El portugués es, sin duda, el idioma más bonito que he escuchado.
El francés, el más sutil; casi ni es idioma. Es más bien una nube.
El italiano, el más chistoso.
El inglés gringo, el más insufrible.
El inglés inglés, el más malintencionado.
El alemán, el más impactante.
El checo, el más abstracto.
El húngaro, el segundo más abstracto.
El sueco, el más plano, el más insípido.
El finés, el más rebuscado.
El holandés, el más prescindible.
El chino, el más musical.
El japonés, el que es incapaz de ternura.
El coreano, el más aburrido.
El ruso, el más peliculesco.
El polcao, el más onírico.
El swahili, el más hipnótico.
El náhuatl, el más reburujado.
El sánscrito, el más barroco. (¿Dónde chingados ha escuchado el sánscrito este personaje indigno de toda credibilidad, se preguntará usted? Satyagraha es una ópera de Philip Glass y Constance de Jong, escrita en ese idioma.)
El árabe, el más enigmático.
El griego, el más marmóreo.
El latín, el más contundente. (¡Ése sí es idioma!)
El rumano, el más comunista.
El búlgaro, el segundo más comunista.
El turco, el más rabioso.
El indio (o hindi, o el que creo que es hindi), el más receloso.
El catalán, el más pegajoso. Dan ganas de hablarlo.
Y el español... el más confuso de todos.
Coda
Y, parafraseando a Schubert, me permito decir que el idioma más triste de todos es, sin asomo de duda, la música. Y el reggae, su dialecto más triste.
noviembre 28, 2010
noviembre 08, 2010
Mérida, epílogo
Sobre
Internacional,
Literatura,
Viajes
Día tres: tour o no tour (continuación)
El aplauso recibió en el autobús a los tres últimos que lo abordaron, el señor, la yucateca hija pródiga y la diseñadora gráfica y ándate de nuevo una hora de trayecto, más o menos, que el pequeño pueblo de Valladolid con su pequeña plaza y su pequeño museo que espera a los visitantes. Éstos están en el autobús y se reanuda la plática; en la parte trasera del autobús, en la media, en la frontal, la primera del comité organizador recorre todas las pláticas y busca amenizar con los invitados todos, todos, tantísimos, y al lado del señor la segunda del comité organizador ya no sabe cómo decirle al del asiento de atrás que por favor ya se calle, ella lo intenta callándose ella misma, pero el otro no para, y no para, y no para, y prefiere buscar un pretexto para preguntarle al de al lado, en un descuido del otro individuo, que cómo va ese Saramago.
El señor, que no ha leído ese libro de Saramago, le pregunta a la segunda del comité organizador y ella le dice que tampoco lo ha leído, bueno, apenas empecé, y qué tal, pues que es maravilloso, como todo lo que escribe Saramago, y el señor, fiel a su costumbre, no pudo evitar salir con su domingo siete cuando dijo que pues a él no le gustaba mucho Saramago. La segunda del comité organizador peló tamaños ojos y que cómo es posible, pues sí, entonces qué te gusta, pues esto y lo otro, y a ti, pues esto otro, y por eso estudio letras en la licenciatura, dice ella, séptimo semestre o algo así. ¿Y de qué estás haciendo tu tesis?, pregunta el señor, a lo que recibe como respuesta: “Caribe”, y se quedó exactamente con la misma cara que el lector acaba de poner. (Ahondado, el señor logró descubrir que la tesis famosa era sobre un escritor caribeño cuyo nombre no fue capaz de retener.)
Y así fuese el viaje, llegada a Valladolid, viaje relámpago porque estuvieron en Chichén más tiempo del planeado, y ora búscate dónde comer, ¿usted dónde sugiere, señor policía?, pregunta la yucateca hija pródiga, no pues que acá o acá, dícele el uniformado, y ahí van ella, la diseñadora gráfica, el michoacano y el señor y se ordenan unos bien surtidos platillos típicos, pero el michoacano, ah el michoacano, ése sí su lomito asado, su plato de frutas, su arroz con plátano frito y quién sabe qué más, que al final terminó diciendo “ay, ya no puedo, ¿gustan?”, y pues sí, todos gustaron un poco. (¿Puedo robarte una papa”, pregúntale la yucateca, “sí, lo que quieras”, responde cortés el michoacano, “hasta un beso después, si quieres, me puedes robar”, complemente, y minutos después se pone a hablar de su esposa e hijo, so funny.)
Y qué mejor que el museo para hacer digestión, museo que se recorre en tres minutos, con sus tipos yucatecos, sus artefactos de las desaparecidas culturas, sus documentos históricos, sus muestras minerales, y ya estamos afuera y ahora sí no hay que llegar tarde, abordemos, y ahora, falta el conferencista de ayer, hay que esperarlo y, como a los tres antedichos, lo recibe una ola de aplausos por ser el último en abordar, y dice con humor: “Ni en la conferencia me aplaudieron tanto”... Pero hay que ir a Izamal, ver su placita pública, los niños afuera tocando mejor que los de cierta orquesta, el monasterio-iglesia, las fotos, el atardecer, tírense al pasto, posen como los hermanos Almada para la foto, sonrían, bailen, hay que entrar a la iglesia, los santos, las estatuas, la fachada, la explanada, y los helados, sobre todo los helados... El señor perdió a los de su grupo y unióse así sin más a otro, y de nuevo, por qué letras habiendo otra cosa, por qué en Xalapa, porqué desde Campeche, por qué no otro lado, pero qué bueno que al menos por estos días es Mérida, Mérida y sus guayaberas de henequén, Mérida y su propio Louvre, Mérida y sus calles trazadas sobre cuadrícula, Mérida y sus alrededores.
La luz se ha desvanecido, y con ella la tarde, y hay que volver al bus, ahora a paso lento, ya no tiene caso, ya pasan de las ocho y el plan era estar de vuelta en Mérida a las siete, media hora más acá no hará mal, camina lento, el autobús no se irá, el día tampoco, pero Mérida quizá sí, y entonces, aunque estemos acá muy a gusto, con nuestros helados y nuestros refrescos, hay que volver.
El señor retomó su lugar, todos tenían ganas de conversar y de platicarse y de decirse, pero el cansancio era mucho, el michoacano ya hablaba con una estudiante campechana, los potosinos contaban chistes, la segunda del comité organizador se escapaba de sus perseguidores a quienes dejaba invariablemente hablando entre sí, trabando bonita amistad. El señor, entre tanto, entrevistóse con la primera del comité organizador, y resulta que ella también ha andado en esas tierras frías, en Real del Monte, qué curioso, eso y las matemáticas y las letras y en eso se fue el viaje de regreso.
El autobús, ya en Mérida, vomitó a todos sus pasajeros y huyó apenas pudo, y ahí en la mancha de gente nacieron los saludos, las despedidas, los planes, los intercambios de señas y datos, el señor, la diseñadora y la yucateca fuéronse a cenar, a ver dónde, tú qué sí sabes, entonces los guía, por aquí, por acá, hoy hay trova de la yucateca, la única trova, y bailes típicos, vamos a verlos, y después sí, la cena, que viene siendo lo de menos... mientras tanto, la banda municipal, que ya empieza a hacer nacer esa vieja música desde tantas bocas y tantas piernas y tantos brazos, y allí, en esa música, bien puede uno quedarse a dormir.
Último día
Pero había que madrugar porque era viernes y eran las ponencias a las nueve treinta, porque la Revolución también se encuentra en la narrativa breve tamaulipeca (Arturo Zárate Ruiz, El Colegio de la Frontera Norte), y ahí tienes a Marcos Manuel Rodríguez Leija, René Espinosa Olvera y Guillermo Lavín; una revista de principios de siglo, la yucateca Tierra y sus contenidos en tiempos revolucionarios de cuento fantástico y cuento realista (Damiana Leyva Loría, BUAP) convivió con A la sombra de mi ceiba de Mediz Bolio (Francisco Paoli B., UNAM) y una señora socióloga guatemalteca que en pleno congreso de estudios literarios se echa la puntada de decir “pero la literatura no es lo más importante”, dicho lo cual hízose el silencio, y la misma mujer complementa: “bueno, para ustedes sí, porque estudian eso, pero en realidad no es lo más importante” (Ligia Escriba, Guat.), y tenía razón.
El señor no pudo ir a la ponencia de la diseñadora gráfica porque al mismo tiempo se celebraría una mesa de narrativa, la cual gustóle mucho y celebró que se hablara tanto de Ignacio Solares (Rosario Espinoza Sánchez y Enrique Chuc López, UACampeche) y de El álbum de Amada Díaz de Ricardo Orozco (Rogelio Rosado Marrero, UADY), que francamente le pareció al señor una de las mejores ponencias por él presenciadas.
El señor, sin embargo, no pudo mucho tiempo quedarse por esos lugares porque, como le gusta complicarse la vida, no tenía boletos de regreso al lugar de donde vino y si se iba por autobús se echaría dos días de camino más molestias derivadas porque las carreteras del país estaban hechas moco, y así no se puede viajar del todo por tierra: rutas cerradas, corridas de autobuses canceladas a ahora búscate una sucursal de una compañía aérea en Mérida, ciudad que no conoces, y me dices qué tal te va.
Afortunadamente no es Xalapa y perderse ahí no es tan traumático, el señor, que creyóse perdido (no sólo en la ciudad sino también en la Historia) cuando vio una estatua ecuestre de Miguel hidalgo, dio vuelta en una calle que le indicaron y encontró ipso facto la avenida que buscaba, la Montejo, qué otra, y cómprate el boleto de regreso, y éntrate más en gastos y en mentadas de madre, ¡mare! En eso se le fue la tarde al señor, fue a comerse su pescado al coco para alegrarse un poco el día, y funcionó, porque entonces tuvo ganas de volver a las ponencias últimas del coloquio, porque a eso había ido hasta allá... pero al llegar hete ahí con que el señor llegó nada más a la entrega de reconocimientos, y ahora tenía que esperarse una hora o dos, a ver cómo, hasta que empezara la conferencia magistral que habría de dictar Margarita León Vega sobre Los recuerdos del porvenir de Elena Garro... así que, a esperar.
Ahí en la fila, pasadas tres horas, el señor encontróse con el michoacano, la campechana y la segunda del comité organizador, que seguía huyendo de sus donjuanes meridanos, pero no podían seguir insistiendo ahí mientras León Vega (el señor se enteraría días después de que Margarita es hermana de Eugenia) hablaba de polifonía y crónica local y femmes fatales y de la historia en la novela, cosa que provocó al final de cuentas un clamoroso aplauso por parte de los receptores del discurso.
Los representantes del comité organizador agradecieron infinitamente a todos los que hicieron de este Congreso lo que fue, que vinieron de tantas partes, desde Tamaulipas hasta Chile, y un profundo agradecimiento sobre todo a la primera del comité organizador, de pie, por favor, no, que no está, dice la segunda, no pudo venir porque un carro le dio en la rodilla con la defensa y fue a atenderse, pero al rato ofrece su casa para el after party, con lo cual se dio contento a todos los que escucharon.
A la salida, el señor, la yucateca hija pródiga y la diseñadora gráfica se apañaron a la conferencista León Vega y empezaron a hablar de la Garro y de cómo había resultado tan bien esto, tan bien lo otro, que muchas gracias, que ojalá les haya gustado, que desde luego, y en ese momento llegan los raros bocadillos yucatecos que mezclan lo dulce y lo salado, el vino tinto, y oh sorpresa les traemos el bailable yucateco tradicional, qué lindura.
Precisamente en ese momento el señor recordó que el amigo de la amiga de Mérida que le iba a dar hospedaje tocaría su guitarra rockera esa noche en el Mayan Pub, que estaba a dos cuadras del recinto que albergó al Congreso y empezó a invitar a todos los que conoció: a la yucateca y a la diseñadora, al michoacano, a los potosinos, a las unamitas, a la segunda del comité organizador, la cual, sin asomo alguno de emoción, dijo “ok”, se estuvo callada un rato y empezó a caminar por el pasillo, pasillo por el cual venían hacia ella sus tres pretendientes, ante cuya vista la segunda del comité organizador dio media vuelta y le preguntó al señor: “¿puedo ir contigo al rock?”, cosa que le causo mucha gracia al señor y le dijo que “órale”.
Mientras empezaba lo del Mayan Pub, el señor vio de nuevo el bailable yucateco y en eso estaba cuando ve que una de las ponentes del congreso se para lista para irse, pero antes de dejar el recinto se le acerca y le pregunta: “¿tú eres de la Universidad Veracruzana”, a lo que el señor dice que en efecto, y la maestra Suárez Turriza le dice que ella estudió ahí la maestría, que conoce a tal y a cual y que por favor les mandara muchos saludos, cómo no, con mucho gusto, y estamos en contacto, mucha suerte, buen viaje, qué gusto y todo eso con lo que uno siempre espera quedar bien...
Noticias sobre la primera del comité organizador: nada grave y estará bien para el prometido after. Pero el señor tiene que ir al Mayan a ver a Edgar Ibarra a ver si de veras, y ahí se encuentra a las unamitas echando cerveza, qué tal, muy bien, qué bueno, intermedio y ya va siendo hora de reportarse con la primera del comité organizador, ya están en el punto de reunión, y habrá fiesta, irán ella, la segunda, el chileno y otros tres o cuatro yucatecos y ahí podrán hablar un rato, escuchar la música, preparar brebajes y el señor estará pensando más bien en su regreso a Xalapa al día siguiente, en que no podrá estar mucho tiempo, en que la capital de la República Independiente del Yucatán tiene mucho de blanca y mucho de colorida, en que buscará pretexto para regresar en cuanto pueda, en que tiene que volar de regreso y con el bolsillo muy mermado, en que a lo mejor ahora sí le confiscan el cortaúñas.
El aplauso recibió en el autobús a los tres últimos que lo abordaron, el señor, la yucateca hija pródiga y la diseñadora gráfica y ándate de nuevo una hora de trayecto, más o menos, que el pequeño pueblo de Valladolid con su pequeña plaza y su pequeño museo que espera a los visitantes. Éstos están en el autobús y se reanuda la plática; en la parte trasera del autobús, en la media, en la frontal, la primera del comité organizador recorre todas las pláticas y busca amenizar con los invitados todos, todos, tantísimos, y al lado del señor la segunda del comité organizador ya no sabe cómo decirle al del asiento de atrás que por favor ya se calle, ella lo intenta callándose ella misma, pero el otro no para, y no para, y no para, y prefiere buscar un pretexto para preguntarle al de al lado, en un descuido del otro individuo, que cómo va ese Saramago.
El señor, que no ha leído ese libro de Saramago, le pregunta a la segunda del comité organizador y ella le dice que tampoco lo ha leído, bueno, apenas empecé, y qué tal, pues que es maravilloso, como todo lo que escribe Saramago, y el señor, fiel a su costumbre, no pudo evitar salir con su domingo siete cuando dijo que pues a él no le gustaba mucho Saramago. La segunda del comité organizador peló tamaños ojos y que cómo es posible, pues sí, entonces qué te gusta, pues esto y lo otro, y a ti, pues esto otro, y por eso estudio letras en la licenciatura, dice ella, séptimo semestre o algo así. ¿Y de qué estás haciendo tu tesis?, pregunta el señor, a lo que recibe como respuesta: “Caribe”, y se quedó exactamente con la misma cara que el lector acaba de poner. (Ahondado, el señor logró descubrir que la tesis famosa era sobre un escritor caribeño cuyo nombre no fue capaz de retener.)
Y así fuese el viaje, llegada a Valladolid, viaje relámpago porque estuvieron en Chichén más tiempo del planeado, y ora búscate dónde comer, ¿usted dónde sugiere, señor policía?, pregunta la yucateca hija pródiga, no pues que acá o acá, dícele el uniformado, y ahí van ella, la diseñadora gráfica, el michoacano y el señor y se ordenan unos bien surtidos platillos típicos, pero el michoacano, ah el michoacano, ése sí su lomito asado, su plato de frutas, su arroz con plátano frito y quién sabe qué más, que al final terminó diciendo “ay, ya no puedo, ¿gustan?”, y pues sí, todos gustaron un poco. (¿Puedo robarte una papa”, pregúntale la yucateca, “sí, lo que quieras”, responde cortés el michoacano, “hasta un beso después, si quieres, me puedes robar”, complemente, y minutos después se pone a hablar de su esposa e hijo, so funny.)
Y qué mejor que el museo para hacer digestión, museo que se recorre en tres minutos, con sus tipos yucatecos, sus artefactos de las desaparecidas culturas, sus documentos históricos, sus muestras minerales, y ya estamos afuera y ahora sí no hay que llegar tarde, abordemos, y ahora, falta el conferencista de ayer, hay que esperarlo y, como a los tres antedichos, lo recibe una ola de aplausos por ser el último en abordar, y dice con humor: “Ni en la conferencia me aplaudieron tanto”... Pero hay que ir a Izamal, ver su placita pública, los niños afuera tocando mejor que los de cierta orquesta, el monasterio-iglesia, las fotos, el atardecer, tírense al pasto, posen como los hermanos Almada para la foto, sonrían, bailen, hay que entrar a la iglesia, los santos, las estatuas, la fachada, la explanada, y los helados, sobre todo los helados... El señor perdió a los de su grupo y unióse así sin más a otro, y de nuevo, por qué letras habiendo otra cosa, por qué en Xalapa, porqué desde Campeche, por qué no otro lado, pero qué bueno que al menos por estos días es Mérida, Mérida y sus guayaberas de henequén, Mérida y su propio Louvre, Mérida y sus calles trazadas sobre cuadrícula, Mérida y sus alrededores.
La luz se ha desvanecido, y con ella la tarde, y hay que volver al bus, ahora a paso lento, ya no tiene caso, ya pasan de las ocho y el plan era estar de vuelta en Mérida a las siete, media hora más acá no hará mal, camina lento, el autobús no se irá, el día tampoco, pero Mérida quizá sí, y entonces, aunque estemos acá muy a gusto, con nuestros helados y nuestros refrescos, hay que volver.
El señor retomó su lugar, todos tenían ganas de conversar y de platicarse y de decirse, pero el cansancio era mucho, el michoacano ya hablaba con una estudiante campechana, los potosinos contaban chistes, la segunda del comité organizador se escapaba de sus perseguidores a quienes dejaba invariablemente hablando entre sí, trabando bonita amistad. El señor, entre tanto, entrevistóse con la primera del comité organizador, y resulta que ella también ha andado en esas tierras frías, en Real del Monte, qué curioso, eso y las matemáticas y las letras y en eso se fue el viaje de regreso.
El autobús, ya en Mérida, vomitó a todos sus pasajeros y huyó apenas pudo, y ahí en la mancha de gente nacieron los saludos, las despedidas, los planes, los intercambios de señas y datos, el señor, la diseñadora y la yucateca fuéronse a cenar, a ver dónde, tú qué sí sabes, entonces los guía, por aquí, por acá, hoy hay trova de la yucateca, la única trova, y bailes típicos, vamos a verlos, y después sí, la cena, que viene siendo lo de menos... mientras tanto, la banda municipal, que ya empieza a hacer nacer esa vieja música desde tantas bocas y tantas piernas y tantos brazos, y allí, en esa música, bien puede uno quedarse a dormir.
Último día
Pero había que madrugar porque era viernes y eran las ponencias a las nueve treinta, porque la Revolución también se encuentra en la narrativa breve tamaulipeca (Arturo Zárate Ruiz, El Colegio de la Frontera Norte), y ahí tienes a Marcos Manuel Rodríguez Leija, René Espinosa Olvera y Guillermo Lavín; una revista de principios de siglo, la yucateca Tierra y sus contenidos en tiempos revolucionarios de cuento fantástico y cuento realista (Damiana Leyva Loría, BUAP) convivió con A la sombra de mi ceiba de Mediz Bolio (Francisco Paoli B., UNAM) y una señora socióloga guatemalteca que en pleno congreso de estudios literarios se echa la puntada de decir “pero la literatura no es lo más importante”, dicho lo cual hízose el silencio, y la misma mujer complementa: “bueno, para ustedes sí, porque estudian eso, pero en realidad no es lo más importante” (Ligia Escriba, Guat.), y tenía razón.
El señor no pudo ir a la ponencia de la diseñadora gráfica porque al mismo tiempo se celebraría una mesa de narrativa, la cual gustóle mucho y celebró que se hablara tanto de Ignacio Solares (Rosario Espinoza Sánchez y Enrique Chuc López, UACampeche) y de El álbum de Amada Díaz de Ricardo Orozco (Rogelio Rosado Marrero, UADY), que francamente le pareció al señor una de las mejores ponencias por él presenciadas.
El señor, sin embargo, no pudo mucho tiempo quedarse por esos lugares porque, como le gusta complicarse la vida, no tenía boletos de regreso al lugar de donde vino y si se iba por autobús se echaría dos días de camino más molestias derivadas porque las carreteras del país estaban hechas moco, y así no se puede viajar del todo por tierra: rutas cerradas, corridas de autobuses canceladas a ahora búscate una sucursal de una compañía aérea en Mérida, ciudad que no conoces, y me dices qué tal te va.
Afortunadamente no es Xalapa y perderse ahí no es tan traumático, el señor, que creyóse perdido (no sólo en la ciudad sino también en la Historia) cuando vio una estatua ecuestre de Miguel hidalgo, dio vuelta en una calle que le indicaron y encontró ipso facto la avenida que buscaba, la Montejo, qué otra, y cómprate el boleto de regreso, y éntrate más en gastos y en mentadas de madre, ¡mare! En eso se le fue la tarde al señor, fue a comerse su pescado al coco para alegrarse un poco el día, y funcionó, porque entonces tuvo ganas de volver a las ponencias últimas del coloquio, porque a eso había ido hasta allá... pero al llegar hete ahí con que el señor llegó nada más a la entrega de reconocimientos, y ahora tenía que esperarse una hora o dos, a ver cómo, hasta que empezara la conferencia magistral que habría de dictar Margarita León Vega sobre Los recuerdos del porvenir de Elena Garro... así que, a esperar.
Ahí en la fila, pasadas tres horas, el señor encontróse con el michoacano, la campechana y la segunda del comité organizador, que seguía huyendo de sus donjuanes meridanos, pero no podían seguir insistiendo ahí mientras León Vega (el señor se enteraría días después de que Margarita es hermana de Eugenia) hablaba de polifonía y crónica local y femmes fatales y de la historia en la novela, cosa que provocó al final de cuentas un clamoroso aplauso por parte de los receptores del discurso.
Los representantes del comité organizador agradecieron infinitamente a todos los que hicieron de este Congreso lo que fue, que vinieron de tantas partes, desde Tamaulipas hasta Chile, y un profundo agradecimiento sobre todo a la primera del comité organizador, de pie, por favor, no, que no está, dice la segunda, no pudo venir porque un carro le dio en la rodilla con la defensa y fue a atenderse, pero al rato ofrece su casa para el after party, con lo cual se dio contento a todos los que escucharon.
A la salida, el señor, la yucateca hija pródiga y la diseñadora gráfica se apañaron a la conferencista León Vega y empezaron a hablar de la Garro y de cómo había resultado tan bien esto, tan bien lo otro, que muchas gracias, que ojalá les haya gustado, que desde luego, y en ese momento llegan los raros bocadillos yucatecos que mezclan lo dulce y lo salado, el vino tinto, y oh sorpresa les traemos el bailable yucateco tradicional, qué lindura.
Precisamente en ese momento el señor recordó que el amigo de la amiga de Mérida que le iba a dar hospedaje tocaría su guitarra rockera esa noche en el Mayan Pub, que estaba a dos cuadras del recinto que albergó al Congreso y empezó a invitar a todos los que conoció: a la yucateca y a la diseñadora, al michoacano, a los potosinos, a las unamitas, a la segunda del comité organizador, la cual, sin asomo alguno de emoción, dijo “ok”, se estuvo callada un rato y empezó a caminar por el pasillo, pasillo por el cual venían hacia ella sus tres pretendientes, ante cuya vista la segunda del comité organizador dio media vuelta y le preguntó al señor: “¿puedo ir contigo al rock?”, cosa que le causo mucha gracia al señor y le dijo que “órale”.
Mientras empezaba lo del Mayan Pub, el señor vio de nuevo el bailable yucateco y en eso estaba cuando ve que una de las ponentes del congreso se para lista para irse, pero antes de dejar el recinto se le acerca y le pregunta: “¿tú eres de la Universidad Veracruzana”, a lo que el señor dice que en efecto, y la maestra Suárez Turriza le dice que ella estudió ahí la maestría, que conoce a tal y a cual y que por favor les mandara muchos saludos, cómo no, con mucho gusto, y estamos en contacto, mucha suerte, buen viaje, qué gusto y todo eso con lo que uno siempre espera quedar bien...
Noticias sobre la primera del comité organizador: nada grave y estará bien para el prometido after. Pero el señor tiene que ir al Mayan a ver a Edgar Ibarra a ver si de veras, y ahí se encuentra a las unamitas echando cerveza, qué tal, muy bien, qué bueno, intermedio y ya va siendo hora de reportarse con la primera del comité organizador, ya están en el punto de reunión, y habrá fiesta, irán ella, la segunda, el chileno y otros tres o cuatro yucatecos y ahí podrán hablar un rato, escuchar la música, preparar brebajes y el señor estará pensando más bien en su regreso a Xalapa al día siguiente, en que no podrá estar mucho tiempo, en que la capital de la República Independiente del Yucatán tiene mucho de blanca y mucho de colorida, en que buscará pretexto para regresar en cuanto pueda, en que tiene que volar de regreso y con el bolsillo muy mermado, en que a lo mejor ahora sí le confiscan el cortaúñas.
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