jueves 9 de julio de 2009

Decálogo del imperfecto columnista

1. Tema. Siempre hay algo de qué hablar. Siempre ocurre algo. Los noticiarios dependen de ello, al igual que los periódicos. La gente tiene la poco sana necesidad de hablar con sus semejantes, y tiene que ser de algo. Un tema, una opinión, una broma... cualquier cosa escuchada al azar sirve para detonar el inicio de una columna que debe entregarse un día específico de la semana, antes de una hora específica. Pero, ¿fue realmente escuchada al azar? Reflexione al respecto; una noticia, un acontecimiento, una jirafa. Siempre hay algo que todo el mundo pasa por alto.

2. Finalmente. Algo, una idea o una libélula, lo ha estado molestando durante días. Durante semanas. Durante meses quizá. Ha revoloteado alrededor de su cabeza, yendo de un lado para otro. Piensa en ello cuando come, cuando se levanta, cuando conduce, cuando paga algo, cuando no cuenta el vuelto después de pagar algo, cuando apaga las luces, cuando va al concierto, cuando escucha a su jefe, cuando contempla un cuadro. Después del tiempo precisamente necesario, la idea deja de dar vueltas y se posa exactamente sobre la palabra que ha de servir como balazo que indique el inicio de la carrera.

3. Lectura. Ese libro que leyó le ha dicho algo. No son los personajes, no es la trama, no es el lenguaje. Detrás de todo ello, detrás de todo ese velo de construcciones y contextos y estructuras, algo le ha llamado la atención. Algo dicho al oído. Un gusano que entra al cuerpo de la fruta por un orificio diminuto y la devora por dentro, hasta que una dentadura lo parte en dos. Ese sabor detrás de cada página, hay algo ahí. Poseer la red para atraparlo, buscarla, confeccionarla. No es necesario terminar de leer el libro, como no es necesario comerse toda la fruta.

4. Perturbaciones. Hay una maldita mosca volando por todos lados y no me deja concentrarme. Allá va. Con un demonio...

5. Reto. Un recuerdo, un vómito de sensaciones, de experiencias, de percepciones, de presentimientos. Algo lo golpea, lo embiste como un rinoceronte furioso, desencadena la desesperación, imposible ahora dejar de escribir, el espacio se está agotando y aún hay tanto, ya habrá otro momento, pero, ahora, ahora lo siente, una especie de efervescencia, como si una aspirina se disolviera en su sangre. Esa misma agitación. Pero, ¿cómo convertirla en palabras?

6. Insólito. No parece posible, no parece creíble. Pero después de todo, yo lo vi, o lo pensé, o lo deduje, o lo predije. Hace una semana habría sido el ridículo, el conejo presuroso en medio de la selva, del paraje inhóspito, del desierto despoblado. Y ahora, sorprendente, pero helo ahí. Es ya del demonio público, pero no como yo lo vi, no como yo lo pensé. ¿Dónde dice que todo lo que escribo debe ser verídico, verosímil, racional? Eso no puede exigírseme en un mundo en el que muy poco de lo que pasa sí lo es.

7. Obviedad. Parece que todo el mundo habla de ello, que todo el mundo lo sabe. La verdad es que sólo él lo sabe y ha lidiado con ello por mucho tiempo. Esa sensación se llama hartazgo. Pero yo no conozco la miel que ha probado el otro oso. ¿Cómo él puede estar harto de la que yo pruebo? Una revelación: para mí es cotidiano; para el mundo es nuevo.

8. Perturbaciones II. Mosquito del infierno...

9. Experimentación. ¿Dónde lo he visto, dónde lo he escuchado? ¿En ningún lado? Un albatros lo depositó en mi oído, ante mis ojos. Sin más.

10. Alternativa. Cuando nada de esto le salve del compromiso, diga cómo debería o cómo no debería ser una columna, áspid cínica.

0 cronopios han discrepado: