abril 02, 2009

Entrevista con un mimo: La oquedad deseada

(In Memoriam Harpo Marx, Charles Chaplin, Jean-Louis Barrault y Marcel Marceau)



Al concluir su espectáculo en la plaza pública, el mimo se planta, espigado, ante su público, espontáneamente convertido en tal hacía no más de media hora, y del cual acaba de recibir aplausos y carcajadas. El mimo se quita el sombrero antiguo, junta las yemas de los dedos de su mano libre y hace un ademán, llevándoselas repetidamente a la boca abierta, invitando así al público a que le arroje, además de aplausos, monedas. Cuando el público se hubo dispersado, más ligero, el mimo se quita del rostro, antes que el maquillaje, la sonrisa, y empieza a guardar sus objetos personales y de trabajo en su maletín. Es entonces cuando un espectador se acerca a él con una grabadora de mano, en la que queda registrado lo siguiente:
―Disculpe, señor mimo...
El mimo voltea, desconcertado, hacia la fuente del sonido. Ve fijamente a su interlocutor, vuelve a sonreír, y en un solo movimiento abre los ojos y levanta las cejas.
―¿Sería usted tan cortés de concedernos una entrevista?
Los ojos del mimo brillan, y mueve convulsamente la cabeza hacia el cenit y hacia el nadir. Pasa a una mano todos los objetos que sostenía en ese momento con ambas, estira la diestra, contrae los dedos meñique, anular y medio, mientras que estira pulgar e índice de manera tal que entra las yemas de uno y otro hay un espacio pequeñísimo. El mimo se aleja unos pasos, guarda apresuradamente sus cosas. No todas caben, y arroja detrás de sus hombros aquéllas para las cuales no hay espacio. Su maletín se vuelve mochila y, como si fuera un abrigo, el mimo se viste con ella, y manipulando hábilmente los tirantes la acomoda en su espalda. El mimo se acerca, sonriente, y le ofrece a su entrevistador algo que puede ser una flor o un lápiz; de cualquier modo, ambas cosas pueden ponerse sobre la coyuntura superior de la oreja y el cráneo. El entrevistador actúa en consecuencia.
―¿Puede usted decirnos cuál es su nombre?
El rostro del mimo, con los ojos muy abiertos, se entristece de improviso. Él baja la cabeza y, mirando al suelo, la mueve lentamente de oriente a poniente, tres veces.
―Bueno... entonces... ¿qué es lo que más le gusta de su trabajo?
El mimo toma su mentón con una mano y mira al cielo. Con esa misma mano hace una pirueta que termina con el dedo índice erguido y los demás contraídos, y el dorso hacia él. El mimo sonríe y sostiene los extremos de su sonrisa con sus dedos índices, al tiempo que parpadea velozmente varias veces. Repite la pirueta con la mano y extiende los dedos índice y medio. El mimo aplaude sin que el choque de sus palmas produzca ningún sonido. Repite la pirueta con la mano y extiende los dedos índice, medio y anular. El mimo voltea hacia ambos lados, cuidando de que nadie lo vea, acerca su rostro a nosotros y con los dedos índice y pulgar de su mano derecha hace la representación de la letra “u”, mientras contrae los demás, y la lleva hacia arriba y hacia abajo, como si pesara lo que una bolsa de doblones de oro.
―¿Cuándo empezó usted a sentirse atraído por el arte de la pantomima?
El mimo coloca frente a su rostro su mano izquierda con la palma hacia arriba, y unos doce centímetros arriba de ésta coloca su mano derecha, con la palma hacia abajo, y procura cuidadosamente reducir el espacio entre ambas hasta alcanzar la oquedad deseada. Acto seguido se lleva un pulgar a la boca, lo succiona, y dirige su mirada hacia las nubes; hecho esto, cierra los ojos con fuerza, abre la boca ligeramente, como haciendo una catenaria invertida, cierra las manos, sube y baja los puños cual si de pistones se tratase, y patalea.
―¿En dónde se ha presentado usted, además de esta ciudad?
El mimo se lleva los dedos índice y medio de su mano derecha a su sien correspondiente y dirige su mirada a la copa de un árbol. Extiende entonces su brazo izquierdo, hace lo mismo con el pulgar de la mano que tiene al final de dicha extremidad, y contra él presiona el índice de su diestra. Tiene ahora la mirada perdida. Repite la operación contra el índice de su mano izquierda, contra el medio, contra el anular y contra el meñique. Se toma entonces la rodilla izquierda con ambas manos, entrelazadas, y deja que su peso lo venza, acercándolo al suelo por la espalda. El mimo alza las cejas y se come los labios; menea la cabeza de un lado a otro.
―¿Qué hace usted en su tiempo libre?
El mimo cruza las piernas, saca un instrumento del bolsillo de su camisa, lo despliega y lo coloca, retenido por sus orejas, sobre su nariz y ante sus ojos. Se descuelga la mochila y extrae de ella un objeto más grande, lo desdobla y lo coloca entre sus manos, que dispone con las palmas hacia sí, inclinadas ligeramente sugiriendo una “V”, y mueve la cabeza de izquierda a derecha, como si siguiera algo con la mirada, varias veces. Del objeto que tiene entre las manos, que por un momento descansa sólo sobre la izquierda, sujeta un pliegue con índice y pulgar de la derecha, y lo lleva al lado izquierdo del objeto. Sus manos regresan a la posición en la que primero las había puesto, y su cabeza repite los movimientos de antes.
―Si no hubiera usted sido mimo, ¿qué otra cosa le habría gustado ser?
El mimo se pone de pie presuroso y saca de su mochila una serie de objetos alargados, otros circulares, otros cúbicos, y los monta unos encima de otros, los embona cuidadosamente, extiende uno de ellos y complementa su artefacto con un sencillo sistema de contrapesos. El objeto mide poco más de metro y medio; el mimo pone su cabeza a la altura del objeto. Cierra un ojo. Con la mano izquierda manipula el objeto, acomodándolo a su gusto, y con la derecha, que parece encerrar algo, ligeramente por encima de su cabeza, aunque un poco más al frente, hace un movimiento circular, llevándola hacia adelante, hacia abajo, hacia atrás y de regreso a su posición original, una y otra vez. Se separa bruscamente del objeto, se mece los cabellos, y abre la boca a la manera de un león que se abalanza sobre su presa, moviendo la lengua con violencia. Con ira en el rostro, agita los brazos en todas direcciones; en seguida, extiende las manos a distancias variables con respecto de su tórax, abre los ojos y la boca, gira sutilmente la cabeza hacia el horizonte. Luego, vuelve a manipular el objeto que armó.
―¿Qué tipo de música le gusta escuchar a usted?
El mimo se yergue. Mantiene una mirada serena, y dispone su brazo izquierdo de forma tal que se configuren dos vértices con una inclinación de cuarenta y cinco grados cada uno... más o menos; gira su rostro hacia dicho lado y extiende los dedos de la mano que observa, de modo tal que pareciera que algo se apoya sobre el pulgar y es presionado por los otros cuatro dedos, arácnidamente. Con el brazo derecho forma una letra “L”; mantiene a la altura de su vientre la mano que está en el extremo inferior de la “L”, y con su pulgar y su índice sostiene, sutilmente, algún instrumento, que aprisiona apenas con su palma y el resto de los dedos. Cierra los ojos. Desliza los dedos de su mano izquierda, mientras mueva la derecha nerviosamente hacia arriba y hacia abajo, entre su estómago y su mentón.
―Señor mimo, le agradecemos mucho que nos haya regalado un poco de su tiempo.
El mimo sonríe. Se quita el sombrero y hace una reverencia. Estira la mano, que es estrechada por la del entrevistador. Guarda todo en su maletín, sortea con su pierna derecha lo que parece ser un obstáculo de un metro de altura, acomoda su cuerpo ligeramente estirado hacia enfrente, los pies unos centímetros por encima del suelo, estira las manos, empuñando un objeto oblongo con cada una, y comienza a alejarse, moviendo las piernas hacia arriba y hacia abajo, cual si de pistones se tratase.

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