Una vez más, el señor se cambia de departamento; y quien más va a sufrir con ello es el gato de la vecina, porque quien le da de comer al gato no es la vecina, sino el señor, y eso a veces, porque no siempre come cosas cuyos pellejos le pueda dejar al morrongo. La casera no lo sufrirá tanto porque al cabo de un par de días encontrará, sin duda, otro inquilino, uno que sí se sienta a gusto con los recuerditos de los perros en las afueras de su casa, las fugas de agua, el agua tibia-en-el-mejor-de-los-casos y la falta de cable cuando se supone que debería poder gozar de ochenta canales para terminar viendo el cinco. Ah, y un vecino baterista que vive en el piso de arriba.
El caso es que el señor se va, una vez más, a cambiar de departamento, y pobre gato; desde este sábado, el señor residirá en su cuarto techo xalapeño, y desde el domingo en el quinto, en donde residirá lo que queda del semestre. Sí, los dos meses que quedan del semestre. El señor suele tomar decisiones de este tipo quizá cuando es menos oportuno; en rigor, las decisiones que toma el señor siempre tienen algo de descabellado, que generalmente se resuelve de modo favorable. Cuando no, el señor hace un coraje; luego se ríe y canta. Pero son muy sus decisiones.
El nuevo domicilio del señor tiene ventajas y desventajas; es decir, es distinto del anterior, por razones que ya el futuro determinará si son ventajosas o desventajosas. De entrada, es ligeramente más económico que el anterior y está más cerca de la escuela: a 5 minutos, cuando el anterior estaba a 20; en contraparte, el nuevo hogar está a 20 minutos de la casa de una muchacha que le hace ojitos al señor, y el antiguo estaba a 8; el nuevo está a 7 minutos del tianguis, cuando anterior estaba a 20; el viejo estaba a 8 minutos de la señora que le vende los quesos, y el nuevo a 25; pero, eso sí, ambos están a 30 minutos de la biblioteca. Lo que ora sí le quedó lejos al señor es el recinto en donde toca la orquesta, pero en compensación tiene la central de autobuses a tiro de piedra. (Nota: Todas las distancias medidas en tiempo están calculadas a partir de la velocidad a la que camina el señor.)
Dado que los dos domicilios no están muy lejos, el señor tuvo una idea genial: en un par de viajes iría a dejar en el nuevo lugar, valiéndose de su maletita con ruedas, los libros y papeles que el señor posee, para así ahorrarse una lana en cuestiones de mudanza; lo que al señor pareció habérsele olvidado es que lo que estudia es Literatura, y que si bien su madre le enseñó que en una maleta caben más cosas de las que parece, el señor pasó por alto que una cosa es atiborrar una maleta de ropa y otra muy distinta es atiborrarla de libros, de modo que la maletita con ruedas del señor llena de libros resulta que pesa lo mismo que el tesoro de Barba Roja (y vale lo mismo, claro, pero hay que saber usarla).
El señor había estado tratando de cambiarse desde hacía unos meses, pero no había encontrado un sitio que le convenciera y le lo animara a disponerse a hacer todo el circo que implica irse a vivir de un lugar a otro. En su primer semestre en Xalapa el señor estuvo bajo régimen de pupilaje, lo cual terminó por hartarlo, sobre todo al descubrir que quienes vivían en la misma casa se comían su pan, sus salchichas y, lo que no era de ningún modo tolerable, su chocolate. El señor decidió buscar mayor independencia y para el siguiente semestre halló refugio, en lo que encontraba nuevo hogar, con un amigo que no lo dejaba dormir por estarle diciendo cosas sobre las telenovelas, lo cual apremió al señor a buscar residencia con resultados inmediatos.
Así, el señor encontró el lugar en el que ahora reside, primero en la planta baja, donde no estuvo más de dos meses debido a que sus habitaciones eran invadidas por el moho y los bichos, entre ellos cucarachas y babosas, dos insectos que le provocan al señor especial repugnancia (en especial cuando los encontraba sobre su cepillo de dientes) y que lo llevaron a elucubrar diversas e ingeniosas formas de deshacerse de ellos. Por ejemplo, ¿había usted conocido a alguien que matara a una babosa dejándole caer encima un tabique? No, ¿verdad?
Apenas se desocupó un sitio en la planta superior, el señor pidió su cambio y éste le fue concedido. Ahí el señor estuvo más a gusto al principio; los insectos, si bien los había ocasionalmente, no lo acosaban tanto como en el sótano, pero encontróse el señor con dos desventajas: 1. conforme fue conociendo el clima bipolar de la ciudad de Xalapa, el lugar concentraba especialmente la humedad, lo cual le obstruía los conductos respiratorios, y al señor no le causaba nada de gracia eso de dormir en un lugar en el que no pudiera respirar; 2. en el lugar de la parte superior no se contaba con gas, de modo que el señor se las tuvo que arreglar con una pinche parrilla eléctrica que parecía de juguete, con la que nunca pudo hacer unas milanesas decentes, ni un caldo de pollo bien cuajado, ni una sopa de municiones o de letras que le supiera bien a jitomate; a últimos tiempos, ni bísquets con mermelada ni té le han salido bien.
Así que el señor decidió que ya basta, y que lo que queda de estadía en Xalapa lo debería pasar mejor, sin preocuparse por cómo hacerle para respirar, comer y bañarse con agua caliente, por ejemplo... porque luego la regadera (que era eléctrica) se descomponía y en los tiempos de frío nomás hacía como que le quitaba lo frío al agua. Y eso de que se descomponga la regadera eléctrica tampoco le parecía muy simpático al señor.
Seis meses después, cuando el otoño y el invierno han quedado atrás, el señor encontró un lugar que le cuadra, después de ver numerosos sitios que rayaban en el surrealismo, luego del frustrado proyecto de compartir departamento con un amigo, que encontró un lugar que le pareció inmejorable, al que el señor le puso una serie de razonables peros. El amigo dijo que él sí se lo apañaba y que el señor le hiciera como quisiera; el señor le hizo como quiso, y se viene enterando de que el amigo vive con la ex novia todavía, y que no se ha cambiado porque quién sabe qué problemas tiene con el baño y la Internet. En fin. Ah, por cierto, el señor también se enteró de que su ex concuña se ve en las noches con el vecino baterista... y no le da la gana relatar cómo fue que se enteró de eso.
Así, pues, el señor deja el apartamento morado que lo acogió durante un año (sí, un año, con todo lo que acaba de decir el señor) sin haber hecho amistad más que con el gato, y ésa, sospecha el señor, es por conveniencia. Ni con los de al lado, ni con los de enfrente ni con los de su mismo edificio logró el señor entablar relaciones bien de amistad bien de simple cordialidad (al señor no se le da eso), salvo por el caso de un vecino pianista que se fue a los dos meses de llegado porque se peleó con la casera. También se peló con una amiga del señor, a cuya azotea se trepó estando mariguano, pero ése es otro cuento.
Total, que el señor pasará la noche del viernes empacando lo empacable y quebrándose la cabeza con lo que, ya lo está viendo, no le va a caber, mientras la orquesta toca Debussy y Bartók, mientras el vecino se prepara para ensañar sábado y domingo en la mañana, mientras la muchacha que le hace ojitos está en el cine, mientras la ciudad se prepara para bailar, mientras el gato maúlla afuera y araña la puerta... y hablando de arañas, el señor francamente espera que sea de buena suerte eso de que a uno le pique una araña cinco veces en la espalda justo antes de cambiarse de casa. A ver.
2 incrédulos descreen:
Uff, mudanzas! Ya mejor ni le digo nada al señor, baste con informar que sigo viviendo en la oficina...
Bueno... al menos te ahorras la renta.
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