Fotos: Karime Gutiérrez
IV
El encuentro cercano
El que primero se les acercó fue Gonzalo Godínez a decirles que gracias, que qué bueno que se quedaron todo el concierto porque luego con la prensa no se sabe. El señor y la Gutiérrez aprovecharon entonces el pasaporte para hacer de las suyas, y ver si era posible “hacerle una entrevista a Kevin” (guiño-guiño), a lo que, con toda la cortesía, serenidad, prudencia y diplomacia del mundo, Godínez dijo:
―No está programado, muchachos, y por eso quién sabe si Kevin quiera, ya saben, como ayer fue la conferencia de prensa... pero mañana a las tantas va a estar en Radio Increíble, si gustan contáctenme, y vemos qué se puede hacer.
La Gutiérrez y el señor se miraron y acordaron decirle que órale. Entonces, con los últimos de los últimos, desalojaron y llegaron al lobby del Lunario.
―Pues ni modo... ya vámonos.
―No, espérate ―dijo la Gutiérrez―... Ya no tengo pila en mi Purpleberry, la cargo tantito y nos vamos.
―Órale, pues.
Cargó la Gutiérrez su cuchufleta y los monitos de seguridad hacían un cerco alrededor de los últimos seguidores de Kevin. Godínez apareció, y dijo:
―A ver, ¿quiénes tienen registro para la convivencia? Vamos a pasar en grupos de diez
“¡¿Para la qué?!”, pensó el señor, y no le quitó la vista de encima a Gutiérrez, quien comenzó a contar...
―dos, cuatro, cinco, siete, ocho... ―y entonces vio al señor que lo veía y a la Gutiérrez que cargaba la pila... les hizo una seña y...― diez.
La Gutiérrez desconectó a toda prisa su chimistreta y ambos se unieron al privilegiado grupo. Volvieron al escenario del Lunario, a la oscuridad, y fueron tras bambalinas, donde encontraron a... ¡La marioneta!, junto con una que se llama Carla Morrison, afuera del camerino de ¡Kevin Johanseeeeeeeeeeeeeen...!
Contenerse no pudieron y en ese momento hicieron fila... unos salían del camerino, otros entraban y luego salían, y otros entraban y luego salían, y otros entraban y luego salían, y entonces... sí... entraron la Gutiérrez y el señor, cámara lista y toda la cosa.
―¿Qué tal, cómo están? Pasen, pasen, adelante.
―Soy tu seguidor desde The Nada, e hice mi tesis de licenciatura sobre Sur o no sur ―díjole el señor.
―¿En serio? Wow ―dijo Kevin, arqueando las cejas.
―¿Podemos robarte una foto?
―¡Claro, claro! Para eso estamos: adelante.
El señor y la Gutiérrez procedieron entonces a posar y a hacer click por turnos, y el señor le extendió luego al cantante el cuadernillo de City Zen para que sobre la portada plasmara Johansen su firma y un afectuoso pensamiento.
La Gutiérrez, que ya no sabe platicar si no es entrevistando (efectos nocivos del oficio), le preguntó al Kevin que en qué andaba, que si el próximo disco, que si antes había estado en México, que cuándo vuelve, que qué tal la familia.
Ligero intercambio posterior de palabras y la Gutiérrez y el señor decidieron salirse porque ya iba a ser mucho encaje pedirle tantito pan de muerto del que había en su camerino y ponche. Además, había otros fanáticos esperando para manosear al cantante.
Nuevo éxodo, salida del Lunario, ahora por la puerta de atrás, pasadas las once de la noche.
―¿Y ahora cómo nos regresamos...?
V
El regreso
Afuera del Lunario, noche y soledad. La pobre Gutiérrez buscaba localizar a sus amigos que estaban en el DF, y tuvo lugar más o menos el siguiente intercambio de mensajes, por ejemplo:
Amiga: “yo tmb nl saln 21 k hacs ak”.
Gutiérrez: “vine al lunario a ver a kevin johansen vas a qdarte o vas a pchk”.
Amiga: “voi a pchk si qrs nos vamos pasas por mi”.
Gutiérrez: “no tengo nave we pro ns vams junts no???”.
Y ahí se cortó la comunicación.
Las esperanzas de agarrar el autobús de regreso, el último, el de las 12, eran casi nulas, pero había que hacer el intento. Allá, una parada de autobuses y, en ella, un autobús. Y cuales ánimas extraídas de sus cuerpos por el demonio, la Gutiérrez y el señor corrieron al autobús y le preguntaron al chofer que si salía; éste díjoles que sí, pero que había que esperar a que se le diera la gana. Entonces, una voz que allá a lo lejos parecía rebotar en una cazuela de barro, los apañó:
―¿Taxi?
―¿Cuánto a la Central del Norte?
―Ps’ unos... 150. Por la hora, ¿no?
―¡Gracias!
La Gutiérrez y el señor esperaron a que al conductor del autobús le diera la gana arrancar.
Cuando ésta le vino, subieron y empezaron a andar.
―¿Dónde nos bajamos?
―Pues en Garibaldi ―dijo la Gutiérrez como si fuera la cosa más lógica del mundo―, y de ahí agarramos el trole.
Y así se fueron un rato, discutiendo del concierto y de otro concierto, de qué hacer si no alcanzaban el de las doce, sí lo alcanzamos, pero y si no, que sí lo alcanzamos, pero si no está el de las cuatro y media y llegamos allá en el mero amanecer, ¿cómo la ves?, a ver qué traigo en mi iPod.
Y así fuéronse arrullados por la música y el silente bullicio nocturno de la civilización dormida, hasta que en una de las paradas...
―¡Órale! ¡Chale! Pssssssss... ps ya, ¿no? Ps sí... Ps órale, ps yaaaa carnal... Ps o.
Luego de que se subieran señores de traje, ancianas respetables, madres de familia con sus niñas de diez años... súbese trío mamarrachos autobús tatuajes intimidatorios cáense drogados miedo pavor angustia mejor bajamos. Y empezó, el último de ellos, a discutir con el chofer.
―Pssss... ¿Traes cambio? ―el mamarracho blandía un billete de a 200, seguramente falso.
―No. Bájate o págame con cambio.
―Ya... chale... Órale... dame cambio.
―No. Aquí sólo se acepta cambio. Ve y cambia tu billete allá en los tacos.
―Ora... Ps... o... chale... ya ni laces, eh... órale.
―Bájate. O dame cambio.
―Ya... no quiero… no quiero... chale... molestar a tu pasaje, ya órale...
Y así se estuvieron un rato hasta que una chava se dignó a pagar el pasaje del mamarracho.
―¡También el de morado que pague su pasaje! ―gritó el chofer al mamarracho.
―Ya chale, todo quieres, mano...
Y cuando el mamarracho subió al autobús, el señor descubrió que llevaba el pantalón en las rodillas.
La Gutiérrez, siempre cortés y siempre atenta, intentó distraer al señor con amena plática, pero éste se encontraba en shock y no le podía poner atención... Hasta que, al cabo de unos minutos...
―Oye... ¿ya pasamos Garibaldi?
―No creo: ni veo lucecitas ni oigo mariachis...
―Deja le pregunto al chofer. Oiga, señor chofer, disculpe, ¿ya pasamos Garibaldi?
―¡Uy!, ya, mija, hace un rato. ¿Por qué adónde ibas?
―A la Central del Norte.
―Íjole. Si te hubieras bajado en Garibaldi, todavía agarrabas el trole.
―¿Y ahora?
―Pues si quieres te bajas en la que sigue, y pues agarras un taxi.
La Gutiérrez y el señor intercambiaron miradas de desconcierto y se bajaron donde el chofer les dijo. Al primer taxi que vieron, le dijeron:
―¿A cuál?
―A la del Norte.
―¿La de aquí?
“No, ya, en serio...”
―Eh... sí... la de aquí.
―Pues unos 40 pesos.
“Vénganos tu reino.”
Pocos minutos faltaban para que los autobuses de regreso se convirtieran en calabaza.
―Íjole, hay tráfico. Qué raro.
―Aquí déjenos, aquí déjenos.
―Bueno.
El señor y la Gutiérrez bajaron velocescomoelrayo y corrieron hacia la taquilla de... Por la segunda puerta porque ya están puliendo los pisos... por la tercera... por la cuarta...
―¿A qué hora sale el siguiente autobús?
―A las cuatro y media.
―Y con este frío...
El señor y la Gutiérrez, casi resignados a pernoctar en la central, pasaron entonces por toooooooooooooooodas las taquillas para ver si alguna, pero suerte no tuvieron.
―Deme dos ―le dijeron al de la ventanilla, y fueron por un café (quemado) y un pan (duro y caro) para cenar, dado que la señora de la barbacoa (bofa... la barbacoa, no la señora) y el consomé parecía haber cerrado.
El sueño se apoderaba de ellos lentamente y para vencerlo intentaron, fallidamente, entablar un diálogo, que terminó rozando peligrosamente los bordes del surrealismo. Pero debían esperar a las cuatro, cuatro y media, para ir al andén y abordar el autobús de regreso.
Cuando los corrieron de la mesa en la que estaban, como otros tres o cuatro pelados, a punto de caer dormidos, a eso de las dos de la mañana, comenzaron a dar vueltas. Todavía no sabe el señor si fue sueño o verdad, pero le pareció haber visto que la señora de la barbacoa estaba ya sirviendo tacos a los clientes. Total, decidieron irse al andén y dormir en los asientos. Colocáronse convenientemente en uno de ellos y, ya que estaban surrealistas, voltearon a todos lados para ver si encontraban algo más cómodo. Y lo encontraron.
―¿Qué?
―¿Ya viste eso de allá?
―¿Eso qué?
―Esas como paredcitas que se quitan y se ponen.
―¿Los triplays?
―Sí, ésos.
―¿Qué tienen?
―¿Y si los tumbamos y nos echamos en ellos?
―Ya vas.
La Gutiérrez y el señor corrieron hacia los triplays para envidia del señor que se extendió sobre la única serie de sillas sin brazos, y ahí se tumbaron, a esperar a que pasaran las dos horas que quedaban antes de que el autobús iniciara su trayecto de regreso.
Cayeron en las redes de Hipnos (pues era el día libre de Morfeo) y, cuando más frío hacía, las cuatro y diez de la mañana eran. Ponerse de pie, volver a levantar los triplays y correr hacia la fila del autobús fue la misma cosa. En lo que les revisaban las cosas, ocurrióseles ver qué sucedía con el triplay: un individuo intentaba, sin éxito, volver a tumbarlos para plagiarse la idea brillante que habían ellos tenido, pero nunca pudo acomodarlos a conveniencia. Risas.
Llególes, así, al turno de iniciar el regreso y caerse rendidos de sueño, durante dos horas, en los asientos del autobús, con un frío de los mil demonios pero, al menos, tenían el recuerdo, las fotos, los tacos y la alegría del des-concierto de Kevin Johansen... con la compañía de las estrellas, que bostezaban ya en el firmamento, durante la sigilosa travesía de regreso.
“Ya se terminó, / ya es el Fin de fiesta...”
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