marzo 30, 2011

Misterios de la vida diaria: La lavadora y centrifugadora

Llega un momento en la vida de todo ser humano en el que conoce a una persona que dice cosas como la siguiente: “Compramos un reproductor estéreo de dos mil canales, con salidas a audio, video y USB, un Kenwood de los más recientes, modelo ST-147L16/h16mgh con doce puertos de entrada y 256 mhz de potencia, compatible con resistencias de 293dh y 674ft, y adaptadores digitales de hasta 4Gb. Es americano”. Uno, que no es ingeniero (aun siendo hijo de ingeniero), siente que le hablan en arameo.
Luego esas personas, cuando son conscientes de ese poder de engaño de que son poseedoras, quieren tomarle el pelo a todo el mundo. No se deje. Si alguien, le advierto, llega hablarle de su antigua Daewoo dw-4230 de doble acción y velocidades ajustables, no se deje engañar: es una lavadora-centrifugadora. Ha quedado usted advertido. Se lo digo porque he tenido un encuentro con uno de esos aparatos. Es el segundo, entre los de su género, que uso.
La lavadora-centrifugadora Daewoo dw-4230 es un invento del hombre blanco contemporáneo (bueno... ya ni tan contemporáneo) que tiene tres funciones principales, y no dos, como su nombre haría suponer al ingenuo usuario. La primera es lavar la ropa. La segunda, centrifugarla. La tercera, desaparecer los calcetines.
Para llevar a cabo exitosamente estas tres acciones, la dw-4230 cuenta con dos compartimentos: en el primero y más amplio, uno coloca las prendas de ropa que ha usado en la semana y que considera, por decoro e higiene, que no se deben seguir usando, a menos que hayan pasado por un riguroso proceso de desmaculación, que es lo que uno se dispone a llevar a cabo. Se sugiere no mezclar las prendas blancas con las pintorescas, a riesgo de que las primeras terminen pareciendo vestuario hippie. Una vez colocada la tanda de ropa (máximo 4.2 kilos), uno distribuye el detergente de ropa (que uno tuvo previamente el cuidado de comprar, porque si no va a tenerle que pedirle tantito a la vecina) en la superficie de las prendas, y mediante unas mangueritas convenientemente dispuestas hace caer el agua en el tal compartimento.
No debe uno esperar a que el compartimento se llene de agua, porque puede uno esperarse los siglos; se activa el cronómetro y se deja que el agua fluya. Entonces deberá uno poner el cronómetro de la dw-4230 por el tiempo que le parezca conveniente, siempre y cuando no quede debajo de los tres minutos ni supere los quince. Luego se va uno a leer el periódico, y al cabo del tiempo especificado obstruye el paso del agua a través de las mangueras. La primera acción del lavado ha terminado, y uno se va con la ilusión de que la ropa está limpia porque le echó Ariel Oxianillos y huele a primavera... pero si uno tiene el cuidado de atender el proceso de lavado, verá que al fondo del primer compartimento hay una especie de hélice que se encarga de llevar la ropa de un lado a otro, de modo que ésta nomás da vueltas, proceso que puede llevar a cabo perfectamente con una cubeta y el palo de una escoba... ah, pero la ilusión no tiene precio. Lavar la ropa en lavadero es mucho más efectivo, pero más trabajoso, y menos ilusorio, claro está.
La tanda de ropa se pasa del primer compartimento al segundo, en el que se llevará a cabo el proceso de centrifugado. Ahí la ropa vuelve a dar vueltas, pero ahora sin agua y sin detergente, y a velocidades supersónicas. Este proceso en indispensable, pues con el centrifugado la ropa se somete a un proceso de secado, antes de colgarla para que se seque. El usuario, que conoce los conceptos básicos de la física, sabe que la fuerza centrífuga, principio que da sentido al segundo proceso de la dw-4230 y que se opone a la fuerza centrípeta, es aquélla que aleja los elementos de un sistema del centro del mismo. De modo que uno pone el cronómetro, y al cabo de los tres o cuatro minutos, durante los cuales la dw-4230 produce un sonido que ya quisiera Spielberg para sus películas de marcianos, las prendas están pegadas en las paredes del segundo compartimento, de donde hay que desprenderlas con extremo cuidado. El usuario se da cuenta entonces de que no debe dejar las Halls de miel con la ropa blanca que quiere lavar, a riesgo de que una serie de vivos amarillos se dispersen aleatoriamente por todas las prendas, dándoles a algunas aspecto de descuido, y a otras, de coquetería.
El usuario coloca entonces la ropa en el mismo utensilio (cubeta o cesto) que usó para llevarla desde la recámara al cuarto de lavado, y transporta las prendas hasta la azotea, donde las cuelga cuidadosamente de unos mecates, tan resistentes como improvisados, dispuestos para tal fin. A lo largo de este tercer proceso, que completa la tarea de lavado de ropa, el usuario se dará cuenta de que tiene, en el mejor de los casos, un calcetín menos de cuantos se disponía a lavar. Es el precio de la comodidad. ¿En qué momento el calcetín pasó de una dimensión a otra? Misterio.
Conviene advertir, a modo de paréntesis, que uno debe tener cuidado con la ropa que cuelga, no sólo porque si el cielo está nublado no se le va a secar nunca (es necesario que haya sol o viento), sino porque los vecinos siempre están a la expectativa. Gracias a la ropa que aparece en los tendederos, uno puede llegar a conocer muchos detalles de la vida de los vecinos.
1. Por las sábanas: de qué tamaño tienen la cama, a qué equipo de futbol le van, y si sus hijos ven La sirenita o Transformers, por ejemplo.
2. Por la vestimenta diaria: la talla, si son cholos o no, si van mucho al teatro, a la ópera o a las hamburguesas, si hacen ejercicio, por quién votaron en las pasadas elecciones, si fueron a Acapulco o a Veracruz, a qué equipo de futbol le van, y si sus hijos ven Bob Esponja o Garfield.
3. Por las prendas íntimas: las tallas, las manías y fantasías, el grado de autoestima, si la vecina es una cursi o una... atrevida (disculpará usted el pudor, pero uno nunca sabe quién lo lee), si tienen o no pareja, si hay nueva vecina o nuevo vecino, a qué equipo de futbol le van y si el papá se siente Batman o Supermán.
Al cabo de un par de horas la ropa ya está seca y lista para volver a usarse. Como si se tratara de frutas madura, hay que recolectar las prendas con un cesto. El proceso se repetirá al cabo de una semana o dos, cuando nuevamente uno carezca de prendas presentables. La dw-4230 esperará paciente a que vuelvan a requerirla, y entonces cobrará su consabida cuota.
Si bien hacer uso de la lavadora y centrifugadora Daewoo dw-4230 supone ciertas comodidades en la saludable práctica de higienizar las cosas que uno se pone en el cuerpo, para protegerse del clima y de la lascivia, uno corre el riesgo de perder, al menor descuido, uno por uno, todos los calcetines que se ha comprado en la vida.

Nota: El título "Misterios de la vida diaria" se lo robé a Jorge Ibargüengoitia, quien seguramente lo leyó en algún periódico mexicano del siglo XIX.

4 incrédulos descreen:

Char dijo...

¡Vendida! Como yo no tengo calcetines podría tener una relación que convenga a ambas partes con la famosa Dw-4230, ahora falta ver qué clase de ofrenda requerirá en lugar de calcetines

Julio Romano O. dijo...

Hm... Quizá has llegado a ello debido a tu excesivo contacto con la dw-4230 en tiempos pasados y remotos... En cualquier caso, quizá cuando uno deja de echarle calcetines, va en pos de las playeras. Misterio...

Char dijo...

Romano, he llegado a ello debido a que prefiero ofrendar calcetines a la dw-4230 a lavar a mano pantalones de mezclilla.
¡Oh el comfort de la civilización moderna (¿postmoderna? ¿contemporánea?) y sus ilusorias promesas!
Jajajajajajaja

Julio Romano O. dijo...

El hombre moderno (¿postmoderno? ¿contemporáneo?), estimada Lotte, es capaz de muchas locuras con tal de no lavar a mano los pantalones de mezclilla.
Ceder un calcetín, o dos, bien vale la pena.