Al principio todos dijeron: “No, la oficina no necesita un jefe”, “Nosotros sabemos cuáles son nuestras responsabilidades”, “No necesitamos que nos supervisen para hacer las cosas bien”, “Además, ni hacía nada” y cosas por el estilo. Esos díceres, pues, al parecer llegaron a oídos de alguien (cosa en verdad infrecuente en las oficinas) y la oficina va para tres meses sin jefe. Y, en efecto, hasta parecía que los oficinistas tenían razón, y que hasta podían trabajar con déficit de personal, porque el señor se había incorporado al equipo de trabajo, y si renunciaba una de las reporteras, él podía hacer con una mano en la cintura su propio trabajo editorial y el de la cobertura de eventos que le tocaba a la reportera. ’Ai nomás. Y ya va para un mes.
De modo que al señor se le juntan las responsabilidades y o hace una cosa o hace otra, porque la verdad es que parece que en el changarro nadie entiende que el señor no tiene el don de la ubicuidad; algún día lo tendrá, pero aún no es el momento adecuado. Así que jálale y súbele y chécale y redáctale y corrígele y las fotos y haz guardia fines de semana y días festivos y edítale y la junta y la entrevista y explícale al diseñador para qué sirven los signos de puntuación y vuélvete y explíqueles a los del consejo editorial por qué no se deben paginar los forros de una revista, licenciado, porque encima no se me da la gana respetar tus dos posgrados (no es que al señor le importe mucho que su nombre vaya antecedido por sus grados académicos, pero si a los demás sí se les reconoce, ¿por qué a él no? Sus buenas horas de estudio y convivios a deshoras le costaron).
Pero resulta que un buen día el Árabe cita a reunión a todo el departamento de Prensa, al que está adscrito el señor, y se suelta a decir más o menos lo que sigue:
—Pues me reuní con la superiora y me dice que desde que no hay jefa siente que se ha relajado el área —“¡N’hombre!”, dice para sí el señor—, así que a partir de este momento: se acabaron los permisos de ausentarse para todos, se debe renovar la manera de hacer la cobertura de eventos y hay que venir uniformados...
El señor puso esa cara que pone Sandra Bullock en cualquiera de sus pésimas películas justo antes de decir “You’re kidding me, right?” (cabeza inclinada hacia enfrente 22 grados, boca entreabierta, mirada por encima de los anteojos, movimiento telúrico de uno de los párpados), que en español equivale a “No...ya...en serio...”
Entonces el señor entendió, cual si de una epifanía se tratase (una vez más, ofcórs), por qué André Breton había dicho de México todo lo que había dicho de México, mientras el Árabe seguía hablando y discutiendo con fotógrafos y reporteros y distribuidores que la lógica implacable “pagan todos por unos pocos” (es decir, eso de justos y pecadores) era la solución mágica que resuelve todas las deficiencias que pueden afectar a una oficina.
—Entonces hay que retomar el calendario de uniformes —que es lo que al señor lo había dejado más en shock: “Nos falta personal en el área, no hay jefe, los trabajadores se están tomando muchas libertades, ¿cómo lo resolvemos? ¡Con uniformes!”— y cada quien se pone su camisa azul los lunes, la blanca los martes, la blanca con puntitos rojos el miércoles, la morada el jueves y el chaleco los viernes, ¿estamos? Cada quien tiene los suyos, ¿verdad?
De modo que ahora se tendrá que ir al trabajo uniformados (como en la primaria) con las camisas y chalecos que les proporcionó la Dirección (como en la primaria), cada uno de los cuales tiene bordado el nombre de su portador y dueño, por aquello de que por misteriosas a inexplicables razones llegaran a cambiar de manos (como en la primaria).
—Yo sé que tú no tienes —le dice el Árabe al señor— porque te acabas de incorporar, pero, mira, puedes usar los uniformes de la reportera que se acaba de ir. Como eres delgado, seguramente te van a quedar bien.
El señor estaba que no se creía lo que le estaban diciendo. El Árabe procede a mostrarle las prendas.
—¡Ahí está! Sí te quedan, ¿no?
—Sí, sí me quedan, ¡pero como ombligueras! A menos que quieras que también me ponga tacones para ir a entrevistar al rector.
—Ah... No, pues no, ¿verdad? Bueno, entonces, puedes venir mientras tanto con ropa de los colores de los uniformes.
—¿Y como de de dónde sacas tú que voy a tener ropa morada o blanca con vivos en rojo? A menos que quieras que me traiga la playera del Necaxa.
—Ah... sí, ¿verdad? Pero mira... te puedo prestar las mías, que ya no las uso porque ya desempeño otras funciones... No te preocupes, que están recién lavadas, eh...
El señor dudó mucho acerca de la veracidad de esta última afirmación. Puso la cara que corresponde.
—Bueno, por lo pronto, ¡el chaleco! Puedes usar el chaleco que tenemos de sobra, que es de doble vista... ¡y es unisex! Ése sí, ¿no? Ahí está, sí te quedó. ¿Cómo ves? Ya tienes chaleco y te queda bien.
—¡Pues sí! ¡Pero dice MARTHA LORENA!
4 incrédulos descreen:
JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!
JAJAJAJAJAJAJAJA!
JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!
Que conste en el acta que traté de controlarme para que no pareciera que me estaba burlando del señor, o señorita, todo dependerá si trae puesto su chaleco o no, JAJAJAJAJAJAJA!
Me hiciste la semana, gracias.
Jaja... Cuando guste, ya sabe...
Y eso que apenas está empezando la semana, pues...
Creo que el chaleco no importa tanto... lo que el señor tiene que tener puestos son los pantalones. o_O
Julio, gracias por leer mi post.¿Eres de Méjico?. Voy a volver a tu blog. Un saludo cordial desde Argentina.
Señor Oscar, reciba igualmente un saludo cordial.
No recuerdo de momento a qué post se refiere, de cuál de sus blogs; si me indica cuál, seguro lo recordaré, si lo leí.
Por cierto, sí soy de México.
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