rota, una pareja de baile que no se deja vencer por el impertinente tiempo, una mujer libre y ajena a las prohibiciones que se mete en la Fuente de Trevi, La ciudad de la mujeres... ése era el mundo de Federico Fellini; fragmentos de su mundo, siempre extremo, irreal, insólito; como una película sin guión, precisamente porque el guión le daría, tarde o temprano, coherencia a la película, cosa que era tan absurda como querer impregnar de coherencia a la vida, ese absurdo entre los absurdos.
Y el mundo de Federico Fellini también era Giulietta Masina, su Giulietta de los espíritus, su Gelsomina sin Zampanò que matara al loco, la mujer con quien, le parecía, estaba predestinado a vivir. Tal vez el personaje de Gelsomina estaba ya en la mente de Federico desde la primera vez que vio a Giulietta, actriz en la Compañía del Teatro Cómico Musical que actuaba en la radio guiones escritos por él, quizá el lamento por la muerte del loco habría de ser también el lamento por la muerte de los dos hijos que amaron, uno de los cuales no alcanzó a conocer de este mundo más que el vientre de Giulietta, mientras el otro apenas respiró dos semanas.
“Giulietta era la mujer de mi destino. He llegado a pensar que nuestra relación haya sido pre-existente en realidad al día en que nos encontramos por primera vez, a la época en que se estableció.”
Federico Fellini, un hombre abierto a la vida y, en consecuencia, abierto a los problemas, siempre planteados por la cultura, la literatura y el arte, como él mismo dijo alguna vez. Giulietta Masina, la Piscis sin la cual no se explica nada. Y así partieron, Y la nave va, por un viaje que habrían de terminar casi juntos, pues no tenía sentido seguir si cualquiera de los dos se detenía.
Zampanò no debía llorar nuevamente sobre la arena.
Federico Fellini murió el último día de octubre de 1993; hace poco más de quince años. Roma, Italia y el mundo prepararon un homenaje que no llegó a ser ni tan grande ni tan delirante como lo fue la más discreta de las películas de Fellini. Ahora era Giulietta la sobreviviente; cuando ante ella pasó el féretro de Federico para subirlo a la carroza que habría de transportarlo a su natal Rímini, ella dijo la que tal vez sea la más desgarradora frase en la historia del cine, lejos de cualquier cámara, fuera de cualquier guión. “Quiero irme con él”. Giulietta Masina murió cinco meses después, el 23 de marzo de 1994. Otro viaje acababa de emprenderse.
Antes de escuchar, muchos años después, la melodía que el loco tocaba en su espectáculo, con un diminuto violín, Zampanò sólo tenía la imagen de Gelsomina dormida, en la nieve, con una trompeta a su lado, muchos años antes; una trompeta que él le había dejado antes de subir a su motocicleta y abandonarla, para poder seguir rompiendo cadenas con la fuerza de su torso, sin tener que llevar, con ella, el eco de que él había matado al loco. Un lamento, “El loco está malo”, había sustituido a una presentación espectacular, “Zampanò ha llegado”. Gelsomina y el loco se habían ido; Zampanò tenía como destino insoportable seguir llegando, siempre. Y el arquitecto de todo eso era Federico Fellini.
Quizá pueda decirse que si la literatura tiene Los miserables de Victor Hugo, el cine tiene La strada de Federico Fellini; aunque sería injusto tanto para la novela como para la película afirmarlo.
Una Anita Ekberg de diez metros, un director de cine que no logra realizar más que en su cabeza la película de sus sueños, una orquesta en la que explota la anarquía, un hombre que no puede salir de una ciudad porque no encuentra un objeto sin importancia, las melodías clownescas de Nino Rota, una pareja de baile que no se deja vencer por el impertinente tiempo, una mujer libre y ajena a las prohibiciones que se mete en la Fuente de Trevi, La ciudad de la mujeres... ése era el mundo de Federico Fellini; fragmentos de su mundo, siempre extremo, irreal, insólito; como una película sin guión, precisamente porque el guión le daría, tarde o temprano, coherencia a la película, cosa que era tan absurda como querer impregnar de coherencia a la vida, ese absurdo entre los absurdos.Y el mundo de Federico Fellini también era Giulietta Masina, su Giulietta de los espíritus, su Gelsomina sin Zampanò que matara al loco, la mujer con quien, le parecía, estaba predestinado a vivir. Tal vez el personaje de Gelsomina estaba ya en la mente de Federico desde la primera vez que vio a Giulietta, actriz en la Compañía del Teatro Cómico Musical que actuaba en la radio guiones escritos por él, quizá el lamento por la muerte del loco habría de ser también el lamento por la muerte de los dos hijos que amaron, uno de los cuales no alcanzó a conocer de este mundo más que el vientre de Giulietta, mientras el otro apenas respiró dos semanas.
“Giulietta era la mujer de mi destino. He llegado a pensar que nuestra relación haya sido pre-existente en realidad al día en que nos encontramos por primera vez, a la época en que se estableció.”
Federico Fellini, un hombre abierto a la vida y, en consecuencia, abierto a los problemas, siempre planteados por la cultura, la literatura y el arte, como él mismo dijo alguna vez. Giulietta Masina, la Piscis sin la cual no se explica nada. Y así partieron, Y la nave va, por un viaje que habrían de terminar casi juntos, pues no tenía sentido seguir si cualquiera de los dos se detenía.
Zampanò no debía llorar nuevamente sobre la arena.Federico Fellini murió el último día de octubre de 1993; hace poco más de quince años. Roma, Italia y el mundo prepararon un homenaje que no llegó a ser ni tan grande ni tan delirante como lo fue la más discreta de las películas de Fellini. Ahora era Giulietta la sobreviviente; cuando ante ella pasó el féretro de Federico para subirlo a la carroza que habría de transportarlo a su natal Rímini, ella dijo la que tal vez sea la más desgarradora frase en la historia del cine, lejos de cualquier cámara, fuera de cualquier guión. “Quiero irme con él”. Giulietta Masina murió cinco meses después, el 23 de marzo de 1994. Otro viaje acababa de emprenderse.
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