Los acontecimientos se precipitaron. El señor también.
Justo cuando se le terminó el bono de posgrado que le permitía sobrevivir, si no con holgura, sí con cierta tranquilidad, le entró la ansiedad: la ansiedad de pasar de ser, de un mes para otro, de un prestigioso estudiante de posgrado... a un desempleado más.
Pero el Demonio disfrazado de Providencia le tenía deparada una sorpresa: la Escuelita Superior del Estado de la Ventolera, de donde es egresado el señor, necesitaba de sus servicios profesionales y de sus conocimientos en cuanto a sintaxis, gramática, ortografía, redacción, cultura general y afines. El señor dijo: “No es tan mala idea”, a pesar de que la aceptación del trabajo implicaría que tendría que reinstalarse en Tuzópolis (creo que hemos sido demasiado obvios...). Lo pensó, lo pensó, le di vueltas, pensó que en Fungilópolis estaba más a gusto pero sin trabajo, que tenía a la mano bibliotecas y asesores para terminar con buena fortuna su tesis, pero ¿y cómo iba a sobrevivir el señor en esa jungla de asfalto... y moho?
De repente, se le ocurrió una genialidad: propondría hacer el trabajo a distancia. Total, había descubierto que trabajaba con un titipuchal de gente que conocía: excompañeros de universidad y de trabajo, exmaestros, exjefes de radio... Planteó el asunto y todos estuvieron de acuerdo en que no era descabellada su propuesta. Total, el señor ya tenía experiencia laboral en el asunto, y sabía que si iba a trabajar en una computadora, daba lo mismo que ésta se hallara donde quiera, y que su presencia física no era necesaria en la oficina pues no iba ni a picar piedra y ni a remolcar materiales de construcción.
El señor expuso el muy racional argumento ante todos sus conocidos, quienes no encontraron manera de refutarlo y hasta lo encontraron plausible. La jefa incluida. Otro punto a favor del señor: de las ocho horas consecutivas que pasaba en la oficina, dedicaba dos o tres al trabajo, el cual despachaba adecuadamente, y durante las cinco o seis restantes leía, se aburría o adelantaba algunos aspectos de su tesis.
Para que el lector pueda darse una idea más amplia de la situación del señor, éste leyó (o releyó), en menos de dos meses, en horario de oficina:
Decencia de Álvaro Enrigue
Deshoras de Julio Cortázar
El cantor de tango de Tomás Eloy Martínez
Ficciones de Jorge Luis Borges
Una amplia antología de la narrativa de J. L. Borges
Una antología de cuentos italianos
Media antología de cuentos del siglo XX
Algunos relatos de Samuel Beckett
La muerte en Venecia de Thomas Mann
La energía de los esclavos de Leonard Cohen
Camas de Groucho Marx
El arrancacorazones de Boris Vian
Ahora brilla el sol de Ernest Hemingway
La boca llena de tierra de Branimir Scepanovic
Ubu rey de Alfred Jarry
Edipo rey de Sófocles
Además, el señor terminó el tercer capítulo de su tesis, en una primera versión, y planificó el contenido y la estructura del cuarto y último. Así de tiempo libre tiene el señor en su oficina.
Ante tales pruebas, no pudieron en la oficina más que estar de acuerdo con el señor, y se propuso una fecha para iniciar el periodo de prueba de trabajar a distancia. Claro que, en la semana de fuerte carga de trabajo (el cierre de edición de una revista mensual), el señor trabajaría presencialmente, como todo un profesional.
Pero luego... luego... sobrevino el caos. La jefa fue removida de su cargo, y exiliada a una pequeña oficina en la punta de un cerro, cerca de donde también tienen exiliados a los estudiantes de Artes. Y la directora general no ve con buenos ojos eso del trabajo a distancia. Luego, los trabajos de la Feria del Libro, que fue caótica desde el punto de vista logístico y propagandístico, pero un éxito absoluto y contundente desde la siempre misteriosa óptica de las autoridades.
Los planes del señor se venían lentamente abajo... a lo que se sumaba el hecho de que, como era nuevo en esa oficina donde los contratos se renuevan semestralmente... el suyo aún no estaba aprobado. O sea que, encima, el señor está trabajando de a gratis. Y por honorarios. (Los trámites en Hacienda merecen capítulo aparte.) “Te vamos a pagar retroactivo, danos unas semanas más, no pasan de tres, en lo que se aprueba el trámite”, le dicen al señor, y él nomás piensa que a él le hablaron de un trabajo, no de una cuenta de ahorros. Retroactivo... y ¿mientras? ¡Ah!, y encima, le dio gripa.
Mientras, han llegado noticias: el sustituto de la jefa puede ser: a) su antiguo coordinador de carrera, o b) su antigua profesora de radio. En cualquiera de los dos casos, el señor podría renegociar. Pero los rumores pueden ser falaces.
El señor sopesa la situación:
Estos dos meses (casi tres) los hubiera podido pasar en Fungilópolis, con todo a mano, incluida la muchacha que le hace ojitos, y avanzar más sustancialmente en su tesis. A lo mejor hubiera repartido su currículum como hojas volantes y alguien se hubiera interesado en sus servicios. Hubiera, con esas mismas oscuras intenciones, estrechado lazos con sus maestros y tutores. ¿Y ahora?
El señor irá a Fingulópolis. Ha dicho a la directora general que para ya traerse sus cosas, cosa que, en el fondo, el señor no tiene la menor intención de hacer. Esa semana, el señor trabajará a distancia. Por ahora, contempla el tablero.
Una semana. Ocho días en Fungilópolis.
“What to do...? What to do...?”
“Uma intensa luz que não se vê...”
4 incrédulos descreen:
Sí, estuvimos resultando obvios, aunque innegablemente ingenioso.
Por otro lado, el nunca cumplirse es una cualidad sine qua non de los planes, sea usted bienvenido a la realidad señor.
But I don't wannaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa...! Jaja...
Yo tampoco quería y ahora hasta tarjeta de nómina tengo... jajajaja
No, pues así sí... pero yo estoy por honorarios... y en oficina... -_-
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