I
Al señor no le hace mucha gracia eso de tener que levantarse
antes de las siete de la mañana, especialmente en días que se suponen ideales
para repetir ad infinitum el célebre
aforismo de Lichtenberg: “Hoy le permitiré al sol levantarse antes que yo.”
Tampoco le causa mucha gracia eso de tener que ir la centro
de la ciudad a comprar doce periódicos y luego trasladarse a los límites de
Tuzópolis y El Terregalero para entrar al edificio, firmar su hora de entrada,
subir cuatro pisos en un elevador que ya se ha desplomado y que, al llegar al
destino, se sacude; abrir el changarro, encender la computadora e iniciar la
captura de información relativa a la Escuelita y a menesteres relevantes para
el interés de no sabe quién.
No le hace gracia sentir que se cae de sueño y de un hueco
en el estómago porque no ha desayunado, y mucha menos gracia le hace que, al
término de la captura, su café se le haya enfriado. No le hace gracia proceder
a recortar de los diarios las notas transcritas, untarlas de resistol por el
anverso, pegarlas en pliegos de papel bond, perforarlas y ensartarlas en clips,
como si estuviera en el show de Cositas (no se trata, por supuesto, de las “cositas”
que le atraen al señor).
II
Al señor le parece simpático ver cómo llega una camioneta a
entregar los diarios al primer puesto de periódicos que se abre en la ciudad.
Le parece simpático el olor de las panaderías al inicio del día, ver las calles
vacías, iluminadas, descubrir que en pleno siglo XXI el campanero hace tañer, valiéndose
de un cordón de la época de Juan Diego (si es que hubo época de Juan Diego),
las campanas de la basílica, si es que a eso puede llamársele basílica.
Le parece simpático hojear los periódicos, descubrir las
secciones; más allá del escalofriante, indignante, preocupante, ensordecedor,
sanguinolento contenido noticioso, el placer está en hojear los diarios,
descubrir las perspectivas desde las que se aborda una misma noticia; leer las
columnas, las caricaturas, la sección de cultura, los horóscopos, las notas
insólitas.
Le parece simpático abandonar el
edificio a mediodía, volver a casa o ir a terminar algún pendiente, comer lo
que aún queda de la cena de Navidad (la familia, el vino, la música), dormir
hasta que oscurezca, salir con los amigos al cine, al café, a jugar scrabble o
saltar en el tombling en casa de Chucho, volver
a casa, ver Dr. House hasta
después de las doce, leer a Calvino, a Déry, a Sontag, a García Ponce, escribir
cualquier ocurrencia. Le parece simpático pensar en tantas cosas, no pensar en
nada.
III
Todo en equilibrio.